Sunday, October 19, 2008

Entrevista a Leonardo Aguirre (PP)

“En el fondo, me interesa cuestionar los estereotipos románticos del escritor”

Un encuentro fortuito en un bar, en el que se aprovechó para zanjar ciertas rencillas, dio pie para realizar esta entrevista semanas después. Para bien o para mal, Leonardo Aguirre (Lima, 1975) es uno de los jóvenes escritores peruanos más conocidos. Es autor del libro de relatos Manual para cazar plumíferos, columnista del diario La República y está próximo a publicar su segundo libro. Vale anotar que no comparto muchas ideas que este escritor esgrime, pero hay que resaltar su soltura y desenfado al responder las preguntas que a continuación presentamos en su integridad.

Gabriel Ruiz-Ortega


Ha pasado un tiempo prudencial como para que puedas ver a Manuel para cazar plumíferos con objetividad. Como autor, ¿cuál crees que es la cualidad que puedas decir de tu primer libro de cuentos?, ¿tienes alguna autocrítica en torno a él?

¿Cualidades? Creo que a mí no me corresponde precisarlas. No sería muy elegante. Que de eso se encargue la prensa cultural. Más bien: ya se encargó. Y no se cargó mi libro, como podría pensarse debido a mi prontuario crítico-penal. Antes bien, insospechadamente (imaginé que los autores criticados y sus aliados iban a aprovechar la oportunidad para desquitarse), hubo harto champán y sólo probé dos traguitos amargos, dos reseñas amargas. Pero ni tan amargas, porque, en muchos puntos, ambas reseñas resultaron útiles y didácticas. Y, sobre todo, coincidieron con mis intuiciones. Es decir, yo ya intuía por donde cojeaban mis cuentos. Por ejemplo, reconozco que se me pasó la mano con Joyce. Quise exprimir el socorridísimo monólogo interior y preparé un jugo muy espeso, duro de pasar. También abusé de Cabrera Infante. Pueden resultar muy simpáticos mis juegos de palabras, pero el problema surge cuando el lector no entiende el juego y se aburre de verme jugar. O cuando sólo juego para Occidente pullman (por ejemplo: críticos, profesores, jurados) y me olvido de la trinchera. O me divierto con guachitas y bicicletas, pero me pierdo el gol en la boca del arco. Léase: cuando privilegio el lenguaje sobre el plot. Cuando mis cuentos se convierten en fríos y pretenciosos artefactos intelectuales y arruino el feeling de una simple historia bien contada. Cuando me convierto en ese escritor que interpreta Kevin Spacey en “Los Estados Unidos de Leland”: “no necesito pequeñas tragedias familiares, puedo escribir doce novelas sobre la luz y la sombra del bar”. Por otro lado, los títulos no son los mejores. A pesar de haber trabajado mucho tiempo en periodismo, nunca aprendí a golpear desde el saque. Tendré que pedirle consejo a Galarza, que sí es bueno para eso. Para los títulos, digo. Finalmente, la foto de la solapa es injusta. Es que no la elegí yo. Se tomaron hasta cuatro rollos, pero los editores optaron por esa estampa de caricatura, donde la nariz se me ve más grande y los lentes más gruesos.

Digamos que se tiene una imagen no muy frívola de la figura del escritor como tal, y con mayor razón, en un país como el nuestro. Sin embargo, uno de los aspectos saltantes en tu libro es que muestras al escritor como tal en su versión más mundana, “criolla”, como interesado más en figurar que en preocuparse en una obra literaria solvente. Y algunos personajes reflejan cierta fusión entre lo snob y lo vital. ¿Cuánto de ti hay en estos cuentos?, ¿cuál es tu paradigma en relación a la figura del escritor?

En el fondo, me interesa cuestionar los estereotipos románticos del escritor. Me interesa bajarlo del pedestal. Me interesa mostrar a un escritor carnal, pragmático, contradictorio, falible, a veces ridículo y a veces hambriento de reconocimiento (todos, en el fondo, y desde que nacemos, buscamos reconocimiento). El escritor come, cacha y caga como cualquier mortal. (Y se muere por ver su nombre en letras de molde.) Tiene que ganarse los frejoles, tiene que pagar las cuentas a fin de mes. Y, claro, ése soy yo. Luego, no tengo ningún paradigma, como dices, de la figura del escritor. Todo lo que te dije antes no constituye un paradigma; es sólo la constatación de una realidad. Más bien, no admiro a los escritores; admiro sus libros. No quiero ser como fulano o mengano, pero sí quiero escribir como fulano o mengano.

Claro, en Doctor Lüber, por ejemplo, se proyecta una conducta del protagonista pautada por cierta conciencia moral. Pero casi todos tus personajes exhiben con orgullo su desenfado, haciendo patente un cinismo.

El protagonista de Doctor Lüber, como cualquier hijo de vecino, titubea frente a la posibilidad de acostarse con una púber. Fantasea con eso, como tú y como yo (no hay que negarlo: las colegialas y los tríos son las fantasías masculinas más frecuentes), pero cuando tiene el arco a su merced, digamos, arruga y opta por dar el pase. Se la pasa de taquito a su fotógrafo. Sin embargo, la verdad, no sé si se trata exactamente de un dilema moral. Otra interpretación sugeriría que F., más bien, pone en la balanza el negocio redondo de las fotonovelas porno y el sorpresivo, tardío, éxito literario de ese librito erótico que publicó en su adolescencia. Tiene dos opciones igual de prometedoras, pero escoge la segunda. En todo caso, antes que el dinero, prefiere el prestigio (no la trascendencia; más bien: su nombre en letras de molde o su foto en la solapa). F. es muy pragmático y, antes de tomar una decisión, sopesa costos y beneficios.

Apuestas por un humor que llega a alcanzar buenos resultados en tus cuentos más experimentales. Quizá el que más se ajuste a esta intención sea Crucidrama. Sin embargo, el apostar por estirar los límites de la palabra en cuánto puede afectar la historia que estás escribiendo. ¿Cuáles son los riesgos que corres y qué tan bien sales de ellos?

Con respecto al caso que mencionas, creo que el título ya es una advertencia: sienta las bases de una suerte de pacto con el lector. Es un cuento para resolver: el lector debe decodificar la historia. Sin duda, en este caso específico (y también en Con Paola no puedo), le pido al lector que se esfuerce un poco más de lo habitual para seguir la historia y no ahogarse en el océano de frases, o en la sopa de letras. Le pido al lector que chambee, que no se la lleve fácil. Sin embargo, como acabas de decir, Crucidrama también luce, digamos, un barniz humorístico: es decir, por un lado, le pido al lector que chambee, y por el otro, uso el humor para hacerle placentera esa misma chamba. Lógicamente, también corro el riesgo de que me toque un lector flojo que no desee decodificar nada. O que no tenga el mismo sentido del humor. En ese caso, si tira la toalla en la primera línea de Crucidrama, o si no puede con Paola, a dicho lector le aconsejaría ignorar las páginas respectivas y pasar al siguiente cuento.

Algo parecido sucede también en Sandrita, Pattie Boyd y Michelle ma Belle. Lo que me atrae son los tres registros formales de los que te vales. Y a diferencia, en especial, de Crucidrama, este es un cuento que se disfruta.

Claro, supongo que ese cuento es mucho más amable con el lector. Amable y arrechante. Tan arrechante como Doctor Lüber, pero, formalmente, menos conservador. Sobre todo, me interesaba marcar la diferencia entre lo que se dice “al aire” y lo que se dice “por interno” en un programa de radio. Que, en el fondo, no es más que una representación de lo poco que se dice y lo mucho que no se dice, pero se insinúa, en toda seducción. Finalmente, ese cuento es la historia de una seducción. Aunque después, claro, los que se alucinaban muy diestros cazadores (ambos, él y ella) terminan descubriendo que no habían hecho más que obedecer un libreto.

Cambiemos de tema. Hablemos de cosas un tanto chocantes. ¿Eres el administrador de los blogs basura? Por favor, sé directo y fundamenta lo que dices. Mucha gente cree que eres tú la persona que está detrás de toda esa maquinaria, realmente, asquerosa. Obviamente, dirás que no, pero dinos por qué dejar de creer que eres tú el primer sospechoso.

Primero debo preguntarte: ¿por qué soy yo el primer sospechoso? O, mejor dicho: ¿quién dice que lo soy?

Tranquilo, Leonardo. Toma tu cafecito. Simplemente te comento de lo que mucha gente está convencida. Te hice una sencilla pregunta y me respondes preguntando. Estamos en una entrevista, no en un exorcismo.

¿O sea que soy un demonio?… Noto que me has hecho dos preguntas en una. La primera sí es, como dices, una pregunta sencilla. Y la respuesta es no. Punto. (Además, ya respondiste por mí.) La segunda no es tan sencilla. Porque, en realidad, ya presumes que soy culpable… creo que estoy en mi derecho de cuestionar, por lo menos, la formulación de esa pregunta. Sin embargo, para no ser aguafiestas (tienes razón: se trata de una fruslería), te respondo de todos modos. Muy simple: yo firmo todo lo que publico. Nunca me escondo, siempre doy la cara (incluso para los golpes). No tanto por valentía sino por vanidad. Además, fíjate que mis propios enemigos de la blogósfera literaria, cada vez que los provoco, insisten en que soy pedante y megalómano. Así que yo les preguntaría a los defensores de la malévola conjetura (es decir, los enemigos de siempre): ¿cómo pensar que el megalómano de Leonardo Aguirre va a perder la oportunidad de publicitar su nombre en esos blogs tan visitados? Por otro lado, en términos de lectoría, mi blog ya era mucho más exitoso que aquellos que tú basureas. Es decir, si quiero alborotar otra vez el gallinero (la blogósfera sólo sirve para cacarear, no para escribir), resucito mi blog y punto; no necesito inventarme un blog anónimo… Ah, por cierto, el café ya está frío: un café frío es un cebiche sin ají.

Administraste el blog Rata de laboratorio, aunque pocos lo conocían con ese nombre. ¿Algún mea culpa luego de dicha experiencia?

Te equivocas. Mi blog no tenía ese nombre, ni para pocos ni para muchos. Se llamaba, simplemente, Leonardo Aguirre.

Bueno, es un error mío entonces. Cada vez que digitaba en Google Rata de laboratorio blog aparecía tu blog. Simple coincidencia. Sigamos.

Se trata, más bien, de una cuestión técnica: ése es el nombre de un archivo jpg, y aparece cada vez que posas la flecha sobre la imagen de la rata. En fin. El caso es que la experiencia fue muy divertida mientras duró. Desgraciadamente, no todos tienen el mismo sentido del humor, ni la misma correa. ¿Mea culpa? Más bien, me meo en la culpa. Porque la culpa no era mía sino de los chistosos que dejaban sus comentarios. En todo caso, cuando la situación se puso inmanejable, cosa que coincidió con mi hartazgo, hice lo único que quedaba por hacer: abandonar el blog. Algo parecido sucedió con mi etapa de reseñista o comentarista o crítico o como quieras llamarlo (o redactor de estafetas, como dijo el picón de Cachay): cuando los supuestamente ofendidos comenzaron a inundar el correo de Agenciaperú de vilipendios, cuando pasaron del vilipendio al golpe, cuando moquearon en televisión, entonces di por terminada la aventura y dejé de reseñar. En ambos casos, lo hice no por un sentimiento de culpa sino, como dicen los evangélicos, por amor a los débiles. Es decir, por los susceptibles; es decir, por los niños que se meten en cosas de hombres; es decir, por los que publican pero no quieren que nadie diga una sola palabra en público para cuestionar su enorme talento. ¿Quieres un mea culpa? Te ofrezco gestos: dejé la crítica y abandoné el blog. Suficiente.

No vas a negar que al momento de administrar un blog eres responsable de lo que se publica en los comentarios.

Pero no soy responsable de la hipersensibilidad de los demás. No sé si lo recuerdas, pero en mi propio blog, en aras de la equidad, permití que también se metieran conmigo. Dejé que me calificaran de mil maneras. Y dejé que me inventaran las anécdotas más truculentas. ¿Acaso voy a hacer un escándalo por eso? Por favor, no me voy a amargar la vida por las flatulencias de unos cuantos inéditos resentidos que ni siquiera tienen los cojones para poner su nombre. Por último, lo dicho: mi blog ya está muerto. Así que dejen de acusarme por un caso archivado.

Digamos que tu experiencia como crítico literario en Agenciaperú sirvió para hacerte conocido. Y salvando las evidentes distancias literarias, entraste a la leyenda de la chismografía a raíz de la agresión que sufriste por parte de Sergio Galarza, escritor a quien no le gustó tu reseña en torno a su libro La soledad de los aviones. A veces tengo la impresión de que fue un hecho arreglado en pos de la publicidad, y publicidad hubo, casi todo el mundillo literario en Lima habló de ello. ¿Qué es lo que realmente pasó?

En primer lugar, no es cierto, como especulan los chistosos de la blogósfera literaria (ésos que ven conspiraciones y amarres por todos lados), que Galarza y yo hayamos arreglado el asunto para vender nuestros respectivos libros que, por pura coincidencia, aparecieron en la misma época.

Aguanta. No sólo son los chistosos de la blogósfera literaria quienes lo creen.

Bueno, no importa quiénes: no tienen nombre, no existen. El punto es que, si alguien montó el circo, ése no fui yo. Ahora bien, es cierto que hubo algunos indicios que me hicieron conjeturar, en su momento, cierta premeditación de parte de los organizadores del debate. Por ejemplo: en principio, los ponentes debíamos ser cuatro, pero, a la hora de los loros, sólo aparecimos dos, y el moderador me informó que los ausentes se habían negado, por diversas razones, ese mismo día. No obstante, ya estaban impresos, y ya circulaban, los volantes y afiches que consignaban sólo dos nombres y no cuatro. Además, el título de la charla, según el mail que me enviaron los organizadores, era, simplemente: “críticos y escritores”; pero luego, el mismo día, los volantes y los afiches rezaban “El escritor versus el crítico; Sergio Galarza versus Leonardo Aguirre”. Por otro lado, los organizadores dijeron haber invitado también a Javier Ágreda, el crítico del diario La República, y al escritor Carlos Gallardo; pero Ágreda me contó luego que nunca se enteró del asunto, y encontré a Gallardo, minutos después, en la cafetería de Letras de la universidad, es decir, a una cuadra del salón donde tuvo lugar el famoso debate. Pero repito: no son más que indicios. Como quiera que sea, apenas al día siguiente, Galarza se disculpó personalmente conmigo. Y ése, por lo menos para mí, fue el punto final. Lo demás sólo es parte de la anécdota, de la leyenda urbana.

Mejor volvamos a Manual... Mi vida en Beatles es un cuento que, en lo personal, me gustó mucho. Es una conmovedora reconciliación con la vida. Y digamos que junto a Café Miltón y cordero con Saki son la base en la que se apoya este primer libro.

Claro, tanto Café Milton como Mi vida en Beatles aluden, de manera literaria y chismográfica, al resto de cuentos del Manual. Digamos que son las tapas del sánguche. Ahora bien, Café Milton es totalmente ficcional, mientras que Mi Vida en Beatles pretende ser un fragmento autobiográfico. Y digo “pretende” porque también hay algo de ficción, pero en este caso la reduzco a un diez por ciento, por decirlo de algún modo. Luego, sí, tienes razón: la palabra “reconciliación” me parece exacta. Sobre todo, es una reconciliación con mi pasado evangélico, del que solía renegar hasta no hace mucho (casi del mismo modo en que mis viejos se reconciliaron con los Beatles, luego de romper sus discos por consejo de ciertos pastores pentecostales). El caso es que entendí, y este cuento representa este entendimiento, que incluso esa parte de mi pasado puede alimentar una reflexión literaria. Entendí que todo sirve. Entendí que todo suma (como dicen los futbolistas). Y que, finalmente, la persona que soy ahora también depende de las tantas horas calentando la banca de una iglesia, de tantos textos de doctrina, de tantas experiencias sobrenaturales, etc. En cambio, si mal no recuerdo, tú procesaste ese pasado de manera inversa. Me refiero a tu novela La cacería… Es curioso: los dos estudiamos en el mismo colegio, pero los dos tenemos puntos de vista diferentes sobre el asunto evangélico… en fin. Por otro lado, creo que Mi vida en Beatles también soporta otras lecturas. Puede ser, incluso, una cínica carta de amor para mi enamorada, en donde rememoro aventuras con otras ocho mujeres. Y puede ser, de algún modo, una celebración de la amistad: por un lado, la amistad inconmovible de los Fab Four, de mis Fab Four, de los viejos compinches del cole, y por el otro, la amistad de los compañeros del taller de narrativa que escribieron Papel Carbón… Para no mencionar, como te dije al principio, que Mi vida en Beatles, además, intenta ser una radiografía (un poquito mentirosa) del proceso de creación de los cuentos anteriores. Pero, claro, tampoco quiero hacer trampa: no debo inducir al lector a leer ese cuento de tal o cual manera…

Bueno, se sabe que se publicará otro libro de cuentos tuyo, La musa travestida. ¿Tiene nexos con Manual... o es un conjunto de tópicos distintos?

En realidad, es más de lo mismo. Más y mejor, claro está. Porque, según creo, ese libro, que ya está listo, se notará mucho más sólido, más afiatado, más trabajado que el primero. De hecho, fue escrito antes que el primero: es decir, dispuse de más tiempo para la corrección. Luego, por si acaso, si continúo ordeñando la misma vaca, no es por una cuestión de pathos, fantasmas, demonios o lo que sea; simplemente, creo que todavía no he escrito todo lo que puedo escribir al respecto. Aún tengo en la cabeza, y en papeles inéditos, muchas ideas de tufo metaliterario (o metalero, como dicen ahora). En todo caso, en La Musa Travestida, me concentro, más bien, en grupos de escritores, en troupés dizque vanguardistas, en pandillas de plumíferos que todavía creen en el mito de la creación colectiva. Es decir, si el Manual examinaba diversos especímenes de plumíferos, uno por uno, La Musa examina bandadas. Si el Manual es la sicología del plumífero, La Musa será la sociología.

¿Cómo ves a la nueva camada de jóvenes narradores peruanos?

Primero, debo decir que conozco a casi todos. Por ejemplo, Luis Hernán Castañeda, Johann Page, Edwin Chávez y yo solíamos reunirnos durante algún tiempo para jugar fulbito. Luego, con el mismo Chávez y Ezio Neyra, nos dedicábamos, hasta no hace mucho, a editar la revista La mujer de mi vida. A Iparraguirre y García Falcón los veo de cuando en cuando, a la muerte de un gato, en presentaciones de libros, por ejemplo. En algunos casos, existe cierta amistad; en otros, cuando menos, existe una “hipocresía civilizada”. Lo que quiero decir es que sería poco elegante calificar los méritos literarios de personas un tanto cercanas. Poco elegante y poco objetivo. Lo único que podría decirte es que, por lo menos, tres libros de los mencionados (y ojo que todos somos debutantes) superan, en prosa, a toda la narrativa de los noventa.

Háblanos de los otros soportes creativos en los que basas tu trabajo literario.

Creo que me intoxiqué de literatura y decidí cambiar de aires. Seguramente, eso tiene mucho que ver con mi etapa de reseñista en Agenciaperú... fíjate que ahora hay que decir “reseñista” y no “crítico”... para algunos, entre reseñistas y críticos existe la misma distancia que separa a los jugadores de fútbol de los jugadores de Winning Eleven... o la misma distancia que hay entre doctores y enfermeras... en fin. El caso es que cuando redactaba reseñas para Agenciaperú, honestamente, me tocó leer muchos adefesios: quizá fue eso lo que me intoxicó. Por eso ahora dedico mucho más tiempo a ver películas. De hecho, en el último año me la he pasado alquilando dividís a razón de cuatro por semana. Y lo que estoy escribiendo ahora, sin duda, se nutre del cine antes que de la propia literatura. Lo cual, en mi caso, no es algo necesariamente nuevo. Cuando estudiaba Comunicaciones, algunos años atrás, llevé dos cursos de Dramaturgia y conversaba permanentemente con cierto director de teatro y también con aprendices de guionistas; quizás ahí comenzó a interesarme la idea de “teatralizar” mi narrativa: incidir en los aspectos visuales, pulir los diálogos, construir el texto como una sucesión de escenas, estructurar el argumento a partir de anagnórisis… ese tipo de cosas. Entonces, también podría decirse que mi reciente cinefilia no es otra cosa que un retorno a mis coqueteos con la dramaturgia. De hecho, algunos cuentos de La Musa Travestida fueron, en un principio, ejercicios para mis clases de Dramaturgia. Pero mejor no hablemos de un libro que aún no se publica: si no se publica, no existe.

Entrevista a Luis Hernán Castañeda (PP)


“Para mí, después de todo, lo que cuenta es la ficción”

Convicción, talento y formación son los soportes en los que se la basa el trabajo literario de Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982). Autor de Casa de Islandia y Hotel Europa, novelas que fueron muy bien recibidas por la crítica y el público. No es una exageración afirmar que estamos ante uno de los escritores peruanos con mayor proyección hoy en día.

Gabriel Ruiz-Ortega

Recuerdo mucho cuando salió tu primer libro, Casa de Islandia, digamos que los elogios no tardaron en aparecer, casi todos estos haciendo hincapié en los alcances que tenías con el lenguaje. Dime, ¿cómo tomaste esta primera etapa ?

Aunque todo eso pasó hace apenas dos años, creo que ya tengo una visión más o menos razonada de esos meses. Fue un debut inesperadamente placentero, fácil y cómodo, que me dejó bastante perplejo y aliviado, porque yo temía encontrar una hostilidad y una indiferencia de parte de los lectores que nunca encontré. Si hablamos de la recepción me siento un privilegiado, porque lo normal en nuestro medio es que los primeros libros de autores jóvenes pasen desapercibidos o que reciban un par de garrotazos injustos y paternalistas. Este desinterés me parece una muestra de ceguera, porque si bien es cierto que estos libros suelen contener anuncios, esbozos, promesas y una gran cantidad de errores suicidas o involuntarios que uno tarda en reconocer con cierta vergüenza – rezando, además, para que nadie más los advierta hasta que pueda salir una nueva edición corregida, si es que sale -, también es verdad que los escritores jóvenes pueden permitirse una alta dosis de osadía, de invención, porque todavía no han desarrollado fórmulas y se dan el lujo de aprender. Esto sucede además porque son irresponsables, porque no saben lo que hacen, y sus saltos al vacío son muy emocionantes, peligrosos, conmovedores y quizá incluso estéticamente interesantes.

Recorro las páginas de Casa.. y me reafirmo al decir que estoy ante un texto híbrido. Con muchos guiños al lector, en diálogo y confluencia permanente de nuestra tradición con otras: Martín Adán y Borges, para citar a los más saltantes. La experiencia vital que solemos ver en no pocos narradores es aquí desplazada por una experiencia muy ligada a la reflexión, a lo lúdico. ¿Cuánto tiempo te llevó escribir este libro y qué otros autores estuvieron presentes?

Lo que pasa es que la experiencia vital está camuflada y muchos críticos la han pasado por alto, quizá porque mi vida no ha sido una orgía perpetua de sexo, drogas y música estridente, aunque sí he tenido, como todo el mundo, ciertas experiencias definitivas, profundas, íntimas, que han modificado para siempre mi manera de escribir. Me refiero, principalmente, a las experiencias familiares y amorosas, que vienen también acompañadas por inevitables aspectos colectivos. Pero tengo 23 años y espero que vengan muchas más: sean felices o dolorosas, maravillosas o terribles, las experiencias más variadas y opuestas encuentran su sentido en la ficción. Ahora estoy leyendo Travesuras de la niña mala, la última novela de Mario Vargas Llosa, y estoy seguro de que sin una vasta experiencia vital, pero sobre todo, sin un minucioso oficio de testigo, tanto de la época como de sí mismo, Vargas Llosa hubiese sido incapaz de escribir esta magnífica, abarcadora novela, que es un reflejo de varios momentos históricos, políticos y culturales. La experiencia en sí misma es solo materia prima. Y, naturalmente, conocer la tradición es útil antes de sentarse a novelar la experiencia, pero también durante el proceso de creación. Antes, porque le presta al testigo una máquina de mirar, pero sobre todo de entender; y también durante, porque conocer las grandes historias contadas por otros es indispensable para contar tu propia historia.

¿Siempre has tenido la tendencia de escribir en esta tan mentada parcela de lo metaliterario? En tus propias palabras, ¿qué es lo metaliterario?

Hace poco participé en un conversatorio en el que se mencionó la vieja oposición entre literatura realista y literatura fantástica, que parece ser uno de los moldes de esa otra discusión. Enrique Planas, que también estaba ahí, hizo una valiosa revisión de ciertas ideas preconcebidas, como por ejemplo, la que señala la ausencia de novelas de amor y de textos intimistas en nuestra tradición supuestamente realista, social y política. Por supuesto, no es verdad que los peruanos no hayamos escrito grandes historias de amor: los cuentos de Loayza lo son, por ejemplo. Con esto quiero decir que, a veces, términos como “realismo” y “metaliteratura” parecen ser sólidos y evidentes por sí mismos, pero en realidad están construidos a partir de la ignorancia y la ceguera. Creo que, actualmente, lo metaliterario se ha convertido en un concepto vacío que la gente usa sin pensárselo mucho, con el único propósito de oponerlo al otro concepto, hecho de nada, de vitalismo, o literatura vitalista, para así armar una pareja de opuestos sin significado que se parezca mucho a una visión compleja e informada de la narrativa peruana actual. Como si hubiera dos vertientes puras en pugna, en conflicto, cosa que es falsa: ¿por qué asumir esta visión belicista? Yo sospecho que estas discusiones inútiles sobre lo metaliterario y lo vitalista, estas confrontaciones que se parecen demasiado a la oposición dictadura vs. democracia que está orientando la actual campaña electoral, no ayudan en nada a entender y describir los libros que se están publicando últimamente, que son muy distintos entre sí. Además, muchos de los escritores que han publicado recientemente están, apenas, calentando motores, así que resulta injusto y torpe querer encasillarlos dentro de un género inexistente cuando todavía no han llegado al centro de sus propias obras. Finalmente, repetiré un lugar común: para un lector informado toda la literatura es metaliteraria, sea implícita o explícitamente. Así como no es necesario mencionar nombres de autores y títulos de libros en una novela para ser metaliterario, hacerlo tampoco es suficiente. Ahora, yo creo que los cuentos y novelas que no son metaliterarios, es decir, que no remiten de alguna forma, implícita o explícita, directa o indirecta, visible o invisible, a una tradición, sea cual sea, son obra de un genio sobrehumano, o bien de alguien que no tiene la menor idea de qué cosa es la literatura. Lejos de los reflejos involuntarios, la mejor metaliteratura tendría que ser la que ha sido pensada de antemano, planificada para producir ciertas resonancias: la de Borges, por ejemplo.

Si en el 2004 fuiste la revelación literaria, en 2005 la prestigiosa editorial Peisa publicó Hotel Europa. A diferencia de tu primer libro noto en este último una preferencia tajante por la historia. Tengo la impresión de que este es el libro que quisiste escribir, como si en este te sintieras más narrador, más seguro del argumento, cosa muy distinta a Casa... en el que noto más una experimentación ligada a lo que se está haciendo con la novela últimamente. ¿Hotel Europa marca un viraje temático en tu narrativa?

En “Hotel Europa”, yo diría que lo central es el diseño de los personajes. Sus transformaciones muchas veces no buscadas y sus reacciones ante el cambio. Para decir una generalidad, me interesan mucho las fábulas sobre la identidad, las historias de transformación que muestran el lado frágil del individuo frente a la maquinaria de la autoridad. ¿Es posible escapar, y cómo escapa cada quien? Si comparamos Casa de Islandia y Hotel Europa, te puedo decir que mi intención fue escribir dos libros muy parecidos, a pesar de que formalmente puedan tener diferencias evidentes. Entiendo que consideres que Casa de Islandia es un híbrido, porque contiene fragmentos de un diario, cuentos, cartas y otros textos. Sin embargo, para mí siempre ha sido la autobiografía de un artista adolescente que, a trancas y barrancas, a través de la torpeza, la ingenuidad, la terquedad y la osadía, logra su objetivo: vencer la paranoia, derrotar a las voces – muchas de ellas, interiores – que le negaban la oportunidad de convertirse en escritor, su sueño más profundo. A fin de cuentas, es un libro muy optimista, casi un canto de victoria y de alegría, y creo que por eso tuvo tanta acogida, sobre todo entre los lectores muy jóvenes: por la fe que transmite, tanto en la literatura como en la vida. Por otro lado, Hotel Europa representa la inversión exacta de la primera historia. Esta novela también es el retrato de un artista adolescente – un poco mayor que el protagonista de Casa de Islandia – pero que, a diferencia de Pierre Menard, fracasa a priori, porque ni siquiera tiene una ambición artística genuina. La literatura, para él, es una búsqueda obsesiva de reconocimiento y aceptación – el lado perverso de la afirmación de Bryce, “yo escribo para que me quieran” – que se parece mucho a la necesidad de Allison Richter por ser deseada, comprada, tomada, a pesar de que ello implique renunciar a su identidad, vender unas convicciones que alguna vez pudo haber tenido. Hotel Europa es mucho más oscura y desencantada que “Casa de Islandia”, quizá porque ahora conozco mejor las debilidades y las vilezas de los escritores de carne y hueso (antes era sólo un lector emocionado, como dijo alguna vez de sí mismo el profesor Ricardo González Vigil). Creo que hay una gran afinidad entre Allison y Ludo Tótem, el protagonista de Los geniecillos dominicales. Porque así como Allison confunde la literatura con el poder que da el éxito, Ludo piensa que la bohemia del arte es una manera de llevar nuevamente esa vida ociosa y privilegiada de una aristocracia a la que ya no pertenece. Ahora, a pesar de toda esta perorata moralista, tengo que confesar que en mi opinión Allison sí tiene algunas virtudes atractivas: su imaginación, su gusto por improvisar soluciones creativas, su pasión por contar historias que cautiven a los hombres de San Andrés. En última instancia, no es un personaje completamente detestable.

En Hotel... noto una predilección muy tajante por lo raro, por lo freak, claro, esto muy bien engarzado por los epígrafes de Joseph Roth y Mario Bellatin. Sin embargo, algo ocurre con esta historia que va más allá del burdel del que hablas y de los personajes sui generis, y esto se debe a que también se le ha dado una lectura peculiar sobre una etapa realmente incómoda para los peruanos, me refiero a Sendero Luminoso, en relación a este grupo que se hace llamar Los Románticos. ¿Tuviste que documentarte sobre nuestra historia política reciente para esta visión que plasmas en tu novela?

No me documenté, porque jamás tuve la intención de escribir una alegoría sobre la época de violencia que sufrimos los peruanos en manos de los grupos terroristas y de los militares que los combatieron. La violencia en sí misma no es un paralelo suficientemente bueno. Leí una reseña que deslizaba esta interpretación, y aunque me pareció interesante, lo cierto es que la lectura alegórica no formaba parte de mis intereses cuando escribí Hotel Europa. De hecho, una lectura como esa tendría que vencer un gran obstáculo: el hecho evidente de que, en esta novela, los militares no son militares como los tuvimos aquí en los 80 y 90. Tampoco los románticos son realmente terroristas. Se trata de grupos armados, ciertamente, pero que actúan como fuerzas de choque privadas para respaldar los intereses económicos particulares de distintos personajes, como la misma Allison Richter y el Padre de San Andrés. Estos mafiosos, que son líderes carismáticos que emplean el poder de la palabra y de la imagen para subyugar a las mayorías, tienen una ética individualista, hedonista, esteticista y criminal que se parece mucho más a la ética del goce que dominó la vida política de los 90, encarnada en la figura de Montesinos. Así, vengo descubriendo que el género en el cual mi novela se inscribe – la novela utópica de erotismo y sumisión, por bautizarlo sin mucho rigor y con bastante ironía – ha resultado ser un modelo excelente para representar los efectos de una dictadura, como se puede comprobar por la publicación de otros textos como La evasión, una novela de Christopher van Ginhoven, un autor peruano joven. Para nosotros el gran modelo en esto es, me parece, Piglia, por ejemplo a partir de La ciudad ausente. Con esta comparación entre ficción y realidad no he querido sugerir que Hotel Europa sea una alegoría de esos años, de la criminalización de las fueras armadas, de la prensa, de los grupos empresariales y hasta de la farándula. Podría ser, tal vez, una criminalización ficcional de la literatura. Mi experiencia como ciudadano en un contexto dictatorial repudiable, pero también muy rico literariamente hablando porque se llegó a romper el principio de realidad (si es que alguna vez existió en política), fue uno más de los ingredientes que utilicé para diseñar el carácter de unos personajes que parecen existir para mentir y traicionar, y para darle densidad a la atmósfera descontextualizada de mi historia. Para mí, después de todo, lo que cuenta es la ficción. No creo, y en esto soy vargasllosiano, que la ficción mantenga relaciones directas y visibles con la realidad.

¿Cuánto te ayudaron las influencias de Mario Vargas Llosa (La casa verde) y Mario Bellatin (Poeta ciego)?

Cada vez que Vargas Llosa publica un nuevo libro, me veo obligado a devorarlo tan pronto como pueda, postergando cualquier otra lectura que tenga entre manos. Conocer su obra ha sido una de las experiencias centrales de mi vida como lector. Empecé a leer sus libros en el colegio, y creo que entre tercero y quinto de media leí casi todas las novelas que había publicado hasta ese momento (la lectura de sus ensayos tendría que esperar hasta la universidad). Entonces, todavía en el colegio, escribí muchos artículos breves, ingenuos y mal redactados, sobre La ciudad y los perros, Historia de Mayta y La tía Julia y el escribidor, que nacían de la más absoluta admiración, del reconocimiento de un talento superior para contar historias que me golpeaba como una revelación. Esa admiración se mantuvo intacta, y más adelante, cuando quise ser escritor, comencé a incorporar conscientemente algunos elementos cruciales de la ética y la poética de Vargas Llosa en mi nueva identidad: por ejemplo, el rigor creativo, la pasión por el diseño de argumentos y estructuras, la necesidad de ser un testigo atento de lo que pasaba a mi alrededor. Creo que Vargas Llosa ha sido una influencia importantísima en los primeros años de mi formación. La lectura de Mario Bellatin, pero también de Iván Thays, vino después, ya en la universidad, gracias a las clases de Ricardo Sumalavia, un profesor muy enterado de la actualidad literaria de entonces. De Bellatin me interesó la aparente neutralidad del estilo para representar espacios urbanos vacíos y misteriosos, pero sobre todo el hecho de que podría considerársele un escritor kafkiano, y eso para mí es un mérito en sí mismo. En Thays descubrí la flexibilidad de la temática amorosa para abordar indirectamente asuntos como el arte, la identidad y el pasado. Entonces empezó mi fascinación por la capacidad del lenguaje para crear mundos autónomos y alternativos, habitados por seres extraños, solitarios y a veces perversos, que continuó con el descubrimiento de otros autores como Borges, a quien primero conocí como a un gran estilista y creador de fantasías, para luego descubrir que lo fantástico en Borges es tal vez poco interesante en comparación con otros méritos enormes de una obra complejísima, inagotable. Esa visión de la literatura como una búsqueda de otras realidades, que está en Bellatin y en Thays, es muy vargasllosiana y, a través de nuestro mayor narrador (cuya obra es para mí y para muchos en mi generación una puerta de entrada a la novela del XIX), también flaubertiana y por último bovarista.

¿ Referentes como la pintura, el cine y la música han sumado en darle esta característica de irrealidad a este segundo libro?

Esos referentes no literarios aparecen por distintas razones. En Hotel Europa, Allison Richter está siempre acompañada por un perrito blanco, que es su mascota. Este animal se llama Rothko, como el pintor. Más allá de ser una vaga alusión a “La dama del perrito”, uno de los cuentos que más me gustan, la presencia de este perrito con un nombre tan especial – que además pinta cuadros con las patas –, en realidad es un fósil de una etapa primitiva, que dejé ahí por nostalgia o por un afán lúdico de sembrar pistas falsas. En esa etapa primitiva, la novela incluía imágenes de pinturas, como Austerlitz de Sebald o como Jacobo el mutante de Bellatin. Otro grupo de referentes corresponde al cine. Por ejemplo, Allison Richter aparece como una vieja diva que cautiva a los hombres con su glamour, al estilo de Greta Garbo en Grand Hotel, o de Frances Farmer en un libro de Thays al que le tengo mucho cariño. Pese a todo, creo que en Allison Richter predomina lo literario. Es prepotente, y además padece un exceso desagradable de cultura literaria, ya que siempre tiene el título de una novela en la punta de la lengua. Hay otro personaje que se hace llamar Apocalipsis y que se define, específicamente, por sus referentes cinematográficos. Es un fanático de las películas de guerra norteamericanas y de la pornografía, dos matrices que configuran su identidad. Estas películas, las historias que narran y los personajes que presentan, le han creado a Apocalipsis una ética perversa, una manera de interpretar las relaciones humanas que es violenta, egoísta, jerarquizada y cínica. A tal extremo, que este personaje se comunica con el mundo a través de la violencia sexual y la violencia escrita, exclusivamente. En conclusión, su drama personal, y el de todos los personajes de esta novela, es la imposibilidad de trascender estos filtros limitantes, estos puntos de vista cerrados y dolorosos, que terminan aislándolos y destruyéndolos. Apocalipsis ve a los demás personajes como marionetas, como seres sin alma ni voluntad que solo existen para satisfacer los deseos del poder, los caprichos de quien los observa, define y manipula. En los últimos capítulos, la situación se revierte cuando descubre que él también es un esbirro descartable, y esto no puede soportarlo.

Cambiemos de tema. ¿Cómo es tu metodología de trabajo?

Soy más indisciplinado de lo que me gustaría, pero trato de darle dinamismo a mi ociosidad natural imponiéndome una rutina de trabajo que sólo cumplo a medias. Ahora, prefiero escribir la primera versión a mano, pero Hotel Europa salió enteramente de Word. Casa de Islandia fue escrita a lo largo de dos años. Hubo una primera etapa de dispersión, de escritura atolondrada y caótica sin mayor conciencia de unidad, que fue complementada después por un trabajo más racional y centrado, orientado para la publicación. Algo de esa primera etapa oscura, más bien romántica, ha quedado en el libro: una cuota de ingenuidad que puede ser confundida con pureza. En el caso de Hotel Europa, es curioso, el proceso fue muy parecido. Hubo un primer núcleo, un relato extenso llamado El duende (título sin mayor resonancia, que tiene un eco en la aparición de un ser misterioso que se le presenta a Allison Richter). En ese relato, que superaba las cincuenta páginas, ya estaba esbozada la voz de Allison, pero los otros personajes, Salvador, Duval, Maité, aún no existían. A partir de este primer núcleo creció la novela. Aparecieron los nuevos personajes, trayendo sus historias y conflictos. Para diseñar el argumento fui más bien intuitivo: no hubo una planificación milimétrica, con escaletas y todo eso, sólo algunos esbozos mentales de episodios que me entusiasmaban y que luego tuve que ajustar dentro de la narración. Para mí, esta es una parte muy divertida: imaginar las cosas que van a pasar, pese a que, en el caso de Hotel Europa, el verdadero esfuerzo está puesto en crear una atmósfera y no en contar una historia. La creación de historias es otra cosa fascinante en la que seguramente trabajaré más de aquí en adelante. La novela adquirió mayor complejidad simbólica y estructural posteriormente. Toda la reflexión en torno a la identidad forma parte de la segunda etapa de escritura.

Me es difícil no preguntarte sobre los nuevos narradores peruanos. ¿Cómo ves esta eclosión de la que tú también eres parte?

Con mucha esperanza y solidaridad. Me siento cerca de todos ellos: somos amigos, hemos leído los mismos libros, vivimos en la misma ciudad y enfrentamos problemas parecidos. Nadie sabe hasta dónde llegará cada uno de ellos, porque yo sé que todavía no han escrito sus mejores libros. Pero algún día lo harán y entonces yo también me sentiré un poco orgulloso. Sospecho que el mayor riesgo para ellos es caer en la misma trampa en la que cayó Allison Richter: ofrecer a los lectores lo que esperan y necesitan, darle al mercado las novelas que el mismo mercado fomenta y reproduce, sin elevarse por encima de unas expectativas que muchas veces son limitadas. Ojalá que ninguno de estos nuevos escritores renuncie a sus ambiciones realmente literarias.

Cuéntanos de los que libros que estás leyendo últimamente.

Quisiera poder leer y releer muchos cuentos, pero por cuestiones de trabajo esto es imposible en el corto plazo: cuentos de Chéjov, de Saki, de Cheever, de Carver, pero también de Ribeyro, Bryce y Loayza. Me interesa mucho el género breve. Ahora, por cosas del azar, me ha tocado leer Huerto cerrado, La felicidad ja ja, Magdalena peruana y Guía triste de París, en ese orden, y estoy más convencido que nunca de que en el corazón de la obra de todo gran escritor hay unos cuantos prismas que hacen todo el trabajo de refracción: la infancia, la soledad, el exilio y la memoria van esbozándose, combinándose y complejizándose en una escalada de consecuencias impresionantes. También he empezado Travesuras de la niña mala, que es magnífica, y hace poco terminé La carne de René de Virgilio Piñera, una novela que combina el erotismo y la sumisión hasta volverlos indiferenciables. Los cuentos de Piñera también son fabulosos, tienen un humor negro que me recuerda a Saki. En cuanto a Saki, hace poco releí El cuentista, que presenta una poética válida para los cuentos infantiles y también para los cuentos de adultos. Trato de mantenerme al día con las novedades peruanas, pero es muy difícil, hay muchísimas. El trabajo te obliga a leer otros textos, y así se acaba el día.

Entrevistas, entrevistas, al rescate de ellas

Bueno, no pensaba hacer este post, pero a veces el mundo virtual te juega algunas pasadas. Como bien se sabe, también realizo entrevistas a escritores, en el caso de las hechas a los peruanos, la mayoría de estas eran (son) publicadas en el mejor portal literario de Latinoamérica, Proyecto Patrimonio de Chile o http://www.letras.s5.com/, administrado por el siempre activo y generoso Luis Martínez Solorza.
De un tiempo a esta parte, he visto que hay problemas técnicos en dicho portal, por ejemplo: no puedo entrar a los enlaces de las entrevista que hice; y lo mismo ocurre con otras publicaciones. Esto se deba, posiblemente, a la nueva configuración del portal.
Desde aquí mi deseo para que se solucione ese problema ya que un sitio como PP (o http://www.letras.s5.com/) se hace necesario hoy más que nunca.
Emtonces, y siendo egoísta, para no perder esas entrevistas, iré subiendo, de a pocos, las que en su momento hice. Son cerca de treinta. Será duro pero también un gran placer.
Actualización - Lunes 20: Al parecer el problema ya se solucionó. Enhorabuena.

Thursday, October 16, 2008

TOKYO BLUES, de Haruki Murakami

Mundialmente conocida como NORWEGIAN WOOD, cuya versión en castellano obedece al título de TOKYO BLUES, Haruki Murakami (Kyoto, 1949) no ha hecho otra cosa que sembrar elogios con esta novela que literalmente lo tiene todo. Esto, entre otras cosas, nos revela la contundencia que siempre ha tenido la literatura japonesa, al menos entre las traducciones que llegan a nosotros.

TB es una novela en la que no percibimos un gran argumento, a simple vista podría tratarse de una suerte de reflexiones que divagan a lo largo de las más de trescientas páginas. Sin embargo, esta tiene algo que ya desearían tener muchísimas novelas: sensibilidad. Así de simple.

Tenemos a Toru Watanabe, quien llegando en avión a Alemania escucha en el desembarco la mítica canción de The Beatles “Norwegian Wood”. Basta ese detalle para que él, a sus treinta y siete años, se vea envuelto tal cual presa de sus años juveniles cuando era estudiante de Literatura en Tokio, en los turbulentos y apasionados años sesenta. Como en toda época estudiantil, pues es inevitable que esa canción de los disidentes de Liverpool le recuerde a la mujer que terminó marcando su vida. Es así que tenemos a Naoko, una mujer con una inherente inclinación por el más sórdido de los espíritus fanáticos, quien fue novia de Kisuki, el mejor amigo de Watanabe, y quien terminaría suicidándose. Entonces entre Naoko y Watanabe se forja la dependencia mutua de dos personas que siempre se gustaron, pero que ante el temor de herir al tercero, no se decían nada. Sin embargo, en la vida del joven Watanable también confluyen otras mujeres, como la estudiante Midori y la experimentada, y no menos atormentada, Keiro.

Suena a cuarteto amoroso, sí, pero TB es muchísimo más que destilación sentimental y flujos hormonales. A su manera, peculiar y honesta, Watanabe quiere a estas mujeres, y pese a estar enrollado con ellas, jamás deja de pensar en Naoko, quien ya no pudiendo sobrellevar su apego al vacío, sigue los pasos de su primer novio mientras se encuentra en un centro de rehabilitación, lo que configura la deuda del narrador-protagonista en un recuento muy alejado de la anécdota atrabiliaria, porque a medida que este recuerda, nos ofrece un fresco no muy conocido de la sociedad japonesa de esos años, tan lejos de la propaganda conservadora que, a excepción de los últimos tres lustros, siempre se ha proyectado de Japón, lo cual nos patentiza que siempre ha sido un país cuya cultura estaba inmersa en un franco proceso de occidentalización.

Por tratarse de una novela anclada en la tradición literaria oriental, se podría pensar que se nutre de ella. No es así. TB es una fiel y buena deudora de la novela de aprendizaje alemana y de las novelas de la decadencia espiritual norteamericana, en especial en la línea de F. Scott Fitzgerald. Y sumemos también las referencias de la cultura de masas, como bien podrá colegirse en el título con el cual se la conoce en el mundo entero.

TB pertenece a rubro de libros que muchos ansiamos leer. Es de los que están llamadas a quedar, no importa si uno llega con retraso a él, como tampoco importa que haya sido editado en castellano en el 2005 (salió a la luz en 1987), sencillamente tiene el poder no solo de reconciliarte con la vida, sino que afianza en el lector lo que ante todo debe importar: saber mirar y escuchar, “detalles” estos que nos ayudan a valorar más nuestras vidas.

Editorial: Tusquets.
Nota: esta reseña apareció el 16 de octubre en Siglo XXI

Tuesday, October 14, 2008

Una entrevista caleta


Hace varios meses, caminando por las afueras de la universidad San Marcos, me encontré con una revista hecha por los alumnos del integrado de Letras de dicha universidad. Compré la revista porque en ella apareció una entrevista que me hizo Lourdes Goldez a mediados del 2007.

A los días la revista se me pierde, fue un fin de semana que visité a mi abuela. Volví a buscar la revista para comprarla otra vez y no la encontré.

Pues bien, en las últimas horas estuve borrando algunos mails de mi cuenta de Hotmail y me topé con el archivo sin editar que Lourdes me había mandado días después de hacerme la entrevista en el Centro Cultural de España.

El día de la entrevista, tanto Lourdes como yo estábamos, literalmente, borrachos. Y la posteo tal cual, en parte para no que no se pierda la esencia de la misma y porque, francamente, tengo mucha flojera para editarla.

Aquí va:

Entrevista a Gabriel Ruiz-Ortega

¿Tienes algún vicio en especial?

Bueno, siempre han sido los cigarros pero vicios así como tomar alcohol…no, no soy mucho de alcohol, aunque digamos que cada 15 días tengo vicios normales como meterme un troncho pero nada que me tenga en la condición de adicto, para nada. Eso sí, mi vicio supremo desde hace ya muchísimos años es el cigarro. Eso no lo puedo negar.

¿Cómo vez el circuito literario de Lima? Me refiero a sus autores.

Yo lo veo, digamos…en una época de eclosión tanto por el lado de los narradores que están apareciendo muy interesantes, también poetas jóvenes con una propuesta muy sólida, caracterizada por la búsqueda de una voz propia que rompe con los esquemas, estereotipos de la década pasada. Esto también se hace más patente en la narrativa. En ese lado lo veo muy bien, sobre todo que la narrativa en estos años, para la cultura en el Perú, está dando los mejores lauros al Perú como tal, no solo desde el punto de vista cultural sino como nación. Yo creo que la presencia o los galardones que han obtenido por ejemplo Alonso Cueto o Santiago Roncagliolo no son nada gratuito o también la creciente atención que se tiene por la obra de Daniel Alarcón, esto me parece muy estimable. Por ese lado lo veo muy bien. Sin embargo, en el ambiente cultural limeño siempre ha adolecido del compadrazgo y lo que veo como un gran peligro sobre esto es que al menos antes el compadrazgo permitía elevar a un autor bajo la vara o el amiguismo que hay pero al menos el autor era bueno. En cambio ahora se endiosa a cada ignorante que tiene como mérito literario el haber tomado con algunos poetas referenciales de Quilca o de otro lugar. Esto no se nota tanto en la narrativa sino en la poesía. Aquí sí los compadrazgos están claramente tipificados. Pero tampoco me hago algún problema con esto porque los compadrazgos siempre han existido, no solo aquí en el Perú sino en todo ambiente literario. Tienes que tener en cuenta que en la literatura a diferencia de otras artes, profesiones u oficios, tiene un componente esencial que es que cualquiera no puede ser un escritor, un poeta, un narrador. Detrás de la mente de un escritor hay indudablemente un gran pensamiento, una opción ideológica sustentada en un razonamiento. A todo esto adiciónale ego, entonces es el ego el que termina por decidir muchas cosas. Y es por los mismos egos que nacen estas habladurías que siempre hay.

¿Cómo fue tu paso por la universidad?

Yo estuve en San Marcos, estuve en la Ricardo Palma…estuve unos dos años estudiando traducción: No me gustó. Estuve en la Villareal un año, estudiando comunicaciones, tampoco me gustó. No he terminado ninguna carrera y tampoco sé si puedo considerarme un autodidacta porque pese a no haber pasado por universidad siempre mi contacto con la literatura, con el pensamiento siempre ha sido de una manera muy permanente. Bueno, además, nunca he pensado que una universidad haga a un escritor, indudablemente te da ciertos parámetros teóricos para ciertas profesiones específicas pero no creo que limite la formación de un creador en todos los aspectos.

¿Quién es Gabriel Ruiz-Ortega?

Pregunta difícil jajaja. No, mira…te digo esto, me podría definir como una persona que trata de hacer las cosas con la mayor claridad posible. Trato de decir lo que pienso sin ofender a nadie aunque esto último no me ha pasado en estos últimos años. Por desgracia, siempre que una opinión por más lacerante que sea y por más cierta que sea, siempre va a terminar chocando a alguien. Sin embargo, yo te puedo decir lo siguiente, me considero solamente un escritor que tiene unos cuantos vicios, a quien le gusta mucho, pero mucho la música, vivo lo que tengo que vivir, tengo las experiencias que tengo que tener. Sobre todas las cosas creo que Gabriel Ruiz-Ortega es un lector que escribe, ese es Gabriel Ruiz-Ortega.

¿Cómo te iniciaste en la literatura?

Mi contacto con la literatura siempre ha sido permanente. Prácticamente desde casa, en mi casa siempre tuve la suerte de tener buenos libros a la mano. Sobre todo nunca tuve la restricción de los padres que dicen: Tienes que leer este libro o no. Digamos que de ese lado siempre he tenido mucho apoyo, en especial mi padre porque siempre ha estado animándome en todo esto, lo que es dedicarse a la literatura. Más o menos desde adolescente quería dedicarme a la literatura pero también era conciente que de literatura no podía vivir en este país. Pero más allá de todas las cosas llegué a la literatura a través de la lectura, netamente por eso. Yo desde adolescente leía bastante pero empecé a escribir de una manera más concienzuda a partir de los 19 años. Ya más o menos tratando de cumplir un horario de escritura. A tal grado que me gano la vida escribiendo, escribo lo que me gusta y creo que llego a todo eso a través del acervo literario que me he ganado en estos años.

Por lo visto en tu blog, la música juega un papel importante en tu vida, ¿también lo juega importante en lo que es tu proceso creativo?

Ehmm, por ejemplo, mi blog se titula La fortaleza de la soledad, lo saqué del título de una novela, para mí es la mejor novela que he leído en estos 10 últimos años, es de un newyorkino llamado Jonathan Lethem. Me gustó tanto esa novela porque se mueven tanto los crisoles literarios de la literatura de masas, tanto como el cine B, cine que no tiene ningún rango estético como lo que se puede denominar cine autor. También contiene muchas referencias musicales, sobre todo a un disco que me gusta mucho que es Quadrophenia de The Who. Ahora, todo esto lo contiene La fortaleza de la soledad y por eso decidí postear mi blog bajo ese nombre. En un principio empecé mi blog posteando las reseñas que escribo para el diario Siglo XXI de España. También posteaba las entrevistas que hacía para este medio. Pero llegó un momento en el que me dije que usar un blog solo para poner reseñas y entrevistas me parecía algo muy bajo…no, muy bajo no sino me pareció limitar las posibilidades infinitas que te da el blog. Entonces, ahí empecé a enfocar La fortaleza de la soledad hacia un blog de opinión más que nada, en la cual opino lo que me interesa. Si te das cuenta la música juega un papel importante para hacer el blog más dinámico, le da más frescura. Eso sí, la música que enlaza La Fortaleza de la soledad con La caverna, ahí impera el criterio más ecléctico que pueda haber.

Yo todo el día, desde que me levanto hasta que me acuesto escucho bastante rock, punk, rock progresivo. De grupos…Sex pistols, Pink Floyd y siempre The Who. Sin embargo, algo curioso pasa con la música, al momento de escribir. Para escribir ficción prescindo del pop, del rock, de todo eso y pongo las Variaciones Goldberg de Glenn Gould. La versión que hace Gould es de las Variaciones Goldberg de Bach. Para mí las Variaciones Goldberg son claves, vitales. Yo no logro escribir nada si no escucho las Variaciones Goldberg.

¿Cómo fue que decidiste escribir una obra como La cacería? Y cómo te marcó esa época de confusión nacional.

Yo llegué a La cacería porque yo leo de todo para empezar, pero siempre he sentido una fascinación muy grande por las novelas inscritas en la tradición del best seller. Yo siempre he disfrutado con novelas de John le Carré, Stephen King, Arturo Pérez Reverte, y digamos que lo que a mí me interesaba no era hacer un alarde de la poética de la palabra al escribir. Lo que me interesaba era contar una historia atrayente como para tener al lector enganchado de la primera a la última página. Entonces, La cacería, en mi opinión, es un granito de arena que simboliza un tipo de retribución hacia los best sellers. Ojo, me refiero a los buenos best sellers, yo no jamás voy a ser lector de Dan Brown, Isabel Allende, Paulo Coehlo o algún otro innombrable. Entonces, prácticamente es eso, La cacería es inscrita en la tradición del best seller. Me olvidaba, un autor fundamental del best seller y que siempre he leído es Manuel Vásquez Montalbán. Creo que si no lo hubiera leído jamás de los jamases hubiese escrito La cacería.

Y cómo llegué al tema...indudablemente viví mi adolescencia y mis primeros años de juventud más hormonal en la época de Fujimori y Montesinos. Ver el grado de idiotez en el cual había caído la gente al apoyar un gobierno que estaba de cabeza, que no respetaba los derechos humanos y que la gente estuviera callada me parecía asqueroso. Yo durante muchos años pensé que estábamos en un país de bestias, para serte sincero. Y yo siempre fui una persona que renegó abiertamente del fujimorismo, tanto en su época de gloria que vendría a ser del 90 al 95 como su época de patente decadencia de 95 al 2000. Desde que vi el autogolpe de estado en el 92, me dije: Aquí estamos ante un pendejo que quiere hacer lo que le dé la gana. Por más que el país estuviera de cabeza, ejercer ese tipo de solución indudablemente no era para nada dable. Sin embargo, me sorprendió que hubiera gente que apoyara una medida tan descabellada como esa, lo cual demuestra la poca cultura política que tenemos los peruanos. A mí siempre me llegó todo lo que hacía el gobierno y paradójicamente cuando estaba en busca de un libro, un tema para escribir una novela, tengo yo la suerte que un escritor al que estimo mucho como Alonso Cueto publica Grandes miradas, que también retrata los últimos meses del fujimorismo. Recuerdo que cuando leí esa novela me gustó tanto porque por un lado es una buena novela por otro porque marca un cambio en la narrativa de Cueto y sobre todo decir: Caramba, sí se puede ficcionalizar el fujimorismo. Sobre todo mi obra nace a través de la desazón que me dejó el gobierno de Fujimori, nace a través de mi interés de querer hacer una novela inscrita en la tradición del best seller y sobre todo nace porque, como bien lo he dicho en la presentación, La cacería es una hija malcriada de Grandes miradas de Cueto. Tanto Cueto, Fujimori y toda esta podredumbre moral fueron los que me lanzaron a escribir La cacería.

¿Por qué elegiste un periodista como personaje principal para La cacería? Porque en cierta medida tú también lo eres.

Mira, es indudable que elegir al periodista fue más que nada por contar con un punto de vista de un narrador personaje que contara la historia. No me fue tan difícil elegirlo, simplemente me dije, acá tengo un narrador personaje que lo puede hacer. Fue más que nada una estrategia. Necesitaba yo un narrador personaje. Aunque prácticamente hay dos narradores personajes, está por un lado Óscar Gómez el periodista de Caretas, que al final va dejando la escritura de La cacería para que el personaje llamado Gabriel entre a completar la novela.

¿Por qué sentiste la necesidad de hacer una antología como Disidentes?

La idea no fue mía, fue de Harold Alva, el editor de Zignos. Conversando por Messenger me propuso realizar esta antología y que yo formara los parámetros de la misma. El criterio que utilicé fue que muchos de estos narradores que han aparecido a partir del 2000 en adelante, los cuales son muy talentosos, pero que exhiben una rasgo en común, creo yo, que es el quiebre tanto estructural como temático con lo que se escribió en narrativa joven en la década del 90. Es por eso que yo digo, voy a escoger solo los escritores que ofrecen este quiebre con la década pasada. Entonces, no me fue difícil ya saber con quiénes iba a contar. Porque además, los escritores que ofrecen en patente ese quiebre, no le deben absolutamente nada de nada a lo escrito en narrativa joven en la década pasada. Ojo, yo no te digo que los escritores jóvenes aparecidos en la década del 90 sean malos, la gran mayoría son malos, pero de esos escritores sí tengo que nombrar a algunos cuantos como Iván Thays, Ricardo Sumalavia, Óscar Malca, Patricia de Souza, hasta el mismo Jaime Bayly, Mario Bellatín y Enrique Prochaska. Ellos fueron los únicos sobrevivientes para mí. Lo que más me gustó de la experiencia fue que yo pensé que iba a ser difícil hacer la selección, encontrar el parámetro pero no, más bien lo difícil fue elegir porque hay escritores muy buenos que tuvieron que estar fuera de la antología. También me deja satisfecho que de ningún lado escuché un pero. Yo tuve muy buena acogida y entusiasmo por el proyecto tanto de escritores como Roncagliolo, Daniel Alarcón, Carlos Yushimito, Antonio Moretti, Daniel Soria, Marco García Falcón y me gustaría nombrar a todos pero no me acuerdo, son 20 en total.

Ocurre también que Disidentes se la entregué a Harold Alva en diciembre del año pasado pero por motivos de la editorial de Harold, Zignos, Disidentes no sale en Zignos. Como la antología es buena, eso fue lo que llamó la atención a los editores de Revuelta, me ofrecieron la posibilidad de editar Disidentes.

Fue una grata experiencia hacerla. Como te digo yo esperaba un pero, y sabes cuál era el pero, por lo general las antologías la hacen personas mayores, con un recorrido literario importante, gente que tenga 35, 40 o hasta más. En cambio, yo soy un escritor que tiene 29 años y que hayan confiado una antología a mi edad, me deja bastante satisfecho, creo por lo menos que algún tipo de consideración debo tener de los 20 escritores seleccionados porque todos se portaron A1, todos. Y yo no dejo de estar agradecido, además creo que elegí bien entre los 20 que están.

¿Por qué elegiste por título Disidentes para esta antología? ¿Te sientes como un disidente en la literatura algunas veces?

Yo creo que todo aquel que se dedica a la literatura es un disidente. Yo cogí el término disidente para ajustarlo a un tipo de concepto más existencial. Desde el mismo momento en que una persona decide dedicarse a la literatura es de por sí un disidente, porque en una sociedad como la peruana en especial, que ofrece todos los medios para que no te dediques a la literatura. En cambio, si hay una persona que a pesar de esto decide sacarle la lengua a la realidad para dedicarse a literatura u otras artes, es de por sí un disidente.

Además, el nombre de por sí suena bien. Pero no sé cómo se me vino disidentes. Prácticamente sí fue un problema elegir el nombre, te soy sincero. Yo estaba buscando un nombre para la antología que tenga la menor cantidad de palabras posibles. No sé cómo se me vino, creo que el día que lo elegí debo haberme metido algo de marihuana. Sí, fue por gracias a la marihuana, no puedo negar eso. Fue como una iluminación.

¿Qué es para ti la antología misma?

Me permitió trabajar en algo que en lo personal nunca pensé trabajar. Yo escribo reseñas para Siglo XXI, hago crónicas para una revista, escribo mis proyectos personales. Ahora, el hacer Disidentes indudablemente exigió de mí un nivel de profundidad crítica, argumentativa, digamos más académica. No me hice problemas en ese lado. Decidí explorar la antología bajo la óptica de un escritor y no la de un académico, porque yo creo que la óptica de un escritor para cualquier lector siempre va a ser mucho más rica que la de un académico. Por lo general cuando lees una antología hecha por un académico no lees el prólogo, lo saltean, y yo quería que me leyeran. Y bajo ese criterio fue que enfoque el trabajo de la antología bajo mi óptica de escritor. El prólogo es más subjetivo de lo que creo, de lo que he visto. Ojo, tampoco te estoy diciendo que los críticos sean aburridos, nada de eso. En el Perú hay muy buenos críticos literarios como Gustavo Faverón. Pero yo necesitaba hacer una antología que sea un poco irreverente y yo creo que esa irreverencia viene a raíz del prólogo. Ya te darás cuenta cuando la leas.

Imagen, este blogger.

Monday, October 06, 2008

RADIO CIUDAD PERDIDA, de Daniel Alarcón

Daniel Alarcón (Lima, Perú, 1977) nos entregó su segunda publicación, la novela RADIO CIUDAD PERDIDA, escrita y publicada, previamente, bajo el sonoro y melódico LOST CITY RADIO.

(Antes de abordar la novela, algunas cuantas palabras sobre Alarcón. Él nació en Perú, en 1977; años previos a la catástrofe económica y violenta que tapizaría al país, sus padres, al igual que muchos con posibilidades, decidieron emigrar rumbo a Estados Unidos. En otras palabras, puede decirse con mucha tranquilidad que este escritor ha hecho suyo la tradición literaria y cultural del país de norte. Sin embargo, este aspecto no es ningún óbice para que las editoriales, la crítica académica y mediática lo consideren como escritor peruano, puesto que el tema que lo ha consagrado internacionalmente le debe absolutamente todo a la violencia política peruana de los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Más allá de estas clasificaciones paralelas que distraen involuntariamente, hay que aseverar que se trata del mejor escritor joven latinoamericano de hoy y con justicia uno de los mejores en lengua inglesa, tal y como lo ratificó la prestigiosa revista Granta a la hora de dar cuenta de los nuevos escritores más representativos.)

En esta novela se explora el tópico de la violencia política, vista desde un punto imparcial que nos impide ubicarla en un contexto próximo, puesto que por ese No-las acciones contadas podrían ocurrir en cualquier país de América del Sur. Y a diferencia de su primer libro de cuentos, GUERRA A LA LUZ DE LAS VELAS, el autor se sumerge en los daños paralelos que toda guerra interna deja en quienes la viven, tanto directa como indirectamente.

Norma es una conocida locutora radial que conduce un programa con el que se encarga de reunir a las personas separadas por la guerra desatada entre las fuerzas del orden y el grupo subversivo IL. Esta guerra ha dejado a la capital en ruinas, en especial luego de la batalla final librada en su zona este, la cual dio como vencedores a las fuerzas oficiales. Una ciudad cubierta de cenizas, en donde la gente camina con mucho trauma y desconfianza en el otro. Cierta noche se le anuncia a Norma la llegada de un niño llamado Víctor, quien está acompañado de Manau, su maestro de escuela. Víctor proviene de la zona oriental del país, y este detalle hace revivir en Norma la posibilidad de poder encontrar a su esposo Rey, quien desapareció tiempo después de incursionar en el oriente como integrante de las filas del IL.

Con mucha precisión, y gracias a un narrador omnisciente, Alarcón nos ofrece un fresco de los avatares y secuelas de la guerra por medio de estos cuatro personajes, en una suerte de epifanías que privilegian los estados psicológicos canalizados por el sentimiento de culpa, ya que pese a que las fuerzas oficiales terminaron imponiéndose, ninguno puede sentirse realmente victorioso. Por el contrario, en los personajes está la sensación no expresada de que la guerra vivida en diez años fue, por demás, absurda. El autor se vale muy bien de ciertas técnicas y recursos deudores de la novelística norteamericana, como el dato escondido, los saltos al pasado, la introspección…

RCP exuda una saludable ambición que denota su logro y, a la vez, su traspié. Traspié ya que por la magnitud de la novela, de casi cuatrocientas páginas, se pierden perfiles secundarios que sostienen el hilo temático conductor de Norma, Rey, Manau y Víctor, que son “juntados” por algunos trucos técnicos que recuerdan a lo que hace Paul Auster con el azar. Pero más allá de este bajón, RCP mantiene el interés del lector a través de lo mejor que le deparó su primer libro: el trabajo con la psicología de los personajes, por el cual, y tal como me lo indicó el autor en una entrevista para este diario hace ya buen tiempo, sí es posible especular con la influencia directa en la que descansa su poética de novelista de raza: la novela decimonónica rusa, Dostoevsky en especial.

Alarcón se confirma, y con varios cuerpos de ventaja, como uno de los mejores novelistas jóvenes del mundo. Esta novela tiene todos los ingredientes para quedar en la memoria de los lectores.

Editorial: Alfaguara.

Nota: esta reseña salió publicada el 6 de octubre en Siglo XXI

Friday, September 19, 2008

LA VIDA DE UNA VACA, de Juan Pablo Meneses

Es indudable que vivimos hoy en día un interesante boom de la crónica, tanto en Latinoamérica como en España, y también es indudable que cualquiera no puede llamarse cronista. A este escritor que reseña solamente los libros que le gustan, le revienta que se crea que la crónica es un género muy fácil de llevar, y le revienta doblemente el ninguneo que “goza” en las esferas del limbo de la crítica literaria. (Pongo el parche: la crítica jamás debe ser inmediata.) Veamos: ¿cuál es el criterio de un reseñista para valorar un libro de no ficción? Pues al parecer solo existe una sola respuesta, que por muy jalada de los cabellos, denota un fortísimo asidero prejuicioso: que el autor sea, ante todo, alguien proveniente del ambiente literario, porque solo así podría tener la oportunidad de que un “catador de libros” se ocupe de él. Son pocos los escritores de no ficción que tienen la oportunidad de gozar de la atención mediática pertinente. Cito: John Lee Anderson, Julio Villanueva Chang, Juan Villoro, Ricardo Uceda…A estos nombres debemos sumar el del chileno Juan Pablo Meneses (Santiago, 1969), quien con su último libro, LA VIDA DE UNA VACA, se ubica como el mejor cronista latinoamericano.

Meneses es autor de un par de libros también importantes: el primero, EQUIPAJE DE MANO, sobre viajes y personajes; el segundo, SEXO Y PODER, sobre un destape social y político que puso en jaque a las esferas más connotadas de la sociedad chilena. Podemos colegir entonces, que el autor no es un pipiolo en estos menesteres, digamos que tiene la suficiente experiencia como para abordar cualquier tema, porque como bien se sabe, hoy en día, las verdaderas historias, las que valen la pena contar, no están en la imaginación, sino en la misma realidad, cualquier hecho puede servir, no importa si se es un gran personaje o uno ordinario, hasta los animales pueden ser protagonistas, como es el caso de La Negra, la protagonista de LA VIDA DE UNA VACA.

El cronista basa su trabajo en un detalle no muy visto pero a la vez muy presente en la cultura argentina: la carne, el excesivo consumo de esta; sin embargo, lo canaliza a través de una sola vaca, con la que se vale para recorrer la radiografía de un país, abordando una serie de protagonistas marcados por la igualdad de opinión, ergo: no hay una sentencia absoluta, sino que esta se dispara en la variedad. Es notorio también el impresionante trabajo de biblioteca que yace en cada una de sus páginas y el reflejo del lado humano del cronista en su apego con determinados actores, como el caso del ganadero Juan Jorajuría, en quien recaen las dosis melodramáticas de la historia, sin perder en ningún instante su punto central: La Negra.

LVDUV es un libro pionero, pero no por el hecho que se hable de una sola vaca (aunque también es cierto), sino porque su germinación, desarrollo y llegada final a su edición de libro, partió del medio de comunicación que viene subiendo como la espuma de una cerveza: el medio virtual, muy en especial el blog. A diferencia de otros autores, Meneses, en su blog, hizo público la intención de comprarse a La Negra, dio a conocer a sus miles de lectores lo que pensaba hacer con ella, y escribió sobre aquello en artículos y crónicas para revistas como SOHO y Etiqueta Negra. Esto configura al libro como uno interactivo, lo cual se deja notar en el texto puesto que tiene varias páginas dedicadas a la transcripción de los comentarios de los lectores del blog del autor.

Muchas veces se ha creído que la mejor manera de abordar a una sociedad es por medio de sus visibles traumas o sus personajes más conocidos. Creo, a mi juicio, que se abusa muchísimo de las figuras encarnadas por presidentes, dictadores, narcotraficantes, sicarios y deportistas. Los nuevos cronistas deberían echar un ojo a esos grandes detalles presentes en el imaginario de sus países, no muy tomados en cuenta. Las historias, como dije, están en la misma realidad, solo hay que convertirlas en idioma, encausarlas bien, pensando siempre en el lector, tal y como lo hace Juan Pablo Meneses.

Editorial: Planeta/Seix Barral.
Esta reseña salió publicada el 19 de septiembre en Siglo XXI

Saturday, August 23, 2008

UN CHINO EN BICICLETA, de Ariel Magnus

Fue un amigo, Leonardo Aguirre, a quien ya he entrevistado para este medio, el que me recomendó la novela que es el motivo de esta reseña. Fue tanto su entusiasmo que no tuve otra que hacerle caso, al menos por una sola vez en la vida. Es así que llegué a la que es quizá la mejor novela premiada del prestigioso concurso La Otra Orilla, versión 2007, convocado por la no menos influyente editorial Norma.

Resulta que tengo muchísimos reparos a los concursos, de toda índole, cada cual está pautado por intereses y rara vez el jurado logra calzar con el fallo de los verdaderos jueces, aquellos que terminan ofreciendo el genuino premio, pues me refiero al honesto y genuino favor del público lector. En este aspecto, el narrador argentino Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) debe sentirse más que satisfecho.

UN CHINO EN BICICLETA es una novela que puede llevar al lector, en sus primeras páginas, a pensar que le están tomando el pelo. Todo empieza en un urinario, en donde un joven llamado Ramiro Valestra es secuestrado por Li, un chino que acaba de escaparse del juicio en el que venía siendo juzgado, el cual tenía a Valestra como principal testigo de lo que se le acusaba: quemar tiendas. ¿Cómo llega Valestra a esta situación?, pues una noche, luego de ver a su novia, se encuentra con un par de policías que tenían detenido a un chino pirómano, Li, y estos sindican al joven como el principal testigo.

Magnus demuestra tener una capacidad inventiva a prueba de balas: como “sugiero” en el anterior párrafo, parece que nos estuviera tomando el pelo, y es esa sensación de estar ante un argumento absurdo de la que se vale el narrador para sacar todo el arsenal, todos sus recursos, con el objetivo de mantenernos enganchados hasta la última página, lo cual no es poca cosa, puesto que una de las bases de la narración de esta novela es el uso que se hace del humor, tan caro este a generar más de una antipatía entre no pocos escritores cuajados, quienes recomiendan alejarse del detalle que no pocas veces es visto como un recurso insultante o lleno de facilismo. Lamentablemente se cree que el humor está ligado a la anécdota, a lo trivial, que es imposible hacer con él una novela ambiciosa. Haciendo un repaso, pues esa creencia hasta puede tener cierto asidero, pero por el hecho de que nos hayamos topado con novelas que se suicidan por la apuesta desmedida del humor, no puede meterse a todas en ese peligroso saco. Me vienen a la mente excelentes muestras novelísticas, vigorosas de humor, como las de Manuel Vázquez Montalbán o Rafael Reig, llamadas a quedar.

Y fácil las vicisitudes de los colgados protagonistas, Valestra y Li, son las columnas que terminarán haciendo perdurable esta novela de Magnus, porque, entre otras cosas, esta también tiene un componente esencial y a la vez muy olvidado el día de hoy: contar una historia, y en este caso, una muy buena historia que tiene coqueteos con los contenidos más peculiares de la tradición policial, género también muy denostado, pero que a la vez es el idóneo para dar lecturas paralelas, que solo los libros completos son capaces de impulsar, como es el caso del intercambio cultural que hoy en día se vive en Argentina entre naturales e inmigrantes chinos.

El centro de operaciones de las andanzas de Valestra es el chifa Todos Contentos, un chifa irreal, falso, que se cae por su inverosimilitud, sin embargo, este no es para nada un óbice, ya que si no fuera por ese restaurante, no terminaría de cuajar la atmósfera paródica que destila toda la novela.

Por lo demás, y por lo escrito hasta aquí, “no creo que sea necesario mencionar” que Ariel Magnus es hoy por hoy uno de los más prometedores narradores latinoamericanos, de quien esperamos más libros suyos en el futuro, igual de buenos como UN CHINO EN BICICLETA.

Editorial: Norma
Nota: esta reseña fue publicada el 23 de agosto en Siglo XXI

Thursday, August 07, 2008

DEJEN TODO EN MIS MANOS, de Mario Levrero

En estas semanas alejadas de la escritura de reseñas, he estado leyendo mucho. Como se sabrá soy un escritor que escribe de libros que le gustan, y por esas cosas cuestionables de la vida, me estaba topando con libros que bien merecían ser escanciados con gasolina para prenderles fuego con la sobra menguante de un cigarro Marlboro. Obvio que no llegué a esos extremos, quemar un libro es como quemar a un ser humano, así este encarne todas las ignominias juntas. Y en lugar de gastar mi tiempo escribiendo sobre los defectos de un libro X, así su autor sea un reputado escritor, me mantenía a la expectativa de la llegada a mis manos de un título que me llevara a lo que siempre me ha interesado, en especial cuando de reseñas se trata: proyectar mi entusiasmo, porque el verdadero compromiso que debemos tener con los libros es precisamente con aquellos que nos gustan, que nos cuestionan y que nos llevan a repasar la tradición en la que este se inscribe, ya que, y lo vuelvo a repetir, los libros no nacen de la nada.

Hace varias semanas, cayó en mis manos una novela de un escritor uruguayo del que poco o nada se sabe. Hurgando en su biografía, llego a la conclusión de que este podría ser catalogado con un “rara avis”, todos dicen que es un buen escritor, pero a la vez esos “todos” jamás lo han leído, solamente se dedican a repetir mismo loros y papagayos lo que muy pocos han dicho con conocimiento de causa.

Mario Levrero (Jorge Varlotta) nació en Montevideo en 1940 y falleció en agosto del 2004. Es autor de las novelas PARÍS, EL DISCURSO VACÍO, LA CIUDAD, entre otras. La que nos compete ahora, DEJEN TODO EN MIS MANOS, fue publicada en 1996 y gracias al buen ojo de una editorial española es que tenemos esta edición del año pasado. Todo un acierto de la casa editora porque si no fuera por su apuesta por rescatar a un autor al que no se le conocía, ni en pelea de perros, estaríamos privados de disfrutarlo, ya que por esas cosas que solo pueden darse en la literatura: Levrero estaba condenado a ser leído en círculos egoístas de letraheridos que poco o nada hacen por la difusión de su extraordinaria literatura.

Desde la contratapa se sugiere que esta no es la mejor novela de Levrero. Mi recomendación es que no hagan caso (en general para todo tipo de contratapas). Es cierto que DEJEN TODO EN MIS MANOS no es una gran novela, pero me imagino que no pocos escritores ya quisieran tener en su trayectoria una joyita como esta, porque si tuviera que dejar por sentado un concepto de esta novela es precisamente eso: que es una joyita, un canto a la más pura levedad en cuanto novela corta se refiere, siempre y cuando haya muchísimo talento y una patente intención de transgresión.

Un innominado escritor, que para variar tiene varios libros publicados y que sigue en las mismas, se encuentra atravesando una fuerte crisis económica, ante esto recibe una oferta por parte de un editor: encontrar al autor de un manuscrito de novela. En un principio, la propuesta le suena ridícula, pero cambia de opinión cuando se le dice que no solo se le va a pagar, sino que también se le publicará la novela que le acaban de rechazar.

Es así que se lanza tras la búsqueda de Juan Pérez, el supuesto autor, y se dirige al pueblo de Penurias, ubicado a varias horas de Montevideo, la capital de Uruguay. Sobre el manuscrito de novela no se dice mucho, solo que se trata de una obra que va a cambiar el devenir de la novela contemporánea, y si se ubica al autor la editorial podrá acceder a una subvención importante por parte de una entidad sueca.

A simple vista, la trama puede parecer de lo más absurda, pero si esta no tuviera dicha característica, no se podría apreciar la soltura y vicisitudes que rodean al innominado escritor metido a detective. Los personajes se cruzan con él en sus indagaciones, cada uno funge como una suerte de asociación simbólica ligada a la tradición de los viajes, y en cada encuentro prevalece la ironía, el humor y el desconcierto, canales estos que proyectan un feroz espíritu crítico a los vacíos del mundo contemporáneo.

La novela se nutre de la tradición del policial, pero carece a la vez, así suene a contradicción, de los componentes para considerarla como tal: los personajes, peculiares sin lugar a dudas y claves para todo policial, se limitan a cumplir una función decorativa, el escritor-detective no llega a interactuar del todo con ellos, solo se reduce a preguntar por Juan Pérez y a acostarse con Juana Pérez, la prostituta oficial de Penurias.

Por otro lado, el estilo de Levrero hace gala de un hechizo descomunal, llegas a creerte lo que te relata, te dices en más de una ocasión que “esto no puede suceder”, pero continúas, llegas a comprometerte del todo con la búsqueda sin lógica del escritor-detective, haces tuyas sus frustraciones, goces, inquietudes y esperanzas, y la perplejidad se apodera de ti porque crees desde sus primeras páginas que estás leyendo un intento de novela policial con devaneos metaliterarios, pero al terminar y conocer el “curioso” desenlace, tienes la certeza de que los mejores homenajes que se le pueden hacer al “género negro”, no son a través de la asimilación, sino picando piedra en las canteras de la parodia, objetivo que solo lo pueden llevar a buen puerto escritores dotados y que merecen ser leídos, como Mario Levrero.

Editorial: Caballo de Troya.

Nota: esta reseña salió publicada el 7 de agosto en Siglo XXI.

Tuesday, July 08, 2008

Y DE ESTE MUNDO PROSTITUTO Y VANO SÓLO QUERÍA UN CIGARRO EN MI MANO, de Rubem Fonseca

Rubem Fonseca (Juiz de Fora, 1925) es uno de los más destacados autores brasileños vivos de hoy, llamado a ser una de las voces referentes de las nuevas camadas de novelistas sudamericanos, porque ese es el destino de los grandes, de aquellos que ponen con letra dura la cimiente de cualquier tradición. Fonseca es también uno de los más importantes exponentes del género policial, el cual, muchas veces no sé por qué, es tan vilipendiado por algunos novelistas de fuste que lo consideran subliteratura, un género menor, en algo que hasta un mico puede hacer. El prejuicio sobre el policial es muy fuerte, no pocos piensan que hay muchísima facilidad en su desarrollo, se cree que con tal de poner como telón de fondo un crimen, un poco de sangre, una incomprendida mujer, un sospechoso común y un criminal solapado es más que suficiente.

Si analizamos bien y detenidamente la tradición de la novela y somos un poco más abiertos de mente y espíritu, no vamos a tardar en llegar a la conclusión de que las novelas, a lo largo de su historia, se desarrollan en dos grandes bloques: las de amor y los policiales. O bien se cuenta un gran romance y la lucha por un bienestar sentimental o bien el interés por conocer o revelar un tabú en todas sus variantes. (Esta idea da para más, trataré de desarrollarla en una futura reseña de otra novela policial.)

Y DE ESTE MUNDO PROSTITUTO Y VANO SÓLO QUERÍA UN CIGARRO EN MI MANO es una novela que demuestra el por qué Fonseca es una narrador importante, conocido y desconocido a la vez. Brasil es un país del que a las justas los lectores relacionamos con algunos escritores, y uno de ellos es Fonseca. La relación, para ser justos, no pasa más de diez nombres, entonces esto nos da luces de lo mucho que falta por conocer de la tradición novelística de ese país continente. No es extraño pensar que pueden haber más escritores de la talla de quien hace no mucho fue galardonado con el prestigioso Juan Rulfo de México.

Esta novela es un policial. Sin embargo, a diferencia de títulos de Fonseca como AGOSTO, aquí tenemos el pretexto de la intriga para inmiscuirnos en uno de los grandes subtemas de Fonseca: los placeres del vicio, en este caso, exclusivamente del tabaco. El abogado Mandrake, presente en las novelas del escritor, quien recuerda las idas y vueltas de un caso aparentemente superfluo, que, de paso, trae algunas muertes que giran en la figura del exitoso escritor Eduardo Flavio y las apasionadas Amanda, Luisa y Silvia, todas ellas, a su manera, obnubiladas por los encantos de aquel hombre al que no le importa más que el vivir como todo un sibarita. Basta recorrer las primeras páginas para darnos con la casi certeza de quien puede ser la persona responsable de las muertes, y como esta historia no tiene para más, encontramos el motivo de su brevedad, te la puedes leer en el viaje al trabajo en bus o en la sala de espera de un banco. Flojísima en trama, pero que mantiene, y en gran nivel, el secreto recurrente de las más grandes novelas policiales: la fisonomía moral de los personales y las relaciones entre ellos, es este aspecto el que termina ofreciendo un plus a toda novela policial, no importa si nos topamos ante un argumento jalado de los cabellos.

Los personajes de esta novela de título largo, cuyas letras no consigno para que el lector no crea que estoy hablando de la clave de una cuenta corriente, se mueven alrededor de las conversas grababas de Mandrake a su cliente Eduardo Flavio a través de las transcripciónes de las sesiones que lindan con los métodos de los psicoanalistas. A partir de ellas es que Mandrake empieza a armar el devenir de estas mujeres enamoradas (encaprichadas) del escritor que representa para ellas el ideal de ternura, aventura y fervor sexualidad que tanto ansían.

Sin embargo, entre sesión y sesión, Flavio suelta los móviles de su poética, de su relación con la literatura. Por este lado también puede decirse que estamos ante una novela policial de espíritu metaliterario, no por el hecho de que el protagonista ancla sea un narrador, sino por las reflexiones que en torno al trabajo literario se detallan, teniendo como punta de lanza la disidencia del talento natural, de la carencia de lecturas, que en no pocas líneas puede resultar sumamente estimulantes para cualquier escritor. Y claro, como se anuncia desde el título, el inmenso amor de Flavio por el tabaco queda más que sustentado en reflexiones que recorren la historia del mismo, su uso adecuado y sus ciertos “tics” para prenderlos. Estas páginas escritas con el demonio de la nicotina pueden llegar a ser la mejor defensa para cualquier fumador de verdad, para los que el fumar es un dañino placer que no es tan mortal como algunos distinguidos despistados creen.

Fonseca, seguramente un gran fumador, hace con esta novela un buen ejercicio que en un futuro puede ser el punto de partida para un trabajo de mayor aliento, con una estructurada más cohesionada y una trama más creíble. Obviamente esta novela no está entre lo mejor de su producción, pero nadie puede negar que la misma tiene harta soltura, mucho oficio en su desarrollo escritural, sumamente interesante para animarnos a recorrer lo que aún no se ha leído de la adictiva narrativa de este extraordinario escritor.

No puedo terminar esta reseña si no saludo el acierto de la editorial que nos entrega esta segunda edición del 2007. La primera data del 2001. Si no fuera por esta apuesta sería imposible reseñar esta joyita solo para fumadores.

Editorial: Norma.
Nota: esta reseña apareció el 9 de julio en Siglo XXI

Tuesday, June 10, 2008

PUNTO DE FUGA, de Jeremías Gamboa

En una época en la que no pocos escritores le hacen ascos a la temática del realismo, para luego, de taquito, ensalzar sus propias propuestas literarias, pues no hay que dejar de saludar el notable debut del joven escritor peruano Jeremías Gamboa (Lima, 1975), quien es también un reconocido periodista y destacado ensayista. PUNTO DE FUGA ha sido calificado como una de las mejores publicaciones del 2007 en Perú, sumado al detalle que tanto el autor como el libro recibieron el reconocimiento de quien es, de lejos, uno de los más grandes novelistas de nuestro tiempo, Mario Vargas Llosa.

Pues bien, de todas las reseñas que este libro cosechó, es la opinión de Vargas Llosa la que mejor lo graficó al decir que en el texto puede palparse una “violencia interna”, como un choque que experimentan los personajes en un ambiente cargado de cuestionamientos. Como dije en el primer párrafo, es menester saludar esta publicación porque pone en su lugar al tópico que ha marcado el devenir de los grandes libros. Las historias están en la cotidianidad, en la conducta de los que se enfrentan a sus conflictos a través de la máscara de lo que aparentan ser en el mundo exterior. Todas las personas siempre tienen algo que contar, lo que falta son contadores de historias dispuestos a saber mirar y escuchar.

Los cuentos de PUNTO DE FUGA retratan a la ciudad de Lima de hoy. Una ciudad delineada por los contrastes, que pese al crecimiento económico y a las mayores posibilidades de realización, sigue arrastrando problemas muy serios de entidad y tolerancia. Como ya se dijo, Gamboa es un reconocido periodista, cuyas crónicas siempre se han nutrido de lo que ocurre en la calle. Entonces, qué mejor artífice que alguien que ha bebido de la realidad para condimentar sus cuentos con detalles delatores de verosimilitud, cosa que nos lleva a la certeza de que no estamos siendo timados por un escriba que quiere pasarse de original, que el saber contar una historia, por más ordinaria que sea, es medular para que esta pueda pasar la barrera de la anécdota y del mezquino y arrollador olvido.

Los personajes están en constante búsqueda y huída. Un enfrentamiento entre lo que el mundo les presenta con el backstage personal, tal y como vemos en los cuentos “El edificio de la calle Los Pinos”, “Nuestro nombre”, “Tierra prometida”, “Un responso por el cine Colón” y “La conquista del mundo”. Por ellos nos topamos con personajes desarraigados o en camino a ello, muchos de estos tienen la vida casi resuelta, pero por más que han logrado insertarse en un mejor estatus social, salen a flote los trasfondos que arrastran porque, entra otras cosas, no son del todo aceptados en el nuevo contexto en el que se desenvuelven.

Este libro nos lleva a sus influencias directas e indirectas, vemos en sus páginas la impronta temática de los autores del boom latinoamericano, en especial la de Mario Vargas Llosa, como también el influjo de la pesadez existencial de Onetti, aunque en este último caso es posible advertir un cierto abuso del autor por sobrecargar ciertos pasajes con una atmósfera que vuelve oscuro y confuso el desarrollo de la historia, tal y como sucede en “Tierra prometida”.

Jeremías Gamboa ha entregado un libro muy bueno, en todo el sentido de la palabra. Y se acrecienta la expectativa con lo próximo que vaya a publicar, y no es una exageración afirmar que libros como este, demuestran con hechos fundamentados el muy buen momento que atraviesa la nueva narrativa peruana.

Editorial: Alfaguara.
Nota: esta reseña apareció el 10 de junio en Siglo XXI.

Sunday, May 18, 2008

ELEGÍA, de Philip Roth

Brillantemente titulada en inglés como EVERYMAN y muy mal interpretada como ELEGÍA para su edición en castellano, nos topamos con la penúltima novela de Philip Roth (New Jersey, 1933). En ella tenemos a un innominado anciano, de quien se nos cuenta, en tercera persona, las tortuosas relaciones con sus seres más cercanos: la pésima relación con los hijos de su primer matrimonio, Randy y Lonny; su sentimiento de culpa por Nancy, la hija que lo adora, nacida de su segundo matrimonio; su tercer y catastrófico matrimonio con Merete; y su envidia no declarada por su hermano Howie, rebosante de vida y vigor.

Este anciano ha sido a lo largo de su vida un exitoso publicista que ha dotado a sus esposas e hijos con comodidades y buena educación. Sin embargo, la poca comunión entre ellos los lleva a sentir repulsiones compartidas y odios internos plagados de sentimientos menores. Es así que el anciano no deja de preguntarse en qué momento pasó a convertirse en alguien totalmente enajenado de sí mismo y en el por qué siente un goce sublime en la desgracia del “otro”.

Como puede verse, lo escrito hasta aquí vendría a ser un compendio de los grandes demonios literarios del escritor, hasta podría escribirse tranquilamente que estamos dándole vueltas a sus conocidos temas. Pero como nunca antes Roth nos regala un aspecto que pocas veces se ve en la narrativa de los escritores ya trajinados: el temperamento de la escritura (la fusión de la atmósfera en buena ejecución con el ritmo, lo cual es de por sí complicado lograr ya que siempre saltan, conciente o inconcientemente, los tan malhadados lugares comunes de la narración).

La escritura empleada en esta novela es de por sí la protagonista. Como puede colegirse, el argumento no puede ser más común o trivial. Y como conocedor de este peligro, Roth deja que fluya el lenguaje con naturalidad, no se regodea en la belleza expresiva de la palabra, llegando a lo que es el mérito mayor de la novela: el conflicto interior de los protagonistas, empezando por el innominado anciano.

Muchas veces se ha querido rastrear las influencias directas de las que se sirve Roth, una de ellas es el tópico de los judíos norteamericanos y su relación con la cultura establecida que los lleva a mantener a como dé lugar sus costumbres, en este aspecto él nunca ha pretendido reivindicar la cultura hebrea a través de argumentos de “resistencia” por medio de la identidad grupal, por el contrario, lo que ha hecho es dotar de múltiples miradas a sus protagonistas principales, como Nathan Zuckerman, David Kepesh, Portnoy, etcétera. Estas miradas son canalizadas a través del humor que desmitifica las costumbres del nuevo judío norteamericano. Se ha hablado también de lo mucho que se ha valido de las novelas de Bellow y Malamud, lo cual es cierto, pero no es el crisol principal de su poética, la cual es deudora total de la novela decimonónica, en una suerte de mix de la tradición novelesca norteamericana con la europea. En su obra es posible seguir el aliento de Mark Twain, Charles Dickens, Gustave Flaubert, Lev Tolstoi y, en especial, Balzac. Su intención siempre ha sido la amplitud, ningún tópico queda de lado, sus novelas son testimonios de época, por ello, es imposible no toparse, abiertamente o subrepticiamente, con la guerra de Vietnam, Watergate, Bill Clinton, Bush, Saddam Hussein, los ataques del 11 de Septiembre, etcétera.

ELEGÍA está muy lejos de ser la novela angular de Roth. Sin embargo, es un firme testimonio de lo que desde hace algunos años viene siendo la obsesión del novelista: el deterioro del cuerpo, las tribulaciones de la vejez y la reflexión aparentemente objetiva que solo se consigue con los años. Sus últimas novelas tienen como protagonistas a ancianos llevados a incómodos recuentos existenciales.

Termino esta reseña con una sentencia que ya la he escrito (pero condimentada para la ocasión): nadie puede dedicarse a la escritura de la novela si no ha leído a los autores decimonónicos, y es totalmente imperdonable pasar por alto el conocimiento de la obra total de Philip Roth, quien es hoy en día el escritor por excelencia en el mundo entero.

Editorial: Mondadori.

Nota: Esta reseña apareció el 18 de mayo en Siglo XXI.

Wednesday, May 07, 2008

LAGARTIJA SIN COLA, de José Donoso

El escritor chileno José Donoso (1924 – 1996) es autor de una obra que apunta a destilar, entre muchas cosas, muchísima frescura a las nuevas lecturas que hoy por hoy se realizan en torno a los escritores del boom latinoamericano, puesto que es tranquilamente uno de sus más insignes representantes, pese a que no se sabe el por qué jamás formó parte del cuarteto novelístico por excelencia, los caballitos de batalla que se encargaron de renovar con frescura y arrojo la lengua en castellano: Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar.

Donoso es autor de librazos como EL OBSCENO PÁJARO DE LA NOCHE, CORONACIÓN, EL LUGAR SIN LÍMITES, TRES NOVELITAS BURGUESAS y muchísimos más. Gran parte de su producción se solazó en la escritura de novelas, las cuales tenían la característica de exhibir una atmósfera cargada de sensualidad y una exploración temática que se regocijaba en el sentimiento de culpa. No es extraño, entonces, pensar que lo que escribía llevaba entre líneas una férrea crítica que no solo englobaba a cierta aristocracia chilena ida a menos, sino que esta apuntaba también a la mercantilización de los “sagrados” predios del arte y la literatura. HISTORIA PERSONAL DEL BOOM es el libro en el que puede conocerse a Donoso en estado puro, un libro de memorias con el que nos topamos con una inteligencia y sensibilidad que deja de lado la crítica velada que vemos en sus ya afamadas novelas, y por el que podemos entender la razón de la escritura de la novela LAGARTIJA SIN COLA y el por qué la abandonó, dejándola en su condición de borrador, la cual fue rescatada por su hija Pilar de los archivos personales que su padre vendió a la universidad de Princeton.
La presente edición de esta novela recayó en el reconocido crítico y excelente narrador peruano Julio Ortega. Vale anotar que Ortega es una persona que siempre ha desbordado entusiasmo por el boom latinoamericano, prácticamente los mejores trabajos sobre este fenómeno literario (y por qué no decirlo, también mercantil) se los debemos a él. Como bien se señala en el prólogo de esta novela, Donoso “eliminó varias páginas del comienzo, tachó unos párrafos luego, anotó algunas indicaciones, enmendó pocas frases y corrigió una que otra palabra. Buena parte del libro quedó sin corregir, en su estado de primera redacción”. Si uno leyera este prólogo, pues no sería sospecha pensar que estamos ante un proyecto fallido, sin embargo, a la luz de lo que se lee, no fue así, lo cual llevará a más de uno a preguntarse el por qué Donoso la dejó… Muchos se inclinan por la idea de que el chileno decidió abandonarla para abocarse a temas más acordes con el imaginario de su país. LAGARTIJA SIN COLA data de 1973, y basta tener en cuenta esta fecha para darnos cuenta de que se trataba de los años más fecundos de su producción, cosa que no hace otra cosa que no sea la de engrandecer la leyenda de su abandono puesto que es, a todas luces, una muy buena novela que nos reencuentra con una de las plumas del boom que goza de mayor frescura en las nuevas generaciones de escritores en castellano.
Armando Muñoz-Roa es un viejo pintor anacoreta que vive un auto exilio voluntario en un departamento de Barcelona. Desde su refugio marca una distancia con la sociedad, a la que en no pocas páginas del libro la califica de obsoleta y liviana. La novela, narrada en primera persona, puede ser leída también como un gran monólogo que se inmiscuye en la percepción, hoy en día ingenua, del sentido romántico del arte. De joven, Muñoz-Roa perteneció al movimiento informalista, del cual, a decir de no pocos, él era el que mayor dotes plásticas tenía y por ende era el de mayor proyección. Sin embargo, abandona todo, rompe con el movimiento cuando sabe que este empieza a ser carcomido con las leyes del mercado que desacralizan el genuino sentido que debería tener una labor artística, se decepciona de la poca entereza ética de sus compañeros de ruta incapaces de mantener firmeza interior ante las propuestas que les llegan de las principales galerías de Europa. Es por ello que Muñoz-Roa nos cuenta el cómo decidió a vivir al pueblo rural de Dors, el cual tiene casas de piedra que terminan por seducirlo. La llegada a Dors la hace en compañía de su prima, amiga y mujer Luisa, pero él es quien decide quedarse, tiene la idea de pasar el resto de su vida en ese pueblo aún no contaminado con los deshumanizadores avances del progreso. Los enfrentamientos con los pobladores del pueblo empiezan a darse cuando nota que algunos, los más influyentes, quieren convertirlo en un foco turístico que no tiene como fin el bienestar colectivo sino los pecuniarios intereses personales, lo cual asienta más el ya evidente desarraigo existencial de Muñoz-Roa.
Muñoz-Roa es una suerte de Pigmalion. De allí a pensar en un reflejo de lo que fue Donoso en vida no hay mucha distancia. LAGARTIJA SIN COLA contiene los grandes móviles de su poética, la cual se permitió tocar los tópicos más renuentes, regocijándose, por sobre todo, en la sensualidad de la palabra, en la búsqueda de la utopía que no tarda en estrellarse con la vil realidad y en la amoralidad de los placeres de la piel.
LAGARTIJA SIN COLA no está a la altura de las novelas antes mencionadas, sin embargo es menester manifestar que es extraordinariamente buena, lo cual nos una idea clara de la grandeza de un narrador a quien es preciso leer para disfrutarlo y aprender…Ahora, me permito una sospecha: Donoso fue un hombre de envidiable dimensión de trabajo, si su hija encontró esta novela en Princeton, pues no sería una locura pensar que deben existir otras que nos permitan conocer más de un escritor que lamentablemente no tuvo los reconocimientos justos en vida, y si estas obras existieran, pues queda más que demostrado que el llamado a cuidar de esas ediciones es Julio Ortega, lo hecho con esta novela es un claro ejemplo de la pasión y admiración canalizadas a través del rigor generoso.
Editorial: Alfaguara.
Nota: esta reseña apareció el 7 de mayo en Siglo XXI.

Thursday, April 24, 2008

ÍNDICE DE LA NUEVA POESÍA AMERICANA, de Hidalgo, Huidobro y Borges

No hay estudiante de Literatura que alguna vez no haya escuchado, de algún catedrático experto en poesía, sobre esta antología secreta, tan mentada, y a la vez tan poco leída. Esta pertenece a la leyenda negra de los libros fantasmas, que uno escucha con deleite, y que en más de una ocasión justifica juergas interminables en bares sin nombre cerca de la universidad (con catedrático experto en poesía como anfitrión). Es que el ÍNDICE… tiene todos los visos para ser catalogada como negra, y no muchos, con sospechas razonables, dudaban de su existencia, asociándola al capricho de los históricos voceros oficiales de la poesía (en todo el mundo): los borrachitos de cantinas alfombradas de acerrín. Nadie había visto la antología, pero esta estaba allí, presente en ausencia, ya sea por la magnitud de sus antólogos, poetas claves en el devenir poético latinoamericano; o por los nombres que en sus páginas podemos encontrar. Basta revisar la lista de poetas consignados para darnos cuenta de que este es el libro referencial poético por excelencia.

El polémico poeta peruano Alberto Hidalgo, fundador de la vanguardia peruana, se encontraba en 1919 viviendo en Buenos Aires. Era, como es de esperarse de alguien que hizo del panfleto un arte, un indomable bohemio que husmeaba la movida cultural en el centro artístico más estimulante de esa época. En Buenos Aires conoce a Borges, en ese tiempo el autor de “El Aleph” estaba muy entusiasmado con su onda “ultraísta” y entre cigarros y café acepta la propuesta de Hidalgo: realizar una antología que englobe las propuestas poéticas de vanguardia que estaban dándose en el continente de habla castellana. En el curso del acuerdo se suma el chileno Vicente Huidobro… Imagínense: tres poetas de renombre, encargados de la elaboración de la que aspira a ser la mejor antología del siglo. Pero el tiempo pasaba y las fricciones entre los tres empezaban a nacer, el peruano se queda mataperreando en la París latinoamericana, y el chileno y argentino, de la manito, se quitan a Europa, cruzan el charco en pos de mayores opciones, tanto literarias como personales.

Hay que ser justos, solamente Hidalgo es quien se encarga de la selección, setenta y dos poetas que mandaron sus mejores textos con muchísima incredulidad. Cuando el libro ya estaba listo, pues era necesario presentar el texto prologal, y después de algunos intercambios epistolares, se llega a la conclusión de que serían tres prólogos (vale señalar que las antologías se valen de sus prólogos, él éxito de estas yace en lo que en ellos se argumenta). Y siendo honestos, cada prólogo es digno candidato al premio del Capricho, llevado por la desmedida del ego y del exceso intelectual, prácticamente, cada uno hace alarde de su poética personal, sumado a que Borges y Huidobro ya estaban lejos, en sus procesos artísticos, de la primera intención de la elaboración de la antología: matar de una vez por todas al Modernismo…Los tres textos son pruebas fehacientes del auto-bombo o del auto-fellatio, siendo el de Alberto Hidalgo el más polémico, por su intención chocante (e irresponsable) como cuando justifica la ausencia de poetas bolivianos y paraguayos con argumentos tipo “…Bolivia no tiene representación en este libro debido a que en mis afanosos viajes por los mares del mundo no me he encontrado con sus costas. ¿Es que no existe? Del Paraguay sé que no existe ni de oídas la palabra arte. Allí solo se dan loros y yerbas mate. Prometo remendar las ausencias en futuras ediciones, si aparecen poetas por ahí, o si hay alguno que, demasiado tímido, no ha emprendido viaje a mi conocimiento”. Provocador, a todas luces.

ÍNDICE DE LA NUEVA POESÍA AMERICANA apareció en 1926, en Buenos Aires. Se editaron quinientos ejemplares, pero para ese año la vanguardia ya estaba en muere, nuevas propuestas eran las que llamaban la atención de los críticos y de los eternos borrachines de cantina. No hay un dato preciso del por qué esta no circulo como se debe, algunos barajan la idea de que se mandaron a incinerar, y los libros sobrevivientes fueron a parar en las esquinas de olvidados anaqueles de bibliotecas particulares. Y como el boca a boca es el mejor medio de difusión que puede tener un libro, este sonaba, más que nada por los nombres que en él figuraban, tales como César Vallejo, Leopoldo Marechal, Pablo de Rocka, Nora Lange, Pablo Neruda, Juan Parra del Riego, Magda Portal, Juan José Tablada y muchos más (obviamente, también los tres antólogos).

Esta antología es histórica. Por ello, no debe dejarse de soslayar el esfuerzo de los editores peruanos Walter Sanseviero y David Ballardo en la apuesta por este rescate que termina por desmitificar las habladurías de su no-existencia. Esta es, bajo todo punto de vista, la mejor publicación para la lengua castellana, en lo que a poesía se refiere, de estos primeros años del siglo XXI. Valió la pena esperar poco más de ochenta años para tenerla en manos.

Editorial: SUR.

Nota: Esta reseña apareció el
24 de abril en Siglo XXI

Tuesday, April 08, 2008

"Muertos de amor", de Jorge Lanata

Jorge Lanata (Mar de Plata, 1960) es un reconocido periodista argentino. A los 26 años fundó el diario Página 12, fue conductor de diversos programas televisivos y hace poco volvió a fundar otro diario, Crítica. Se quiera o no, Lanata es una voz influyente en la prensa latinoamericana. Ergo, una verdadera vaca sagrada del mundo de las informaciones, pero ahora abordaremos su último libro, la novela “Muertos de amor”, publicada a fines del 2007.

“MA” intenta ficcionalizar los avatares del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), formado por el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, quien, en 1960, entrevistó en Cuba a Ernesto Guevara, el “Che”, quedando seducido por las ideas revolucionarias, tan caras en esos años. El “Che” nombra a Masetti como su Comandante Segundo, y este se embarca en lo que a todas luces parecía ser una empresa destinada al fracaso, pero como el aura romántica siempre funciona en los movimientos guerrilleros, los óbices no hacían sino que cimentar aún más el carácter de cambio en pos de la justicia social. Masetti, entonces, redacta una serie de comunicados que tienen el objetivo de encontrar eco en los campesinos argentinos de Salta, una zona marcada por la extrema pobreza y el olvido del estado.

La novela es corta, Lanata se vale de una serie de recursos narrativos como la epístola, el comunicado, la entrevista y el testimonio para engarzar la historia de estos revolucionarios desde distintos puntos de vista. En ella no encontramos una voz omnisciente, pero sí una atmósfera llena de pesadez y fracaso, así la empresa esté signada por la mejor de las intenciones. Y es en esta atmósfera donde encontramos la crítica feroz de la novela: la sin razón de las guerrillas cuando estas son acicateadas por el entusiasmo, cuando quienes quieren cambiar el mundo no encuentran el sustento de la intención insurgente: el apoyo del pueblo. Es por eso que a medida que vamos conociendo los “avances” de esta guerrilla, el enemigo paulatinamente deja de ser el cuco imperialista, y adquiere cuerpo a través de una suerte de desconfianza entre los mismos integrantes del EGP.

Muchos ya han señalado la prosa arrolladora de la novela. Como dije, el autor es un reconocido periodista que tiene como sello de garantía una escritura cargada de reflexión y claridad: noo se la hace difícil al lector, es de aquellos que llevan a la práctica el tan difícil arte de la compleja sencillez. Sin embargo, “MA” deja, por momentos, la sensación de ser una edición de lo que es un gran reportaje, e indefectiblemente, sin querer, se convierte en la gran traba de la novela puesto que la estructura que utiliza Lanata no tiene el componente estético como para ser calificado de literatura. Aunque sabemos bien que, a estas alturas, la discusión que se regodea en la delgada línea que separa al periodismo de la literatura es de por sí interminable, pero aun así no hay que dejar de consignarla.

Editorial: Alfaguara.

Nota: Esta reseña apareció el martes 8 de abril en Siglo XXI.