Sunday, November 22, 2009
No estamos en tiempos propicios para el cuento. Es más, las editoriales no suelen apostar por ellos, pues se tiene el vacuo convencimiento de que no van a generar el interés de un potencial comprador. Pues bien, eso ocurre porque como nunca antes tenemos editores que no leen, que piensan que la literatura es un negocio –que lo es- al que hay que explotar por donde más se pueda ganar.
Sorprende entonces leer libros de cuentos; y sorprende mucho más cuando tienen como responsables a una escritora joven, como la argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), quien con esta su segunda publicación es considerada -con mucha justicia- como la mejor cuentista latinoamericana de su generación, la de los nacidos del setenta en adelante.
Hablar de “generación” suele motivar no pocas muecas. Hoy en día muchos ponen más de un reparo ante esta palabrita, y no es nada extraño que quienes lo hacen exhiben el más burdo efectismo traicionado por una evidente carencia de cultura artística y literaria. Mientras no se encuentre otro término que nos permita acceder a panoramas más o menos justos, tendremos que seguir bajo los márgenes conocidos –por seguros, pese a los naturales reparos- para dar cuenta de lo más resaltante –ciñéndonos ahora a lo literario- del imaginario narrativo latinoamericano.
PÁJAROS EN LA BOCA (Premio Casa de las Américas - 2008) es una rara pero interesantísima colección de relatos. Por lo general, solemos creer que los conjuntos deben estar signados por una coherencia temática; mas aquello no es lo que notamos en esta publicación; por el contrario, es la variedad de tópicos lo que la hace fuerte y atrayente. Pareciera que la poética de la autora se nutriera de la más pura cotidianidad, a la que está dispuesta diseccionar en pos de los detalles que la hagan distinta, reconfigurándola con matices fantásticos, oníricos y realistas.
Uno lee estos cuentos y se siente parte de ellos, somos cómplices del par de tipos que no saben qué hacer ante un hombre inútil que tiene a su esposa muerta en su restaurante (“Irman”); somos testigos de privilegio del niño que anhela ver en persona a Papá Noel en navidad (“Papá Noel duerme en casa); nos sumergimos en los oscuros códigos de una pareja de cazadores (“En la estepa”); hacemos nuestra la mirada involuntariamente entregada de una mujer en plena noche porteña (“El hombre sirena”); nos sumergimos en el horror psicológico de una joven de extraños hábitos de resistencia frente al mundo (“Pájaros en la boca”); entre otros.
Como la lectura crítica es el arte de la especulación, no deberíamos ser ajenos a las posibles influencias de la que esta autora sería deudora: literarias principalmente –recordemos que la tradición argentina fue en narrativa la de mayor alcance en el imaginario hispanoamericano durante el siglo XX-, pero también teatrales y cinematográficas, canalizadas en una suerte de cajón de sastre del que termina descollando su tema medular: la muerte, canalizada en metáforas que grafican el convulsionado mundo interno de los personajes, tan bien perfilados que convierten en verosímil lo que a primera instancia parece inverosímil.
PÁJAROS EN LA BOCA nos confirma a Schweblin como una letraherida de mucho talento y gran acervo literario, dueña de una mirada y voz propias, pero lo más importante –en mi impresionista opinión- es que la presente publicación nos deja el mensaje que lo mejor de ella aún falta escribirse. Habrá que seguirle la pista, entonces.
Editorial: Estruendomudo
Publicado en Siglo XXI
Saturday, November 14, 2009
Interrogatorio a Gabriel Ruiz Ortega
(Entrevista publicada en Poetas del Asfalto 58)
Gabriel Ruiz Ortega (Lima, 1977) es autor de la novela La cacería y antólogo de Disidentes, editor adjunto de Revuelta Editores y blogger de La fortaleza de la soledad. Un martes en la noche lo encontramos comprando películas en Polvos Azules y le propusimos conversar sobre el Dr. Gonzo. El presente interrogatorio se llevó a cabo en un bar, en donde también estuvieron César Vallejo y José Carlos Mariátegui.
Por: Richi Lakra y Luis “El Primo” Mujica
Richi Lakra: ¿Cómo conociste al Dr. Gonzo? Contesta.
Por años estuve afiliado a muchas bibliotecas, creo que fue en la biblioteca del ICPNA donde leí los primeros artículos de Thompson, en periódicos gringos. Te hablo más o menos de fines de los noventa. Ahora, los artículos eran deportivos. Me gustó mucho el desenfado de su escritura, que no era para nada efectista. Fue un descubrimiento bastante estimulante puesto que por esa época había toda una fiebre por leer los libros de Charles Bukowski, que llegaron en “toneladas” a Lima, editados en la serie Compactos de Anagrama. Poco tiempo después de enterarme de la existencia del gonzo, un amigo me prestó Fiebre y asco en Las Vegas y bueno, caí rendido. Me hice su fan. Es cierto que encontraba harta experiencia de vida en sus textos, además me permitía encontrar puentes de diálogo con la tradición de la que se nutría, como su deuda con Mark Twain y Francis Scott Fitzgerald.
R. L: ¿Por esa época parabas por Quilca?
Solo iba a Quilca a comprar revistas, libros y música. De cuando en cuando entraba a los bares y veía a los escritores y poetas que se reunían, pero no me les acercaba, no les hablaba.
Luis “El Primo” Mujica: Un momento Gabriel, ¿por qué no les hablabas?
No les hablaba porque me cayeran mal. Esa no es la razón. Yo tenía mi grupo, con el que nos peinábamos las calles del centro en busca de música, rock del setenta y sesenta. De ese grupito digamos que yo era el único que exhibía ciertas inquietudes literarias. Parábamos horas de horas caminando y era inevitable caer en las noches en algún bar del centro y bueno, en toda la bulla, uno no podía ser ajeno a las discusiones que tenían lugar en las otras mesas. Veía a gente de todos lados, de San Marcos, La Católica, casi siempre quejándose, y lo peor era cuando estos se paraban en las sillas a leer sus poemas, claro, como espectáculo se celebraba, pero poéticamente estaban en nada. Tengamos en cuenta que estamos hablando de los noventa, no todo fue malditismo de ventana. Quilca como espacio tiene una rica tradición literaria, allí he podido escuchar y ver a poetas de la talla de Róger Santiváñez y Domingo de Ramos, hasta Vallejo vivió un tiempo en ese jirón. Ahora, de lo que sí estoy seguro es de que aquí a diez años se escribirá una novela sobre esa década, salvando las distancias, tipo Las máscaras del héroe, o un híbrido como Desgarrados y excéntricos, ambos títulos de Juan Manuel de Prada.
R. L: No nos distraigamos. Volvamos a Hunter. ¿Qué libro suyo te gustó?
Aparte de Miedo y asco…, pues la El diario del ron. El gonzo la escribió muy joven, mientras estaba en Puerto Rico trabajando como periodista. No es lo mejor de su producción, pero se nota el germen de lo que vendría después en sus crónicas. Además es el único trabajo de ficción que se le conoce, un amigo suyo la rescató después de muchísimos años, ya que el manuscrito permanecía olvidado en el rancho de Hunter, en Colorado. Para cuando se publicó el gonzo ya era un referente, famoso; se creyó que la novela no iba a funcionar literariamente puesto que se editó ante todo por el nombre del autor. Sin embargo, el resultado fue arrollador en cuanto a crítica. El diario del ron se tumba, siendo una obra menor, y lo digo con mucho respeto, a casi todo lo escrito por Bukowski.
Luis “El Primo” Mujica: Gabriel, para mí que lo gonzo es pose. Cuando veníamos dijiste que se habla más de lo que se le lee.
Es una opinión personal, a lo mejor he sido injusto. Estoy seguro de que hay muchos que valoran a Thompson por lo que escribió. A lo mejor lo dije recordando a los que dicen seguir la estela del gonzo. Tú sabes, de esos cojuditos que a como dé lugar quieren buscarse referentes, guiados por lo más fácil de asimilar de él: sus excesos. Si en caso nunca lo hubiera leído, créeme que no me fijaría en sus despelotes, pero sí en su actitud de denuncia, en su afán de buscar la verdad y exponerla tal cual. Haciendo un paralelo, es lo que pasa con Luis Hernández, Jorge Eduardo Eielson, Juan Ojeda, todos hablan de ellos, pero son pocos los que los han leído.
L. M: ¿Qué nos puedes decir de la novela El diario del ron?
Creo que ya hablé de esa novela.
L. M: Sí, pero por la bulla no escuché.
Ok. En El diario del ron tenemos a Kemp, un joven periodista con inclinaciones literarias que, harto de la monotonía de Greenwich Village, se larga en búsqueda de respuestas para su vida. Sus ganas de vivir van a la par de su encapsulado resentimiento, una suerte de odio a sí mismo. Consigue un empleo como periodista un diario de Puerto Rico, el cual le permite conocer a una variopinta gama de personajes, ya sean comerciantes, traficantes, estafadores, prostitutas y demás, que le desfloran el alma, ya que hasta antes del viaje fuera de Estados Unidos su vida había estado signada por las experiencias normales de cuando comienzas a vivir la veintena. Es palmaria la indignación de Kemp en sus mataperreos por San Juan, comprueba que esta ciudad es el burdel del empresariado gringo, prácticamente encuentra lo mismo de lo que huía, no es extraño que se perciba un aura tanática en las páginas de la novela. Mucho se ha hablado de la influencia de Twain en ella, sin embargo yo me inclino por la de Hemingway, sobre todo en el manejo de los diálogos y en el proceso de elaboración de determinadas atmósferas, como esa en la que amanece en un hotelucho con una chica, a la que le ofrece una sopa de tomate en lata, es una escena como para tirarse por la ventana, refleja el hastío de vivir por vivir.
R. L: Ya que usted sabe, ¿quién es mejor: Thompson o Bukowski? Habla.
Es obvio, Abuelo Lakra. Mira, a mí me gusta mucho Bukowski, tiene cosas interesantes como La senda del perdedor, pero estaría siendo muy abusivo si lo comparo con Hunter Thompson, el gonzo es por donde lo leas superior, dentro del aparente desorden que podamos notar en él, es palmario un proyecto narrativo que sobrevivirá a su leyenda de polémico e hijo de las farras interminables.
L. M: ¿Qué es lo que más rescatas de él? Antes de la entrevista hablaste de la honestidad. Expláyate.
Hay una poética del “yo” muy clara en todo lo que ha escrito. El pata nunca se pinta de “bacancito”, se muestra tal cual, no camufla sus miserias. Ahora, más allá de su compromiso con la historia que cuenta, no es del todo cierto que solo se valía de la experiencia de vida, el hombre era un gran lector, un ratón de biblioteca que investigaba mucho, un escritor que pulía su prosa cada día, no por nada él declaró que durante muchos años no hizo otra cosa que no fuera transcribir cientos de páginas de Fitzgerald. Él quería retratar las mentiras del American Dream, valiéndose obviamente de lo que veía y vivía, pero principalmente de lo que leía de la historia estadounidense. Es por ello que todos sus imitadores han terminado en el justo olvido, contar tu vida es no trabajar cuando escribes no ficción.
R. L: El gonzo se drogaba, ¿crees que es necesario meterse pepas para escribir como él?
No estoy en contra de las drogas. Hay mucha hipocresía en cuanto a su uso. Sobre tu pregunta, pues es casi imposible sacar un adelante un proyecto literario con esos influjos. El problema radica cuando hacemos de las particularidades una especie de ley. Si el gonzo dependía de ciertos estímulos para escribir, eso no quiere decir que los demás lo deban hacer. El mundo del escritor es tan complejo que cada quien sabe bien cómo encontrar el acicate que le lleve a mantener una continuidad.
L. M: ¿En la literatura peruana hay escritores que quieran ser como el Gonzo? Nombres, por favor.
En general es difícil encontrar hoy en día algún narrador como él. Querer ser como Hunter te obliga adoptar posturas que casi nadie quiere. Es estar contra el poder, buscar la verdad sin importarte a quienes vayas a bajarte, es ser prácticamente un kamikaze. Hace un rato dije que muchos han querido emularlo, confunden los recuentos existenciales con el tema de su trabajo, bajo ese criterio la esencia del periodismo gonzo pierde mucho. En cuanto a libros de no ficción publicados en el medio, hay títulos interesantes, pero me quedo con un par en el que se nota un patente compromiso del escriba con su tema, dejando algo más que piel y sangre, en franca actitud vital guiada por una coherencia ética e intelectual: Sexografías de Gabriela Wiener y Demoler de Carlos Torres Rotondo.
L. M: Como eres un gonzo, tienes que ser como él. Consecuencia, como te escuché decir al proponerte la entrevista. Me dicen que renunciaste a Revuelta Editores. ¿Es cierto que has sodomizado a las transnacionales?
No soy un gonzo, estimado. Lo de la “sodomización a las transnacionales” me lo han dicho varias personas. Mira, yo nunca he esgrimido un discurso contra las editoriales transnacionales. Lo que sí he dicho, algunas veces, ya sea en presentaciones como en mi blog, es que ellas están eligiendo muy mal, hasta tengo sospechas razonables de que no se leen los manuscritos y pesan más otros factores. Cada cual es libre de hacer lo que quiera, pero no debemos quedarnos callados cuando se miente descaradamente a un potencial lector. No sé cómo es el panorama de publicaciones últimamente, mi percepción es hasta el 2008 y de lo publicado por todas ellas solo puedo destacar dos títulos: Punto de fuga de Jeremías Gamboa y El cielo sobre nosotros de Carlos Garayar.
R.L: No has leído nada este año.
Escucha bien, Richi. He dicho que mi percepción de lo publicado por las transnacionales es hasta el 2008. No he podido leer nada de ellas este año porque he estado leyendo otras cosas. Ahora que lo mencionas, en julio presenté el excelente libro de cuentos Este amor no es para cobardes de Martín Roldán Ruiz, publicado por Norma, pero su manuscrito había sido aprobado el año pasado… Lo que no puedo dejar de decir es que las transnacionales respetan y tratan bien al escritor como persona, eso es algo que casi todos los editores independientes deberían aprender en lugar de dejarlos abandonados, despreocupándose de la promoción y distribución, de quejarse del poder supuestamente malévolo de las transnacionales, como también el dejarse de eufemismos con eso de “editores” cuando lo que hacen es prestar un servicio editorial. No veo nada de malo en que se cobre al autor, pero si yo lo hago no me llamaría editor. Hay que tener una visión romántica de las cosas en tiempos cuando campea el doble discurso y la viveza. Centrándome recién en tu inquietud, solo un idiota puede negar la importancia de Revuelta, de la que soy el tercer brazo, el que lee, el que sugiere; su catálogo, pese a ser muy pequeño, es tremendamente fuerte, y armarlo no es cosa fácil, un buen catálogo es también una muestra de tu capacidad de lector, sobre todo cuando sales a pescar. No voy a socavar mi capacidad de lector por el amiguismo y sonseras parecidas. A lo mejor dicen eso de la “sodomización” porque con “pocos medios”, pero con mucho amor por la literatura, Revuelta ha sonado, a través de muy buenos libros, más que todas las transnacionales juntas. Este tema tiene para mucho más. Las transnacionales son empresas serias, aplaudo su logística, me consta de los grandes esfuerzos que hacen por forjar lectores, ya sea en colegios, academias y clubes de lectura; pero en estos últimos años las publicaciones más interesantes han venido, joda a quien le joda, y olvidándome un toque de los reparos, por cuenta de las editoriales independientes.
R. L: ¿Pero renunciaste o no? Responde, Hunter.
Ya no estoy en Revuelta. Son varias las razones, solo te digo dos de ellas: lo hice muy bien y ahora quiero definir proyectos más personales, como el recuperarme de una dolencia producto de una caída; y la otra es que veo muy difícil que se supere una publicación como Demoler de Buco. Es mejor irse por la puerta grande, ¿no crees? Así como soy un lector que escribe, por dos años fui un lector que puso su grano de arena en ediciones.
L. M: ¿Por qué crees que a Thompson lo mató la CIA?
Sus últimos años estuvieron abocados a escribir artículos y crónicas deportivas. Sin embargo, luego de los atentados del 11 de septiembre, Thompson volvió a escribir sobre política, era muy furibundo contra la administración Bush, a este lo dejaba frecuentemente como un payasito, como un ignorante fundamentalista, como un mentiroso que camuflaba sus verdaderos intereses. Pienso que Bush le recordaba a Nixon, o sea, Thompson estaba viviendo una segunda juventud, le hartaba cómo el país más poderoso era dirigido por alguien que encarnaba todo lo que él detestaba. Él fue uno de los primeros en vaticinar la invasión a Irak y que para ello Bush se iba a valer de cualquier pretexto. Sus artículos dolían mucho… La CIA, la mayor organización terrorista del planeta, siempre ha sido experta en asesinar personas por medio de accidentes o puestas en escena. No iban a matarlo con un francotirador, menos con un atentado. La CIA lo preparó psicológicamente porque Thompson tenía antecedentes suicidas. Las circunstancias en las que murió son muy raras.
R. L: Gracias por tu tiempo, Hunter.
Gracias a ustedes.
Los hijos bastardos de Hunter Thompson
(El presente texto fue leído en septiembre del 2008 por Gabriel Ruiz Ortega en el Auditorio Mayor de la Universidad Nacional Autónoma de Bucaramanga. El autor fue el Invitado Especial del Sexto Encuentro Nacional de Estudiantes de Literatura de Colombia, organizado por REDNEL y la Universidad Industrial de Santander. Los hijos bastardos de Hunter Thompson acaba de ser reproducido en Los poetas del asfalto 58 - 59)
A estas alturas, no conocer la obra y vida de Hunter Thompson es imperdonable. Thompson siempre ha sido, y aún más desde su muerte, una leyenda, un referente, en él se acrisolan lo que no pocos de nosotros (escritores y periodistas) anhelamos, sin declararlo, hacer: sus vesanias nocturnas sincopadas por el alcohol y las drogas han llegado a configurar un estímulo canábico en todos aquellos que ven el periodismo, exactamente en la crónica, como una forma de vida en pos de retratar lo más fielmente posible la realidad.
No estamos, entonces, ante una nueva manera de escribir, sino que cada vez más estoy convencido de que la crónica goza del factor mediático, tanto por la historia que se cuenta como por quien la escribe. Este factor mediático sí tiene un inicio, al menos ya conocido en nuestro imaginario de lectores de revistas y diarios. Todo empieza en el año 1967, en Estados Unidos, cuando el joven Jann S. Venner decide fundar una revista que rompa con los esquemas y códigos con el espíritu de Xanax que los diarios y revistas de la época tenían. Es así que en el segundo piso de un viejo edificio de San Francisco, el joven Venner funda la mítica Rolling Stone. El factor que contribuyó al meteórico auge de esta fue el hecho que Venner pagaba muy bien a sus colaboradores, la cual superaba en cuantía a lo que cualquier periodista podía ganar en el New York Times, el Washington Post, Squire, etcétera. Nunca se ha llegado a saber de dónde Venner conseguía el dinero con el que remuneraba a las jóvenes plumas de mayor proyección de Estados Unidos, quienes escribían no pocas veces lo que querían, sino principalmente el pequeño gran fundador les mandaba abordar. Por su nombre, la revista parecía estar destinada únicamente a relatar los vaivenes de la música rock del momento (en realidad, RS solo llegó a consignar los últimos años de los años maravillosos de la historia del rock), pero no, Venner percibió que el contexto social y político, tan alterado por la guerra de Vietnam, por ejemplo, debía cubrirse de la misma manera como se hacía con los conciertos y álbumes de MC5, The Rolling Stones, Cream, The Who, The Beatles, Black Sabbath y demás; ergo: RS también daría cuenta de la política norteamericana y con cualquier hecho relacionado con los negociados entre el estado y los círculos de poder, representado esta última por la industria química y nuclear.
En sus primeros años RS tuvo colaboradores de la talla como Tom Wolfe, Joe Eszterhas, Ken Kesey, David Frickie, Robert Palmer, Lawrence Wright y Hunter S. Thompson. Algunos llegaron a destacar en la literatura, otros, como Cameron Crowe y Eszterhas, en el cine.
De los que escribieron para RS, el que tuvo una mayor repercusión mediática fue Thompson. A diferencia de los otros colaboradores, él se hacía notar por sus excesos plasmados en reportes y crónicas, llevando a Venner y a la legión de lectores de la revista a preguntarse “¿Cuál era la noticia: o las fiestas interminables del joven periodista o el tema que supuestamente debía cubrir?”. Su nombre empezó a retumbar con mayor fuerza cuando fue a Las Vegas a cubrir un olvidable evento de motociclismo, pero el objetivo de la comisión vira cuando se topa con el Congreso Policial sobre Narcóticos. (Ya para esto, él había escrito crónicas de temas tan disímiles como la política y los deportes; en su escritura se dejaba notar una fuerte ambivalencia que coqueteaba entre lo subjetivo y objetivo, y no pocas veces había sido amenazado por Venner con despedirlo de RS, empero, había una soltura de nervio y desfachatez en lo que escribía, lo que a final de cuentas era lo que lo mantenía como parte de la planilla de cronistas de la revista.) Pues bien, aprovechando los cambalaches de los mandamases hombres de ley, comenzó a enviar entregas a través del “Mocho”, hoy en día un eslabón perdido de lo que se conoce como Fax; estos reportes estaban escritos bajo un apetecible desorden poético, los correctores de la revista los editaban sin cambiar lo ya señalado líneas arriba: la soltura y desfachatez.
Miedo y asco en Las Vegas se publicó por entregas en noviembre de 1975. Cuando las cosas parecían afincar al cronista a la sección Política Nacional de la revista, toma la decisión de juntar lo editado y lo borrado por los correctores para darle forma de novela, en la que los roces entre la verdad y la mentira parecían una sola esencia; por más que intentó camuflar su nombre y el de su acompañante (como se sabe, hay muchísimas referencias inmediatas a la novela gracias a la adaptación cinematográfica de Terry Gilliam).
Este significó muchísimo para lo que vendría después en el periodismo, en especial la crónica. Ya desde esos años venía hablándose con mucha facilidad (y también irresponsabilidad) del tan mentado Nuevo Periodismo, el cual se nutría de las técnicas de la novela. Dos libros capitales para entender esta vertiente la comprenden A sangre fría de Truman Capote y La canción del verdugo de Norman Mailer.
A excepción de la novela insignia de Thompson, las de Capote y Mailer tenían la “peculiaridad” de transmitir en la sensación del lector el arduo trabajo reporteril ejercido, la manía en busca del dato escarbando en lo más hondo del tópico era más que evidente, y no es de extrañar que estos libros hayan tomado años en escribirse, a diferencia del de Thompson, cuyo armado de la estructura de su novela le demandó no más tres semanas, dándose tiempo para practicar en los basureros tiro al blanco con las ratas, beber harto mezcal y coquearse hasta que el cuerpo le aguantara, con descanso previo para retomar su “rutina alucinógena” en la redacción de su, llamémosle, novela.
Este libro es a la fecha el mejor y más conocido de Thompson. Al igual que con las novelas de Haruki Murakami, Miedo y asco destila, digamos, el impulso vehemente de la estela imitativa, muy lejos de lo que debería irradiar: la asimilación. Como fuera, desde su salida, muchos aspirantes a periodistas empezaron a tener a Mister Thompson como paradigma de sus peripecias personales. La poética de este genial irreverente siempre estuvo marcada por el vértigo y la incoherencia, tan ideales para cimentar una endemoniada propuesta que calificó de Periodismo Gonzo, en la que tanto el tema investigado y el autor de turno, eran protagonistas a la par.
No es de extrañar que la gonzomanía haya estado presente en las crónicas que se escribían por aquellos años en las norteamericanas revistas semanales. Tuvo su etapa de apogeo, no hay que negarlo, pero fue tan fugaz como cuando se consume un cigarrillo barato. Cuando se leían esas crónicas las asociaciones al autor de Los ángeles del infierno y La gran caza del tiburón eran más que cantadas.
Sabiéndose de lo absurdo que era continuar dicho sendero, se seguía imitando al suicida, con desastrosos resultados. El motivo de estos continuos fracasos no estaba en lo baladí de plasmar en papel lo que el escriba de turno quería, sino en el hecho de que esa manera de narrar, en la que por sobre todo importaba el voltaje lírico de la calle, yacía en que la narrativa Gonzo solo era propiedad de su autor. Ergo, un gran maestro de la no ficción sin escuela a dejar.
Todos sus imitadores pueden ser, tranquilamente, catalogados de payasos, porque así como eran entusiastas de “dejar para posteridad” sus noches putañeras, sus vicios impostados y sus febriles ansias de protagonismo, también eran incapaces de asir la razón de ser de la poética Gonzo: el espíritu de denuncia. Porque si algo tenemos que reconocerle a este desequilibrado escritor es precisamente el decir las cosas tal y como eran, respetando el subjetivismo desencadenado de los peligros casi siempre trae la opinión propia, ajena a los intereses de los grandes medios, porque valgan verdades, la información jamás ha dejado de pertenecer a la manipulación de los grandes y poderosos centros de poder. No es de extrañar que el exacerbado subjetivismo del Gonzo le haya generado más de un problema en vida, ya que la política era uno de sus tópicos predilectos. Todos los presidentes que tuvieron la oportunidad de leerlo, saben bien que cada vez que él los criticaba tocaba carne viva, los azotaba en la herida misma, como carbón en la yaga.
Es conocido que Hunter Thompson murió en su rancho de Woody Creek, en Colorado, el 20 de febrero del 2005. La noticia oficial dio la versión de que este se había suicidado, pero yo siempre he mantenido una sospecha o idea subjetivamente fundamentada: que este fue asesinado por la CIA. Basta leer cualquier libro suyo, o revisar cualquier artículo, como para tener la película clara: las críticas de este para con la política norteamericana estaban lejos de ser constructivas. La ridiculización y la bajeza eran los componentes que le servían para dejar como receptores del hazmerreír a presidentes como Nixon, Carter, Reegan, Bush… Thompson fue uno de los primeros en especular la intención del estado norteamericano en llevar a como dé lugar una guerra en Medio Oriente, sus artículos al respecto denotaban no solo la alerta, sino también la logística subversiva en la que desde su fundación se ha encaminado la CIA.
A fines del 2004, Thompson publicó una serie de artículos que arremetían contra la mentira de Bush y la guerra de Irak. Estos eran mucho más sarcásticos que antes, y como buen periodista con contactos, este llegó a fungir de asesor de guerra en no pocos medios que criticaban la inmoralidad del gobierno gringo en pos del petróleo ajeno.
La CIA siempre ha sido ducha en eliminar personas apelando a los medios más naturales y ordinarios. Todos los asesinatos de esta organización se han conducido por medio de accidentes (al respecto, basta leer las novelas de espionaje y no ficción para tejer puentes de comprobación, claro, podrá decirse que por tratarse de ficción la especulación vendría a ser floja, pero tengamos en cuenta que novelas como las de Frederick Forsyth y Robert Ludlum yacen en testimonios directos de ex agentes de la CIA). Thompson no tenía razón para matarse, siempre había sido de esa clase de escritores a quienes el “bloqueo creativo” le era ajeno. Si tanto lo hubiera deseado, pues se hubiera matado una o dos décadas atrás, años en los que sus acciones denotaban un fortísimo espíritu tanático.
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El Nuevo Periodismo tiene muy buenos representantes en todo el mundo. Ya sea John Lee Anderson, Tom Wolfe, Gay Talese, David Foster Wallace, Ryszard Kapuscinski, Javier Reverte, Juan Madrid y Jorge Lanata, reconocen la influencia de Thompson, el Gonzo. Pero la aceptan como una suerte de epifanía de qué es lo que no se debe hacer.
En mi corta experiencia con el mundillo de las letras, he tenido la oportunidad de entrevistar a muchísimos escritores que coquetean con el periodismo, y siempre que he tenido la oportunidad, jamás he dejado de preguntarles por una posible herencia recibida del escritor “suicida”. Todos ellos nunca han dudado en reconocer su herencia, pero me llamaba la atención de que seguir con los postulados del periodismo Gonzo era lo último que anhelaban patentizar en su trabajo.
Cada día estoy más convencido de que si no fuera por el Gonzo no conoceríamos hoy las novelas con voluntad de crónica. Líneas arriba mencioné una novela capital que todo aquel metido en el mundo del periodismo debe leer sí o sí, no tanto por una cuestión de formación, sino por una suerte de, llamémosle de alguna manera, respeto por una convicción, porque eso es lo que el periodismo: una convicción en la que solo vale comunicar la verdad a través de un lenguaje bien usado.
La canción del verdugo es la novela-crónica más importante que se haya escrito, mil veces superior a la ya clásica novela de Truman Capote. En ella se nos relata los nueves meses de espera del asesino y desquiciado Gary Gilmore, condenado a fusilamiento. En esta Mailer nos regala una historial real, en donde hace gala de un derroche de documentación (toda una motivación para todo aquel que carezca de historias), nutridas desde los detalles aparentemente más insignificantes de la realidad.
Ahora que se habla tanto del boom de la crónica y de los libros de no ficción, hay que mirar siempre al libro pionero de esta vertiente: la mentada novela de Mailer. (Por cierto, este autor siempre denostó de la narrativa de Thompson, aunque nunca dejó de afirmar que si no fuera por él, jamás hubiera escrito monumental libro.)
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Hay un narrador español a quien admiro muchísimo. Es autor de más de cincuenta libros, conocido como una “máquina humana de escribir”. Su nombre: Manuel Vázquez Montalbán. Este barcelonés, fallecido de un paro cardiaco en el aeropuerto de Bangkok en el 2003, siempre consideró por igual a la literatura y al periodismo. El periodista y el escritor se enfrentan ante la posibilidad de la recreación, la cual yace en la memoria. Cualquier hecho ocurrido, así sea hace quince años o una hora antes, está sujeto a los caprichos de la imaginación. Cierto es que los fines de la literatura y el periodismo son disímiles, pero nunca hay que dejar tener en cuenta que la sustancia de ambos géneros ha sido, es y será el artificio. Y para conocer sus alcances, es menester “panear” tradición. Basta una mirada a la tradición literaria hispanoamericana para sacarnos la venda de los ojos: que el Nuevo Periodismo no es propiedad total de la gentita que acompañó a Jann Venner en Rolling Stone. Por ejemplo: para mí es imposible calificar de escritor a Gabriel García Márquez si paso por alto su labor en los periódicos; me es imposible hablar de la narrativa de Vázquez Montalbán si no tomo en cuenta los artículos de época de Pío Baroja; me es imposible hablar de la obra de Vargas Llosa si paso por alto la influencia de Clemente Palma; me es imposible hablar de los best Sellers de sucesos reales del siglo XX si no tomo en cuenta las novelas decimonónicas de Balzac y Dumas; es imposible recordar las columnas de Francisco Umbral si pasamos por alto su herencia azoriniana…
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Cuando hablamos de crónica en América Latina, tenemos un par de referentes inmediatos: las revistas Soho y Etiqueta Negra, siendo esta última la que mayor empuje le ha dado a la crónica en estos últimos años. Pero seamos claros, la crónica por décadas ha estado presente en todos los diarios y las revistas de la región, ¿cuántas de estos no han destapes entrampamientos políticos y económicos? Al igual que la literatura, el periodismo es un ejercicio de enfrentamiento, en donde la mayor satisfacción yace en el acto de realizarlo por la convicción; entonces no deja de fastidiarme mucho cuando escucho a cronistas (con libro publicado) cuando se quejan de la poquísima atención que reciben de los medios, me irrita la pataleta de muchos de ellos cuando alzan su voz cada vez que los reseñistas literarios no los toman en cuenta, pero bien que no dicen nada cuando sus fotos aparecen en las páginas de sociales de los diarios, o peor aún: cuando el hecho de llamarse “cronistas” les confiere un status superior a la de sus compañeros de redacción de los diarios.
Lamentablemente no puedo catalogar como positivo el auge de la crónica en América Latina. Desde que soy personaje activo en la literatura he tenido la política de no ocuparme de libros y autores que no llamen mi atención. Siempre he hablado de libros y autores que me han estimulado y cuestionado. Por ello, me gustaría desplegar un breve repaso de dos cronistas que merecen el mayor de mis respetos, cuyos libros pueden encontrarse en cualquier librería de Latinoamérica, en clara muestra de lo que debe ser un cronista, en otras palabras: dos verdaderos hijos bastardos del gran Hunter Thompson.
En párrafos anteriores señalé las grandes ventajas de la crónica, de sus llegadas que no solo se atrincheran en los grandes hechos. Repito: todos tienen una historia que contar, para un genuino buscador de historias no existen los grandes y pequeños temas.
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Ricardo Uceda es un reconocido periodista peruano de investigación. Tiene una riquísima trayectoria que lo ha llevado a no dudar en meterse en execrables baños de mugre con tal de dar cuenta de la verdad. En el año 2004 la editorial Planeta publicó una monumental investigación titulada Muerte en el Pentagonito, en el que se nos detalla los tejes y manejes del mecanismo antisubversivo que llevaron a cabo las Fuerzas Armadas, tanto en los años ochenta, como durante la dictadura de Alberto Fujimori. Si habría que definir a Uceda, pues qué mejor que catalogarlo como un novelista signado por el hechizo del historiador. Las casi quinientas páginas de su libro se pasan volando, en donde también somos presa de los giros narrativos que nos recuerdan a las novelas de espionaje de Forsyth.
A través del testimonio del ex agente del Servicio de Inteligencia peruano Jesús Sosa Saavedra, se nos revela, principalmente, el accionar del terrorismo de estado que se acometieron en los gobiernos de Fernando Belaúnde Terry, Alan García y Alberto Fujimori contra Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. El recuento de asesinatos y torturas que llevaron adelante comandos paramilitares como El Grupo Colina (Fujimori) y el Comando Rodrigo Franco (García, primer gobierno) para con sospechosos o disidentes de la mismas fuerzas militares son una muestra del grado de podredumbre moral a la que estas habían llegado con el aval, hasta el momento no aceptado, por las esferas que detentaban el poder político; como también los asesinatos de espías internacionales que realizaban labores diplomáticas en Perú. En más de un tramo el lector se pregunta si lo que se narra en Muerte en el Pentagonito es ficción o realidad. Para muchos peruanos, recién en estos últimos años, el centro de Operaciones de Inteligencia, conocido como el Pentagonito, es una fortaleza en donde la verdadera historia política peruana, de los últimos treinta años, está escrita, teniendo de “salas de archivos” sus sótanos por donde muchas veces sospechosos de insurgencia perdían su vida, y para no dejar rastro pues no se tenía la mejor idea que quemarlos durante las madrugadas y mañanas. Como el Pentagonito se encuentra ubicado en San Borja, en una zona residencial de la capital peruana, a menos de doscientos metros de la principal carretera al sur, no pocos tenían la seguridad de que el humo que salía en las madrugadas de los inmensos jardines provenía de la panadería y cocina de aquel gigante de concreto. Esta alocada noticia provenía de los diarios comprados por la mafia fujimontesinista ante los constantes destapes que brindaban las sospechosas razonables de que el humo del gran jardín del Pentagonito era de los cuerpos que se incineraban en sus sótanos.
Uceda no cae en el vacuo protagonismo, las referencias personales solo se suscriben a cómo se contactó con Sosa Saavedra y a los cuidados que debía tener en cada una de las reuniones que tenía con este testigo privilegiado. El periodista no es un mero transcriptor de hechos dictados, sino que toda la información brindada es corroborada, y ello se deja ver sin que se sienta, los pie de página están, como en todo trabajo de investigación, pero estos no se sienten, puesto que Uceda tiene la máxima de mantener el interés del lector.
En el juicio que se le sigue al ahora preso Alberto Fujimori, los fiscales usan como fuente principal esta publicación. Gran parte de los puntos por los que se acusa a ese sujeto mitómano parten de los datos consignados en el libro de Uceda.
No peco de chauvinismo, pero no tengo ningún reparo en señalar que Muerte en el Pentagonito es quizá uno de los mayores libros de no ficción, en castellano, de los últimas décadas.
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Así como la crónica aborda los grandes hechos que marcan el devenir de una nación, ya sea por medio de un presidente corrupto, un narcotraficante, un agente asesino o un cleptómano, también puede relatarse el imaginario cultural por medio de tópicos singulares. Todos tienen una historia que contar, nada nace de la nada, hasta un animal puede ser protagonista de una gran historia, tal y como lo podemos leer y disfrutar en La vida de una vaca, del cronista chileno Juan Pablo Meneses.
Este libro, también publicado por Planeta en este año, está llamado a ser un paradigma para los futuros cronistas. En apariencia puede ser un libro que roce, por su título, con la ridiculez, pero no es así: es un trabajo de investigación en el que han entrado a tallar los últimos medios de la comunicación, en especial el mundo virtual.
En La vida de una vaca tenemos a La Negra, y a través de ella Meneses nos muestra la radiografía de la historia argentina. Muchos han intentado diseccionar a este país por medio de investigaciones que giren en torno al fútbol o a Eva Perón. Empero, Meneses lo hace a través de una vaca, solo una, porque, en su visión de buscador de historia, “hablar de todas las vacas es como hablar de ninguna”, tal y como me lo dijo en una entrevista que en julio pasado le hice a razón de su presentación de la Feria Internacional del Libro de Lima.
Alrededor de La Negra se interpelan a ganaderos, políticos, periodistas, sociólogos, escritores y demás; a través de la pluralidad de opiniones llegamos a enterarnos de que la dependencia de los argentinos es tal que es capaz de poner en jaque a cualquier gobierno. La carne es cosa seria, en la que no hay cabida para los ambages, puesto que más allá de las características hiperbólicas de los argentinos, la carne no solo es considerada un patrimonio nacional, sino también como la mejor del mundo.
Tampoco estamos ante un libro fundacional sobre el tema, existen trabajos parecidos publicados en Estados Unidos, en cuanto al consumo de la carne, como el de The Steer´s Life de Michael Pollan, pero a diferencia de publicaciones de ese tipo, en los que se parte de una investigación para ser editado en formato de libro, este título de Meneses es peculiar: él hizo público su trabajo desde que se compró una ternera para criarla, alimentarla, matarla y comérsela. Lo dio a conocer en su blog, lo cual hace de La vida de una vaca una suerte de libro interactivo. Los lectores tuvieron una constante participación, sumado al hecho que el autor comenzó a publicar adelantos de su trabajo en revistas como Gato Pardo y Etiqueta Negra, lo que generó que la expectativa por el “resultado final” fuera cada vez mayor.
Cosa curiosa: hasta donde sé, cuando uno se encuentra escribiendo un libro, por lo general se responden generalidades del mismo, siempre y cuando se nos haga la clásica pregunta final del “¿qué es lo que últimamente estás escribiendo?”. Digamos también que de La vida de una vaca se conocía su desenlace desde antes que este entrara a la imprenta. A somera impresión, se trataría de un proyecto que no interesaría a nadie, entonces, me preguntó: ¿en dónde radica su fuerza?, ¿cuál es su componente esencial que hace de un argumento, aparentemente trivial, tan adictivo?
Me hice estas preguntas antes de leer las vicisitudes de La Negra, pero confiaba mucho en lo que Meneses podía hacer. Él ya ha demostrado en Equipaje de mano y Sexo y poder. El caso Santiago, lo que hacer como cronista, de sus recursos intelectuales y literarios que le llevan a sacar adelante un proyecto, del que como indiqué, ya se conocía su final. Estas preguntas tuvieron una sola respuesta: el tratamiento de la historia. La Negra es, digamos sin ser despectivos, el gran pretexto para abordar descarnadamente a una cultura a la que le puede faltar todo, menos la carne.
Como lector, uno se da cuenta cuando un autor te está tomando el pelo, cuando se llenan páginas gratuitamente, lo que no acaece en este extraordinario texto de no ficción, al cual considero como el principal libro de Meneses. En La vida de una vaca hay muchísimo trabajo de biblioteca, un impresionante esfuerzo de edición de la información que muy bien puede servir de ejemplo a los que quieran escribir crónicas. Meneses es, sencillamente, un buen buscador de historias, un obsesionado por el detalle, y por qué no decirlo, el mejor cronista de hoy en Latinoamérica.
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Muchos cronistas latinoamericanos de hoy se quejan del por qué no se les acepta en los tan deleznables cenáculos literarios. Se quejan de que no se les reseñan, de por qué no se les toma en serio. A riesgo de que suene a lugar común, pues es solo el tiempo el que dirá si una crónica tiene el valor literario que merece, tal y como pasa con todos los libros. La crítica literaria jamás debe ser inmediata, no debe caer en los apuros de la primicia a la hora de valorar una publicación. Y tal como ocurre con la poesía y la pintura, lo mejor que le puede ocurrir a la crónica es que sea desdeñada por la crítica mediática, que no se devalúe con el facilismo con el que se clasifica a las novelas, por ejemplo. Sé que puedo estar cayendo en una evidente contradicción: es imposible negar el boom de la crónica hoy, pero no hay que ser presas de las trampas de los escribas de dizque crónicas cuando en realidad lo que hacen es contarnos su vida, cosa que así no solo soliviantan sus miserias, sino que también camuflan el poco compromiso que exhiben con el tópico que, en teoría, les debería interesar.
A los nombres de Ricardo Uceda y Juan Pablo Meneses, puedo sumar el de Julio Villanueva Chang y Juan Villoro, de quienes me hubiera gustado escribir un poco, pero desde hace ya varios años no publican libros de no ficción.
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Siempre he sido de la idea de que el mejor homenaje que puede rendirse a un referente inmediato de la crónica, como lo sigue siendo, desde el más allá, Hunter Thompson, es conociendo bien su obra y asimilando su espíritu de denuncia y compromiso, no importa cuál sea la historia que se coja por las astas… Soy un férreo convencido de la bastardía, el mejor tributo es negar y rechazar tajantemente lo que solo un autor como el Gonzo pudo realizar: susurrarnos y gritarnos sus tan adictivos excesos que no pocos hemos anhelado vivir
Sunday, October 25, 2009
LA HEGEMONÍA DE LO CONVERSACIONAL, de José Carlos Yrigoyen
No tengo la más mínima duda de que la poesía peruana es, junto a la mexicana, la de mayor importancia en el imaginario poético hispanoamericano. Tampoco me embarga saber que esta tradición atraviesa desde mediados de los años setenta una caída libre en cuanto a calidad, sin que ello signifique dejar de saludar y reconocer a los que han sabido forjar un “yo poético”.
En LA HEGEMONÍA DE LO CONVERSACIONAL, del poeta y escritor José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976), se nos brinda un breve pero contundente ensayo del lazo que comparten muchos de los últimos poetas peruanos (1998 – 2008): la preeminencia, voluntaria e involuntaria, del estilo conversacional, o del “británico modo”.
Como nada nace de la nada, Yrigoyen nos detalla cómo este estilo ingresó “oficialmente” a Perú, contándonos la relación que a lo largo del tiempo los poetas han tenido con esta vertiente fruto de las fervientes lecturas de T. S. Eliot.
Basta leer los poemarios para corroborar la fuerza del estilo conversacional. Lo que el autor propone es una especulación que yace en una global lectura responsable, centrada en mediados del ochenta, de la que destacan las voces de Roger Santiváñez y Domingo de Ramos, como aquellas de la década siguiente: Victoria Guerrero, Miguel Ildefonso, Lorenzo Helguero, Roxana Crisólogo y Montserrat Álvarez. Todos ellos han brindado lo mejor, o más interesante, de su poética cada vez que se han acercado a esta “lírica forma de narrar”.
A partir de la muestra Piedra/Sangre, colección de quince poemarios, del que únicamente refulge DIARIO DE NAVEGACIÓN de Diego Lazarte, se nos brinda un panorama, no solo suscrito a este plausible proyecto editorial, de lo que es la novísima poesía peruana, describiendo sus virtudes y taras, guiándonos por los senderos que nos llevan al legado “conversacional” del gran Rodolfo Hinostroza. En este sentido, se reconocen los aportes de Manuel Fernández, Jerónimo Pimentel, Miguel Ángel Sanz Chung, Paul Guillén, Andrea Cabel y Romy Sordómez, que en ningún momento son catalogados de “conversacionales totales”, sino que al igual que sus pares de lustros precedentes, han sabido licuar el latente respiro del “británico modo”.
Como todo libro, este no está libre de reparos. No voy a ser vocero de los mediocres que reclaman una mención, valiéndose de risibles discursos que denotan la no-lectura del libro. Este escritor, periodista, blogger, editor de extraordinarias publicaciones, reseñista de libros que le gustan y lesionado jugador de basketball, solo reclama por la ausencia de José Miguel Herbozo, tanto en el ensayo como en la colección P/S.
Podemos estar o no de acuerdo con los puntos de vista de Yrigoyen; pero más allá de nuestros pareceres, es importante señalar que en LA HEGEMONÍA DE LO CONVERSACIONAL es notorio el destierro de la lambisconería, el asco al amiguismo y el alejamiento de los intereses paralelos que desde los ochenta muchísimo daño le vienen haciendo a la poesía peruana. Que este recomendable ensayo sea entonces un punto de partida hacia trabajos que intenten brindar radiografías justas.
Editorial: Lustra Editores – Centro Cultural de España de Lima
Sunday, October 11, 2009
DIETARIO VOLUBLE, de Enrique Vila - Matas
Semanas en las que me vengo recuperando de una caída…, desde más de dos metros de altura. Un día a la semana juego basketball, deporte en el que siempre he destacado. Me encontraba dando pases, en calma, aprovechando la buena ventaja que mi equipo llevaba en el puntaje. En una de esas, me harté de hacerme el huevón y corrí hacia el aro en pos de una buena canasta, alucinándome en las alturas la versión peruana del legendario Michael Jordan. Bueno fuera haber anotado (triste consuelo), pero no: mi mano derecha quedó atrapada en las mallas del aro, la presión del peso de mi cuerpo amenazaba con que el tablero venga sobre mí, entonces para desprenderme necesitaba de toda la fuerza posible, subí ambas piernas y con jalón hacia abajo me libré de las mallas. Obvio, caí como un costal de azúcar. Todo esto en menos de dos segundos, si demoraba más tiempo el desenlace pudo haber sido fatal.
El médico me ordenó descansar. Y como descansar es lo que más me gusta de la vida, opté no refutarle nada. De paso, cómo no, me desentendía por algunos días de mis reuniones con editores que no leen, de escritores que no escriben y de literatos que odian la literatura.
En mi cabecera muchos libros e innumerables películas en DVD. Así fue como leí DIETARIO VOLUBLE (2008), del escritor español Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948).
Sensación rara. Me había prometido no leer en mucho tiempo a este estupendo narrador. La razón: a lo mejor ciertas ganas por leer cosas distintas que no sean solo constantes referencias literarias. Motivo caprichoso, lo sé. Sin embargo, este libro, que no es ficción, ni ensayo, me gustó demasiado, el cual te transmite un inconmensurable amor por el placer de leer, por aprender cada día más y en especial por algo que hoy en día contadas veces se ve: coherencia literaria, intelectual y personal.
Dietario. Diario literario, para no hacernos problemas abordando varias potenciales definiciones. Escrito entre el 2005 y 2008. Vila-Matas en estado puro, reflexionando y dictaminando sobre la relación entre su vida y la literatura, que en su caso es prácticamente lo mismo. Letraherido miembro de la secta de los “lectores que escriben”, como Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán, Claudio Magris…
Leía y apuntaba. El autor de PARÍS NO SE ACABA NUNCA ofreciendo una “escrita charla” magistral en más de doscientas páginas. No me dieron ganas de cerrar el libro, al punto que a propósito me demoraba en avanzar y en no pocos casos levantaba la mirada, presa del arrobamiento. Impresión del lector sobre todas las cosas, pero qué impresiones, cachetadas inmisericordes a todos los miembros de la Escuela del resentimiento.
En DV no existe el lugar común, “libro-nudo” en el que se entrelazan el pulso del novelista, la mirada del lector-crítico y la franqueza del que asume la literatura como un destino. Patadas plausibles a la sarta de mentirosos del mercado editorial; llamadas de atención a no cejar en la disciplina interior que todo artista debe privilegiar en lugar de andar buscando muchachas despistadas por el éxito literario; el diálogo del autor con las nuevas fuentes de la información, como las líneas dedicadas al muy buen blog El lamento de Portnoy; la búsqueda de hermanos literarios a distancia, del que sobresale el artífice de mundos paralelos Enrique Prochazka.
Para sorpresa de los ignorantes, el dietario no es un género nuevo. Subvalorado, sí. No existe hoy en día parcela de escritura más plástica que el dietario. Todos podemos escribir uno, llenarlo de nuestra experiencia, lectura y pensamiento, pero eso no quiere decir que estemos pergeñando una muestra literaria. La forma, como bien señalaba Roland Barthes, lo es todo. Es la forma lo que lleva toda creación a un nivel estético. En este sentido, este diario de vivencias y lecturas de Vila-Matas refulge como uno de los principales referentes de este género al que debemos prestarle más atención.
Editorial: Anagrama
Saturday, October 03, 2009
LA NOCHE HUMANA, de Carlos Calderón Fajardo
Esta reseña la debí mandar al diario el año pasado. Sin embargo un fuerte problema de salud hizo que perdiera todos los archivos que venía trabajando. Pero las cosas pasan por algo, puesto que el presente texto será una reseña disfrazada de perfil sobre uno de los narradores latinoamericanos más importantes de la actualidad: el peruano Carlos Calderón Fajardo (Juliaca, 1946).
Recuerdo bien cuando lo leí por primera vez. Corría el 2001 y seguía cursos de adoctrinamiento marxista en la histórica Casa Museo José Carlos Mariátegui, lugarcito ubicado en el centro de Lima. Cierto sábado en la mañana, harto de las mentiras delatadas por la inconsecuencia de los izquierdistas, abandoné el “gran salón” ante la mirada estupefacta de los alumnos y la palmaria desazón del dizque intelectual que impartía la clase de la fecha. Como este lugarcito tenía una pequeña librería, me puse a revisar en sus anaqueles, de todos los lomos uno llamó mi atención: EL QUE PESTAÑEA MUERE. Compré y devoré ese magnífico libro de cuentos.
Por mucho tiempo creí que CCF era un seudónimo, puesto que ningún dato sobre él encontraba en las revistas y periódicos de la Hemeroteca Nacional. Sin embargo, en el segundo semestre del 2003 empecé a salir con una estudiante de Literatura de la Universidad Católica, como es obvio, entre las muchas consultas librescas que le hacía, le pregunté sobre la existencia de este escritor. Ella, a los días, me regala en versión fotocopiada de LA CONCIENCIA DEL LÍMITE ÚLTIMO. Una deliciosa novelita, heredera, en parte, del policial enigma inglés. A la semana de leerla, mientras chequeaba los estantes de la librería El Virrey, encontré otra novela del autor, pero esta había sido publicada justo el año que leí EQPM. Con la lectura de LA CONQUISTA DE LA PLENITUD no tuve la más mínima duda de que estaba ante un escritor de culto.
2006 podría ser el año bisagra, sus libros empiezan a editarse con frecuencia, los medios y la crítica le brindan espacios de promoción, y lo más importante para un autor, su nombre comienza a ser mentado por una nueva generación de lectores. Novelas como LA SEGUNDA VISITA DE WILLIAM BURROUGHS y EL HUEVO DE LA IGUANA nos confirmaron la fuerza de una voz narrativa en plena ebullición. En otras palabras: la coherencia interna del proyecto artístico, harto difícil de leer hoy en día debido a las mentiras publicitarias de las grandes editoriales que en muchos casos confunden a los lectores con novelastros dispuestos a alquilarse a la onda literaria del momento.
Solo he nombrado algunas publicaciones suyas. Ahora, LA NOCHE HUMANA es una de sus novelas que más me gustan, puesto que en ella, a mi parecer, se encuentran las vetas esenciales de su envidiable producción.
LNH está compuesta por las siguientes novelas breves: LA OREJA DEL EXTASIS, LOS MOVIMIENTOS DEL SILENCIO y VIDA INTERRUMPIDA. Las tres tratan sobre escritores y artistas, peruanos que vivieron los años dorados del exceso y el fulgor creativo en París, con saltos desde 1928 hasta fines de los setentas. Tenemos a Miluska Ginsburg, una peruana judía conocida como Milú, cuya presencia (y ausencia) alimenta los espíritus corrosivos de aquellos que encuentran en ella una suerte de vesánica dependencia, sin la cual es imposible comprender el “proyecto narrativo”, que navega como un subtexto, alentado en estas tres novelitas, por el que también podemos tener una metáfora de los bloqueos y acicates, reflejados en los que están dispuestos a perseverar en lo que se cree, sabiendo que bien librado no se saldrá. Es por ello que la configuración de los perfiles de personajes como Helva Huara, Anais Nin, César Vallejo, Gonzalo More, Julio Ramón Ribeyro y demás, son reales gracias a la mentira de la buena ficción, de aquella capaz de sumergirse en sensibilidades harto conocidas en pos de una nueva dimensión humana, la del descontrol de los demonios artísticos que hurgan en los senderos más oscuros del alma. No es gratuito que Calderón Fajardo las haya agrupado bajo la imagen de “la noche humana”.
En lo que va del año, Calderón Fajardo no deja de sorprendernos. La publicación de su ANTOLOGÍA ÍNTIMA y de su novela EL VIAJE QUE NUNCA TERMINA nos lleva a catalogarlo como un letraherido mayor, persistente y generoso, de quien muchos debemos aprender.
Editorial: COPÉ
Monday, September 21, 2009
GOMORRA, de Roberto Saviano
Con cientos de miles de ejemplares vendidos, innumerables traducciones desde el 2006 y una más que aceptable adaptación cinematográfica, GOMORRA está llamado a ser uno de los títulos mayores de nuestro tiempo, comercialmente hablando. Su autor, el periodista italiano Roberto Saviano (Nápoles, 1979), a causa de la publicación, ha sido condenado a muerte por la Camorra, nombre del conglomerado de la mafia napolitana.
Esta publicación es también una señal que nos confirma el buen momento que atraviesa la literatura de no ficción. Si la memoria no me es tramposa, este escritor y eventual reseñista no recuerda que un libro alejado de las parcelas de la ficción haya tomado tanto vuelo a pocos años de su salida al mercado.
Empero, lo que vengo percibiendo es el aura de cierta mano laxa, poco criterio, floja argumentación al momento de resaltar las virtudes del texto. Antes de lanzarme a escribir esta columna, invertí cinco minutos de mi tiempo en buscar artículos y reseñas relacionados con este digno trabajo del periodismo de investigación, y no demoré en toparme con “fellatios” y “sobadas” que delataban la carencia de la lectura previa (e íntegra) al que debe ser sometido todo texto si es que se pretende escribir de él.
En GOMORRA se goza de un controlado respiro gonzo, el autor no es presa de la algarabía de otros colegas seducidos por el ego-protagónico, en este sentido es clara la evidente investigación sustentada en entrevistas, testimonios y harto trabajo de búsqueda en archivos de bibliotecas. Cuando la narración parece estancarse en la misma sucesión de las tropelías cometidas en el puerto de Nápoles (en el que dicho sea, se sustenta muy buena parte de la economía occidental) y alrededores, nos topamos con recursos técnicos que nos refrescan para luego volver con interés a sus páginas, como el extenso capítulo dedicado a Mijaíl Kaláshnikov, creador de la homónima arma letal, la cual es el adminículo de preferencia, debido a lo fácil de usarla, de los matones de la Camorra.
Sin embargo, el libro adolece de cumbres a recordar. Superadas las tediosas treinta primeras páginas, prácticamente no dejamos de volar, nos convertimos en ríos de sangre a borbotones, nos convertimos en cómplices de la doble moral presente en todos aquellos que se benefician de la organización criminal. Pero en ningún momento nos sentimos contra la pared, no quedamos abstraídos. Esto se debe, seguramente, a la poca pericia narrativa del autor para administrar la información, la que en muchos casos nos son presentadas de sopetón, pasando por alto las pausas (válido tanto en ficción y no ficción) de lo que sería la articulación para la puesta en escena.
A nadie le gustaría estar en el pellejo de Saviano. Por ello, no deben dejar de sumarse las voces y firmas de apoyo hacia quien fue consecuente con su vocación de periodista, plasmando en texto, letra viva que lo sobrevivirá, lo que muchos sabían pero que por cobardía e interés callaron por décadas.
Editorial: Debate
Publicado en Siglo XXI
Monday, September 14, 2009
Regularona adaptación de CRÍMENES IMPERCEPTIBLES
Hace buen tiempo reseñé la novela CRÍMENES IMPERCEPTIBLES (Premio Planeta Argentina 2003), del narrador Guillermo Martínez, a quien también entrevisté. Ambas entregas fueron publicadas en este medio.
Resulta entonces inevitable que no opine sobre su adaptación cinematográfica, que bajo el título de LOS CRÍMENES DE OXFORD estuvo a cargo del director español Alex de la Iglesia.
Sabemos bien las diferencias de las parcelas literarias con las cinematográficas, cada una es independiente en su realización, desarrollo y alcances formales. En lo que ahora nos compete, pues CI nos reveló a un escritor no solo talentoso, sino también sumamente inteligente. No es locura alguna catalogarlo como uno de los más atendibles narradores latinoamericanos de hoy, es de los pocos que se salvan de las mentiras a las que nos vienen acostumbrando las grandes casas editoriales, vendiéndonos novelastros por doquier, basuras a las que hay que sindicar ante tanta metida de dedo.
Las adaptaciones cinematográficas no tienen que ser fieles a las líneas argumentales de sus fuentes (novelas, dramas, cuentos, biografías), en absoluto; mas sí respetar el espíritu que ellas motivan. En este sentido, De la Iglesia sí ha respetado el espíritu de CI, pero se ha olvidado de la esencia que no solo trasunta el policial negro, sino también el policial enigma: la relación entre sus personajes.
Arthur Seldon (John Hurt) y Martin (Elijah Wood) deben poner fin a una serie de crímenes que acaecen en Oxford. Seldon es uno de los lógicos más respetados del siglo XX, Martin es un talentoso joven matemático que cierta tarde encuentra muerta a su casera; esta era también muy amiga de Seldon, a quien se le comunicó del asesinato a través de una nota que se le hizo llegar después brindar una conferencia. A partir de entonces se desarrollan una serie de crímenes avisados, desafíos intelectuales a Seldon, que tienen el objetivo de dejar sin sustento las teorías lógicas que son la base de su reconocimiento mundial.
La película hace alarde de un buen pulso narrativo, pero la señalada relación de sus personajes es un punto insalvable, hace de esta una más del montón de policiales que se refocilan en la fórmula “Crimen – Culpable”, ni siquiera los personajes secundarios de Beth (Julie Cox) y Lorna (Leonor Watling) sirven para otorgarle esa cuota de densidad en la configuración de las sensibilidades. De la Iglesia peca de complaciente, desaprovecha las pulsiones oscuras que mueven a Seldon, los dramas de Martin nos ligan a Britney Spears al borde del colapso (no es broma).
El policial, ya sea en cine y literatura, se enriquece de la fuerza en el perfil de sus protagonistas, sin importar la historia, ni su desarrollo. El director lo sabe bien, pero a lo mejor se dejó llevar por el hecho de que la película iba a ser exhibida para un público fuera del circuito hispanohablante (LCO está filmada en inglés), lo que evidentemente produjo un tratamiento dócil, hasta pueril, con tal de agradar a todos.
LCO no es una mala película, esta cumple su cometido comercial de entretener, pero de un artista de la talla de Alex de la Iglesia, uno espera muchísimo más, no por nada este escritor, a pesar de este señalamiento, le sigue admirando.
Publicado en Siglo XXI

