Sunday, May 18, 2008

ELEGÍA, de Philip Roth

Brillantemente titulada en inglés como EVERYMAN y muy mal interpretada como ELEGÍA para su edición en castellano, nos topamos con la penúltima novela de Philip Roth (New Jersey, 1933). En ella tenemos a un innominado anciano, de quien se nos cuenta, en tercera persona, las tortuosas relaciones con sus seres más cercanos: la pésima relación con los hijos de su primer matrimonio, Randy y Lonny; su sentimiento de culpa por Nancy, la hija que lo adora, nacida de su segundo matrimonio; su tercer y catastrófico matrimonio con Merete; y su envidia no declarada por su hermano Howie, rebosante de vida y vigor.

Este anciano ha sido a lo largo de su vida un exitoso publicista que ha dotado a sus esposas e hijos con comodidades y buena educación. Sin embargo, la poca comunión entre ellos los lleva a sentir repulsiones compartidas y odios internos plagados de sentimientos menores. Es así que el anciano no deja de preguntarse en qué momento pasó a convertirse en alguien totalmente enajenado de sí mismo y en el por qué siente un goce sublime en la desgracia del “otro”.

Como puede verse, lo escrito hasta aquí vendría a ser un compendio de los grandes demonios literarios del escritor, hasta podría escribirse tranquilamente que estamos dándole vueltas a sus conocidos temas. Pero como nunca antes Roth nos regala un aspecto que pocas veces se ve en la narrativa de los escritores ya trajinados: el temperamento de la escritura (la fusión de la atmósfera en buena ejecución con el ritmo, lo cual es de por sí complicado lograr ya que siempre saltan, conciente o inconcientemente, los tan malhadados lugares comunes de la narración).

La escritura empleada en esta novela es de por sí la protagonista. Como puede colegirse, el argumento no puede ser más común o trivial. Y como conocedor de este peligro, Roth deja que fluya el lenguaje con naturalidad, no se regodea en la belleza expresiva de la palabra, llegando a lo que es el mérito mayor de la novela: el conflicto interior de los protagonistas, empezando por el innominado anciano.

Muchas veces se ha querido rastrear las influencias directas de las que se sirve Roth, una de ellas es el tópico de los judíos norteamericanos y su relación con la cultura establecida que los lleva a mantener a como dé lugar sus costumbres, en este aspecto él nunca ha pretendido reivindicar la cultura hebrea a través de argumentos de “resistencia” por medio de la identidad grupal, por el contrario, lo que ha hecho es dotar de múltiples miradas a sus protagonistas principales, como Nathan Zuckerman, David Kepesh, Portnoy, etcétera. Estas miradas son canalizadas a través del humor que desmitifica las costumbres del nuevo judío norteamericano. Se ha hablado también de lo mucho que se ha valido de las novelas de Bellow y Malamud, lo cual es cierto, pero no es el crisol principal de su poética, la cual es deudora total de la novela decimonónica, en una suerte de mix de la tradición novelesca norteamericana con la europea. En su obra es posible seguir el aliento de Mark Twain, Charles Dickens, Gustave Flaubert, Lev Tolstoi y, en especial, Balzac. Su intención siempre ha sido la amplitud, ningún tópico queda de lado, sus novelas son testimonios de época, por ello, es imposible no toparse, abiertamente o subrepticiamente, con la guerra de Vietnam, Watergate, Bill Clinton, Bush, Saddam Hussein, los ataques del 11 de Septiembre, etcétera.

ELEGÍA está muy lejos de ser la novela angular de Roth. Sin embargo, es un firme testimonio de lo que desde hace algunos años viene siendo la obsesión del novelista: el deterioro del cuerpo, las tribulaciones de la vejez y la reflexión aparentemente objetiva que solo se consigue con los años. Sus últimas novelas tienen como protagonistas a ancianos llevados a incómodos recuentos existenciales.

Termino esta reseña con una sentencia que ya la he escrito (pero condimentada para la ocasión): nadie puede dedicarse a la escritura de la novela si no ha leído a los autores decimonónicos, y es totalmente imperdonable pasar por alto el conocimiento de la obra total de Philip Roth, quien es hoy en día el escritor por excelencia en el mundo entero.

Editorial: Mondadori.

Nota: Esta reseña apareció el 18 de mayo en Siglo XXI.

Wednesday, May 07, 2008

LAGARTIJA SIN COLA, de José Donoso

El escritor chileno José Donoso (1924 – 1996) es autor de una obra que apunta a destilar, entre muchas cosas, muchísima frescura a las nuevas lecturas que hoy por hoy se realizan en torno a los escritores del boom latinoamericano, puesto que es tranquilamente uno de sus más insignes representantes, pese a que no se sabe el por qué jamás formó parte del cuarteto novelístico por excelencia, los caballitos de batalla que se encargaron de renovar con frescura y arrojo la lengua en castellano: Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar.

Donoso es autor de librazos como EL OBSCENO PÁJARO DE LA NOCHE, CORONACIÓN, EL LUGAR SIN LÍMITES, TRES NOVELITAS BURGUESAS y muchísimos más. Gran parte de su producción se solazó en la escritura de novelas, las cuales tenían la característica de exhibir una atmósfera cargada de sensualidad y una exploración temática que se regocijaba en el sentimiento de culpa. No es extraño, entonces, pensar que lo que escribía llevaba entre líneas una férrea crítica que no solo englobaba a cierta aristocracia chilena ida a menos, sino que esta apuntaba también a la mercantilización de los “sagrados” predios del arte y la literatura. HISTORIA PERSONAL DEL BOOM es el libro en el que puede conocerse a Donoso en estado puro, un libro de memorias con el que nos topamos con una inteligencia y sensibilidad que deja de lado la crítica velada que vemos en sus ya afamadas novelas, y por el que podemos entender la razón de la escritura de la novela LAGARTIJA SIN COLA y el por qué la abandonó, dejándola en su condición de borrador, la cual fue rescatada por su hija Pilar de los archivos personales que su padre vendió a la universidad de Princeton.
La presente edición de esta novela recayó en el reconocido crítico y excelente narrador peruano Julio Ortega. Vale anotar que Ortega es una persona que siempre ha desbordado entusiasmo por el boom latinoamericano, prácticamente los mejores trabajos sobre este fenómeno literario (y por qué no decirlo, también mercantil) se los debemos a él. Como bien se señala en el prólogo de esta novela, Donoso “eliminó varias páginas del comienzo, tachó unos párrafos luego, anotó algunas indicaciones, enmendó pocas frases y corrigió una que otra palabra. Buena parte del libro quedó sin corregir, en su estado de primera redacción”. Si uno leyera este prólogo, pues no sería sospecha pensar que estamos ante un proyecto fallido, sin embargo, a la luz de lo que se lee, no fue así, lo cual llevará a más de uno a preguntarse el por qué Donoso la dejó… Muchos se inclinan por la idea de que el chileno decidió abandonarla para abocarse a temas más acordes con el imaginario de su país. LAGARTIJA SIN COLA data de 1973, y basta tener en cuenta esta fecha para darnos cuenta de que se trataba de los años más fecundos de su producción, cosa que no hace otra cosa que no sea la de engrandecer la leyenda de su abandono puesto que es, a todas luces, una muy buena novela que nos reencuentra con una de las plumas del boom que goza de mayor frescura en las nuevas generaciones de escritores en castellano.
Armando Muñoz-Roa es un viejo pintor anacoreta que vive un auto exilio voluntario en un departamento de Barcelona. Desde su refugio marca una distancia con la sociedad, a la que en no pocas páginas del libro la califica de obsoleta y liviana. La novela, narrada en primera persona, puede ser leída también como un gran monólogo que se inmiscuye en la percepción, hoy en día ingenua, del sentido romántico del arte. De joven, Muñoz-Roa perteneció al movimiento informalista, del cual, a decir de no pocos, él era el que mayor dotes plásticas tenía y por ende era el de mayor proyección. Sin embargo, abandona todo, rompe con el movimiento cuando sabe que este empieza a ser carcomido con las leyes del mercado que desacralizan el genuino sentido que debería tener una labor artística, se decepciona de la poca entereza ética de sus compañeros de ruta incapaces de mantener firmeza interior ante las propuestas que les llegan de las principales galerías de Europa. Es por ello que Muñoz-Roa nos cuenta el cómo decidió a vivir al pueblo rural de Dors, el cual tiene casas de piedra que terminan por seducirlo. La llegada a Dors la hace en compañía de su prima, amiga y mujer Luisa, pero él es quien decide quedarse, tiene la idea de pasar el resto de su vida en ese pueblo aún no contaminado con los deshumanizadores avances del progreso. Los enfrentamientos con los pobladores del pueblo empiezan a darse cuando nota que algunos, los más influyentes, quieren convertirlo en un foco turístico que no tiene como fin el bienestar colectivo sino los pecuniarios intereses personales, lo cual asienta más el ya evidente desarraigo existencial de Muñoz-Roa.
Muñoz-Roa es una suerte de Pigmalion. De allí a pensar en un reflejo de lo que fue Donoso en vida no hay mucha distancia. LAGARTIJA SIN COLA contiene los grandes móviles de su poética, la cual se permitió tocar los tópicos más renuentes, regocijándose, por sobre todo, en la sensualidad de la palabra, en la búsqueda de la utopía que no tarda en estrellarse con la vil realidad y en la amoralidad de los placeres de la piel.
LAGARTIJA SIN COLA no está a la altura de las novelas antes mencionadas, sin embargo es menester manifestar que es extraordinariamente buena, lo cual nos una idea clara de la grandeza de un narrador a quien es preciso leer para disfrutarlo y aprender…Ahora, me permito una sospecha: Donoso fue un hombre de envidiable dimensión de trabajo, si su hija encontró esta novela en Princeton, pues no sería una locura pensar que deben existir otras que nos permitan conocer más de un escritor que lamentablemente no tuvo los reconocimientos justos en vida, y si estas obras existieran, pues queda más que demostrado que el llamado a cuidar de esas ediciones es Julio Ortega, lo hecho con esta novela es un claro ejemplo de la pasión y admiración canalizadas a través del rigor generoso.
Editorial: Alfaguara.
Nota: esta reseña apareció el 7 de mayo en Siglo XXI.

Thursday, April 24, 2008

ÍNDICE DE LA NUEVA POESÍA AMERICANA, de Hidalgo, Huidobro y Borges

No hay estudiante de Literatura que alguna vez no haya escuchado, de algún catedrático experto en poesía, sobre esta antología secreta, tan mentada, y a la vez tan poco leída. Esta pertenece a la leyenda negra de los libros fantasmas, que uno escucha con deleite, y que en más de una ocasión justifica juergas interminables en bares sin nombre cerca de la universidad (con catedrático experto en poesía como anfitrión). Es que el ÍNDICE… tiene todos los visos para ser catalogada como negra, y no muchos, con sospechas razonables, dudaban de su existencia, asociándola al capricho de los históricos voceros oficiales de la poesía (en todo el mundo): los borrachitos de cantinas alfombradas de acerrín. Nadie había visto la antología, pero esta estaba allí, presente en ausencia, ya sea por la magnitud de sus antólogos, poetas claves en el devenir poético latinoamericano; o por los nombres que en sus páginas podemos encontrar. Basta revisar la lista de poetas consignados para darnos cuenta de que este es el libro referencial poético por excelencia.

El polémico poeta peruano Alberto Hidalgo, fundador de la vanguardia peruana, se encontraba en 1919 viviendo en Buenos Aires. Era, como es de esperarse de alguien que hizo del panfleto un arte, un indomable bohemio que husmeaba la movida cultural en el centro artístico más estimulante de esa época. En Buenos Aires conoce a Borges, en ese tiempo el autor de “El Aleph” estaba muy entusiasmado con su onda “ultraísta” y entre cigarros y café acepta la propuesta de Hidalgo: realizar una antología que englobe las propuestas poéticas de vanguardia que estaban dándose en el continente de habla castellana. En el curso del acuerdo se suma el chileno Vicente Huidobro… Imagínense: tres poetas de renombre, encargados de la elaboración de la que aspira a ser la mejor antología del siglo. Pero el tiempo pasaba y las fricciones entre los tres empezaban a nacer, el peruano se queda mataperreando en la París latinoamericana, y el chileno y argentino, de la manito, se quitan a Europa, cruzan el charco en pos de mayores opciones, tanto literarias como personales.

Hay que ser justos, solamente Hidalgo es quien se encarga de la selección, setenta y dos poetas que mandaron sus mejores textos con muchísima incredulidad. Cuando el libro ya estaba listo, pues era necesario presentar el texto prologal, y después de algunos intercambios epistolares, se llega a la conclusión de que serían tres prólogos (vale señalar que las antologías se valen de sus prólogos, él éxito de estas yace en lo que en ellos se argumenta). Y siendo honestos, cada prólogo es digno candidato al premio del Capricho, llevado por la desmedida del ego y del exceso intelectual, prácticamente, cada uno hace alarde de su poética personal, sumado a que Borges y Huidobro ya estaban lejos, en sus procesos artísticos, de la primera intención de la elaboración de la antología: matar de una vez por todas al Modernismo…Los tres textos son pruebas fehacientes del auto-bombo o del auto-fellatio, siendo el de Alberto Hidalgo el más polémico, por su intención chocante (e irresponsable) como cuando justifica la ausencia de poetas bolivianos y paraguayos con argumentos tipo “…Bolivia no tiene representación en este libro debido a que en mis afanosos viajes por los mares del mundo no me he encontrado con sus costas. ¿Es que no existe? Del Paraguay sé que no existe ni de oídas la palabra arte. Allí solo se dan loros y yerbas mate. Prometo remendar las ausencias en futuras ediciones, si aparecen poetas por ahí, o si hay alguno que, demasiado tímido, no ha emprendido viaje a mi conocimiento”. Provocador, a todas luces.

ÍNDICE DE LA NUEVA POESÍA AMERICANA apareció en 1926, en Buenos Aires. Se editaron quinientos ejemplares, pero para ese año la vanguardia ya estaba en muere, nuevas propuestas eran las que llamaban la atención de los críticos y de los eternos borrachines de cantina. No hay un dato preciso del por qué esta no circulo como se debe, algunos barajan la idea de que se mandaron a incinerar, y los libros sobrevivientes fueron a parar en las esquinas de olvidados anaqueles de bibliotecas particulares. Y como el boca a boca es el mejor medio de difusión que puede tener un libro, este sonaba, más que nada por los nombres que en él figuraban, tales como César Vallejo, Leopoldo Marechal, Pablo de Rocka, Nora Lange, Pablo Neruda, Juan Parra del Riego, Magda Portal, Juan José Tablada y muchos más (obviamente, también los tres antólogos).

Esta antología es histórica. Por ello, no debe dejarse de soslayar el esfuerzo de los editores peruanos Walter Sanseviero y David Ballardo en la apuesta por este rescate que termina por desmitificar las habladurías de su no-existencia. Esta es, bajo todo punto de vista, la mejor publicación para la lengua castellana, en lo que a poesía se refiere, de estos primeros años del siglo XXI. Valió la pena esperar poco más de ochenta años para tenerla en manos.

Editorial: SUR.

Nota: Esta reseña apareció el
24 de abril en Siglo XXI

Tuesday, April 08, 2008

"Muertos de amor", de Jorge Lanata

Jorge Lanata (Mar de Plata, 1960) es un reconocido periodista argentino. A los 26 años fundó el diario Página 12, fue conductor de diversos programas televisivos y hace poco volvió a fundar otro diario, Crítica. Se quiera o no, Lanata es una voz influyente en la prensa latinoamericana. Ergo, una verdadera vaca sagrada del mundo de las informaciones, pero ahora abordaremos su último libro, la novela “Muertos de amor”, publicada a fines del 2007.

“MA” intenta ficcionalizar los avatares del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), formado por el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, quien, en 1960, entrevistó en Cuba a Ernesto Guevara, el “Che”, quedando seducido por las ideas revolucionarias, tan caras en esos años. El “Che” nombra a Masetti como su Comandante Segundo, y este se embarca en lo que a todas luces parecía ser una empresa destinada al fracaso, pero como el aura romántica siempre funciona en los movimientos guerrilleros, los óbices no hacían sino que cimentar aún más el carácter de cambio en pos de la justicia social. Masetti, entonces, redacta una serie de comunicados que tienen el objetivo de encontrar eco en los campesinos argentinos de Salta, una zona marcada por la extrema pobreza y el olvido del estado.

La novela es corta, Lanata se vale de una serie de recursos narrativos como la epístola, el comunicado, la entrevista y el testimonio para engarzar la historia de estos revolucionarios desde distintos puntos de vista. En ella no encontramos una voz omnisciente, pero sí una atmósfera llena de pesadez y fracaso, así la empresa esté signada por la mejor de las intenciones. Y es en esta atmósfera donde encontramos la crítica feroz de la novela: la sin razón de las guerrillas cuando estas son acicateadas por el entusiasmo, cuando quienes quieren cambiar el mundo no encuentran el sustento de la intención insurgente: el apoyo del pueblo. Es por eso que a medida que vamos conociendo los “avances” de esta guerrilla, el enemigo paulatinamente deja de ser el cuco imperialista, y adquiere cuerpo a través de una suerte de desconfianza entre los mismos integrantes del EGP.

Muchos ya han señalado la prosa arrolladora de la novela. Como dije, el autor es un reconocido periodista que tiene como sello de garantía una escritura cargada de reflexión y claridad: noo se la hace difícil al lector, es de aquellos que llevan a la práctica el tan difícil arte de la compleja sencillez. Sin embargo, “MA” deja, por momentos, la sensación de ser una edición de lo que es un gran reportaje, e indefectiblemente, sin querer, se convierte en la gran traba de la novela puesto que la estructura que utiliza Lanata no tiene el componente estético como para ser calificado de literatura. Aunque sabemos bien que, a estas alturas, la discusión que se regodea en la delgada línea que separa al periodismo de la literatura es de por sí interminable, pero aun así no hay que dejar de consignarla.

Editorial: Alfaguara.

Nota: Esta reseña apareció el martes 8 de abril en Siglo XXI.

Friday, March 28, 2008

"El Conde de San Germán", de Leonardo Aguirre

Leonardo Aguirre (Lima, 1975), como ya lo he escrito en el artículo “La narrativa de L. A.”, en este diario, es uno de los jóvenes escritores peruanos más conocidos. Es autor de los libros de cuentos “Manuel para cazar plumíferos” y “La musa travestida”. El mentado artículo intentó explicar la poética de este escritor, teniendo como bases estas dos primeras publicaciones. Pues bien, ahora nos compete su primera novela, publicada a fines del 2007, titulada “El Conde de San Germán”.

“El Conde…” no nos ofrece una veta distinta a la ya recorrida por su autor: siguen los egos desmesurados de sus personajes, muy caricaturescos, por cierto; la apuesta formal; y el empleo de un feroz lenguaje artificial. En otras palabras, más, muchísimo más de lo mismo. Aguirre es el responsable de un proyecto narrativo que encadena toda su producción (hay un diálogo constante entre sus libros), tanto en estructura como en tema, y es imposible arriesgarnos a dar una opinión valorativa de su obra cuando con este tercer libro él no ha hecho otra cosa que la de seguir generando expectativa.

(Destaquemos este último aspecto puesto que hay quienes tienen, digamos, cinco libros publicados y siguen en las mismas. (Aunque es necesario decir que la literatura es como fútbol, nada está dicho hasta que te mueras.) Lo que fastidia es que existan ciertos narradorzuelos, dizque poetas y editores imaginarios que se arrogan cierta importancia cuando jamás en sus vidas han llamado la atención de la prensa, ni de la crítica.)

De Aguirre, como persona y escritor, pueden decirse muchísimas cosas, empero, lo que queda claro es que jamás ha pasado inadvertido, sus libros han sido comentados, reseñados, positivamente o negativamente, han tenido mucha resonancia; y su imagen ha estado de moda, por ejemplo: en el llanto de una escritora de novelas con tufillo de autoayuda que se quejó del maltrato literario del escritor (quien de vez en cuando la hace de crítico literario) vía televisión en hora punta; o como el haber recibido patadas y puñetes, en el auditorio de una universidad limeña, por parte de un escritor a quien no le gustó una reseña escrita por él.

Seguramente, se pensará que estoy cayendo en infidencias, en chismes, pero no consignarlo sería no destacar el motor, el acicate de todos sus libros, y en especial, estaría soslayando el alma de la novela “El Conde de San Germán”.

En “El Conde…” tenemos (para variar, hablando de egos desmesurados) a Leonardo Aguirre, el personaje, el protagonista, quien juega el rol de una suerte de Steve Coogan literatoso. El ficticio L. A. recibe en su refugio al reportero novato de una leidísima revista sabatina, a causa de la obtención un importantísimo premio literario. Para Aguirre, el autor, ya lejos de su rol ficticio de Coogan literatoso, este el pretexto idóneo para soltar toda la rienda en cuanto a los tejes y manejes del mundillo literario limeño, que si lo comparamos con otros ámbitos, pues no estaríamos ante una obra que adolece por su localismo, ya que en todo lugar, aparte de los libros publicados, siempre hay una historia oculta del por qué se premia a tal autor, del por qué determinadas reseñas y estafetas son descriptivas y otras no, del por qué se disfraza con los atuendos de las diferencias ideológicas, diversidades literarias y demás nomenclaturas las verdaderas razones de las distancias existentes entre grupos de escritores: mucha veces las causas son hormonales, y casi siempre obedecen a la más pura envidia.

Como dije líneas arriba, uno de los factores determinantes en esta peculiar poética es el uso de las estructuras, como nunca antes estas llegan a niveles vesánicos. La novela está compuesta por microhistorias al amparo de una suprahistoria que yace en el desenvolvimiento de un lenguaje artificial, falso, sin el cual, la novela carecería de frescura y contundencia.

En este aspecto, se refleja el manejo acertado al que ha llegado Aguirre en cuanto al andamiaje narrativo, muy superior a sus dos publicaciones anteriores. Sin embargo, se extraña muchísimo cierta “claridad” en el hilo argumental. Se puede apelar a toda clase de técnicas (recordemos que la novela, como género, ofrece libertad única), pero estas tienen que estar al servicio de un tronco argumental sólido, cosa que no se cumple del todo en “El Conde…” ya que hay varias microhistorias, a lo mejor acicateadas por el espíritu egocéntrico del autor, que reclaman protagonismo, y en algunos casos logran el cometido, reflejándose en el punto de quiebre de la continuación de la suprahistoria con contados, pero resaltantes, pasos en falso.

Obvio que una novela como esta saque roncha a no pocos, casi todos los personajes del mundillo literario limeño son parodiados, empezando por el ficticio L. A. No sorprende entonces que alrededor de ella exista un silenciamiento adrede, lo cual era de esperarse, pero lo que nadie negará es que a pesar de este óbice, la novela está en boca de muchos, o favorablemente o negativamente. En ese lado, Aguirre (el verdadero, no el Coogan) debe estar tranquilo porque lo peor que le puede pasar, ciñéndonos a su proyecto narrativo y a lo que él siempre ha mostrado de sí mismo, es que no se hable de lo que escribe, ni que no se tome en cuenta lo que haga o deje de hacer.

“El Conde…” es una novela divertida, hay pasajes cargados de humor corrosivo que nos recuerdan a no pocas páginas de “Manual para cazar plumíferos “, su mejor libro sin lugar a dudas. Y deja en la sensación del lector de turno de que lo mejor de Aguirre aún está por venir.

Editorial: Hormiga Editores.
Nota: Esta reseña apereció el 28 de marzo en Siglo XXI.

Tuesday, March 18, 2008

"Noches de cocaína", de J. G. Ballard

Esta es una reseña que venía aplazando desde hace varias semanas (o mejor dicho, meses). Cuando estaba a punto de mandarla, me topaba con la posibilidad de escribir sobre otro libro, no por ello más o menos interesante que este corrosivo trabajo de Ballard, “Noches de cocaína”.

Seguramente muchísimos asocien el nombre de este escritor desarraigado, en el pleno sentido de la palabra (nació en Shangai, de padres ingleses, y tras el ataque a Pearl Harbour toda su familia fue enviada a un campo de concentración japonés, tiempo después estudió en Cambridge, trabajó en Canadá y en la actualidad vive en Londres), con la adaptación de David Cronenberg de su novela “Crash”. Más allá de esta ligadura, pues es menester dejar por sentado de que estamos ante uno de los mejores novelistas de hoy, con una visión negra de la condición del hombre contemporáneo, la cual la ha canalizado en novelas de diversas temáticas, que mantienen un punto nervioso en la narración, con giros de contenido riquísimos, con personajes inclinados a la autodestrucción y atmósferas cargadas de tanatismo y sensualidad. Entre sus obras más conocidas tenemos a “Compañía de sueños ilimitada” (Premio British SF 1980), “Mitos del futuro próximo” y “La exhibición de atrocidades” (Premio Readercorn 1991), este último su mejor libro.

Seguramente, por el título de la novela que nos compete, se pensará que estamos ante un vivencial recuento de sexo, estupefacientes, noches interminables, mujeres lúbricas, hombres hormonales y demás. Pues bien, algo de eso hay, pero la novela es muchísimo más: Charles Prentice es un periodista que ve truncado sus viajes de trabajo para recalar en el balneario de Estrella de Mar, lugar habitado principalmente por ingleses que suelen pasar largas temporadas en medio de un paisaje idílico, y con harto tiempo para el ocio y la práctica de deportes. La razón de su llegada no es la escritura de una crónica o un reportaje. Se encuentra en ese lugar porque su hermano Frank está recluido en la cárcel a causa de la muerte de cinco personas en un pavoroso incendio provocado. Las investigaciones revelan que Frank no tuvo nada que ver en el siniestro, pero él decide autoinculparse ante la impresión atónita de todos.

Movido por este extraño comportamiento es que Charles se sumerge en el mundo diario de Estrella de Mar, y no demora en conocer a sus peculiares habitantes, quienes también están sorprendidos por la situación de Frank, y que a la vez hacen más de un intento por no revelar más del asunto a quienes quieran indagar. Pues bien, Charles, de a pocos, se topa con estos personajes signados por un acomodo vivencial envidiable. En esta línea tenemos a Bobby Crawford, personaje narcisista y fanático, en quien gira toda la trama de “Noches de cocaína”. Crawford es lo que podría llamarse una suerte de “la suma de todas las maldades”, por ello, es un imán de seducción andante que envuelve a todos los que directa o indirectamente han tenido contacto con él. Charles, para no despertar sospechas, decide interesarse por lo que Bobby quiere hacer para sacar del plácido marasmo a Estrella de Mar. La decisión parece ser acertada en un principio, pero sin darse cuenta, también es corroído, inconsciente e ingenuamente por lo que va descubriendo, en una suerte de viaje hacia los confines más tentadores, y en lugar de saber las causas que llevaron a su hermano a aceptar un crimen que no cometió, se adentra en las bases axiológicas que lo motivaron a ello, como si el aprovechamiento de un determinado acto del azar fuera más que suficiente para justificar algunas conductas que lindan con la vesania y el exceso…Esto es todo lo que puedo decir de la trama de la novela…

La narrativa de Ballard está sustentada en la despiadada introspección que realiza en sus personajes y en la creación de atmósferas que descansan en la descripción de los detalles, las cuales funcionan como símbolos, otorgándoles un por qué a situaciones que parecen anclar en la rutina de lo narrado. En “Noches de cocaína”, este par de cualidades son elevadas a la categoría máxima, en cada página podemos saber lo que sus protagonistas sienten y piensan: un video, unos zapatos, el color de un auto, las rayas de bikini de piel en una mujer, etc.

Sin embargo, lo que parece ser una virtud, en momentos llega a anclar la narración, por ello esta novela hubiera estado perfecta en cien o cientocincuenta páginas menos, pero un análisis más profundo nos permite concluir que el exceso en los detalles y la psicología es la única manera de poder sustentarla, llegándose a requerir del lector un “algo más” para seguir avanzando.

“Noches de cocaína” no está entre lo mejor de este gran escritor. Empero, esto no es un óbice para leerlo. La novela es muy buena por donde se la mire, y es casi un hecho de que su lectura nos llevará a indagar por lo anteriormente escrito. Lujo que solo se lo permiten los escritores de raza.

Editorial: Mondadori.
Nota: Esta reseña apareció el 18 marzo en Siglo XXI

Tuesday, February 26, 2008

"Interludio Azul", de Pere Gimferrer

Se supone que esta reseña iba a tratar de “Noches de cocaína”, del siempre corrosivo J. G. Ballard, pero creo que puede esperar una semana más, ya que por esos raros y placenteros momentos que solo te brinda el azar, llegó a mis manos, tal cual mismo Déjà Vu, el libro de uno de los más importantes orfebres de la palabra en lengua castellana, Pere Gimferrer (Barcelona, 1945). Y siendo honesto, pues había leído cosas sueltas de este escritor a quien más de un grande le ha derrochado elogiosos epígrafes.

“Interludio Azul” es un relato breve, que si bien no está en la parcela de la ficción, recoge mucho de ella en cuanto a técnica y estructura, el cual se alimenta en sobremanera del ensayo. Es también la crónica personal del autor de dos determinantes puntos de su vida, ligados en el amor por C., una mujer de la que se proyecta un oscuro y a la vez diáfano magnetismo, que lleva al letrado a verter todos los recursos por los que tanto se le conocen. Estos recursos son utilizados para el énfasis en lo que mejor sabe hacer Gimferrer: escribir del arte y la literatura, de aplicar el bisturí del la sapiencia para ofrecernos frescos realmente condimentados con lirismo apabullante, que seguro más de un lector de poesía debe de gozar, ya que es de lejos lo mejor del libro.

Las menciones de libros, películas y escritores están más que justificadas, y como en esta clase de textos signados por la memoria, no están ausentes los pequeños tributos, abiertos y soterrados, todos estos aspectos obedecen a un por qué, no flotan en el aire, en clara muestra de que “Interludio Azul” es por sobre todo el backstage de un proyecto que viene alimentando el autor a lo largo de los años, el cual deviene en el libro recopilatorio de poesía “Amor en vilo”, del cual se muestran pequeños avances, ya que tanto “I.A.” como ese libro de poesía son una especie de sidecar complementarios, llamados a leerse.

Gimferrer tiene como protagonista un lenguaje sedoso, sensual y altamente subliminal. Como no estamos ante una ficción, ni mucho menos ante un libro de memorias, podemos llegar a descubrir cuáles son los acicates, fobias y gustos del autor que en más de una página se esfuerza por ocultar, pero como buen letrado que es, sabe muy bien cómo mantener la atención del lector, y eso que se trata de un libro breve, pero la brevedad exige más que nunca de una muñeca idónea, consciente de lo que se tiene que escribir, cuidándose del peligroso desborde de sensaciones que, a fin de cuentas, cuando no se les sabe controlar, son los óbices más peligrosos que un texto de estas características puede tener.

“Interludio Azul” es un libro que encierra muchos libros, se presta a distintas lecturas, está llamado a ser diseccionado bajo el control de un prisma que deje sin escondite a los códigos que en este se dan con una facilidad hecha a propósito, pero bien cobijado por la cortina transparente de la sugerencia.

Para ser el primero libro de Gimferrer que leo, y uno de los últimos de su producción, la experiencia me ha dejado más que satisfecho. No solo porque estamos a un escritor dueño de sus facultades, sino que el talento natural está alimentado por una suerte de insana manía lectora que lo desembalsa en pos de un lector llamado a dejar la pasividad para ser actuante mismo de la narración. Cualidad que solo puede ser vista en quienes tienen la consciencia de que en su cabeza está muy bien asimilada la tradición de la que es deudor y que no contento con eso, es capaz de desprenderse de los recovecos insanos del oscurantismo temático, apostando por la claridad unida a la siempre estimulante y no por ello menos fácil compleja sencillez.

Editorial: Seix Barral.
Nota: Esta reseña apareció publicada el 26 de febrero en Siglo XXI.

Tuesday, February 19, 2008

"El cielo de Capri", de Marco García Falcón

Cuando se dice que la literatura peruana está atravesando un momento de gran expectativa, no estamos hablando partiendo de los reconocimientos literarios que últimamente tienen escritores como Alonso Cueto, Daniel Alarcón o Santiago Roncagliolo. O sea, no es para nada un hecho aislado, sino que este buen momento tiene una base en la producción que se da en el mismo Perú.

Desde el 2000 han aparecido narradores que han sabido patentizar sus apuestas literarias amparándose en un par de bases claves: talento y formación. A estas alturas no es una locura calificar a esta nueva camada como la mejor en los últimos cincuenta años.
Uno de esos nuevos narradores, a boca de muchos el mejor, es Marco García Falcón (Lima, 1970), autor de “París Personal” (2002), delicioso libro de cuentos que está llamado a ser uno de los referentes imprescindibles cuando en un par de años se realicen los balances del decenio. Este libro obtuvo muy buenas críticas, y el favor del público se patentizó en la justa reedición.
Cuando un joven narrador recibe esta clase de comienzos, por lo general se espera una próxima segunda entrega aprovechando el interés generado. Sin embargo, García Falcón se tomó su tiempo, se hizo esperar, y valió la pena porque su segunda entrega no solo confirma la impresión de “París Personal”, sino que es un evidente paso adelante en su narrativa.
“El cielo de Capri” es una novela corta de estructura compleja y devenir clásico, pero la complejidad no se siente gracias a la prosa limpia y hechicera de la que el autor hace alarde. Un viejo profesor de literatura nos cuenta el viaje realizado con su esposa Sofía a Europa para conmemorar sus 35 años de matrimonio. También nos relata el cómo Sofía y él se conocen de jóvenes y superan los escollos del padre de ella, un militar que los persigue en una suerte de “road movie” por el norte peruano.
Una de las cosas que se suele decir con respecto a las novelas cortas es que esta tienen que cumplir un riguroso espíritu de relojería. Cada detalle debe tener una razón y la narración debe gozar de un ritmo sostenido. “El cielo de Capri” cumple esta ley, pero hay un algo más: la combinación de reflexiones literarias con el tópico amoroso. Y en este aspecto la concepción de los personajes sirve como buen punto de quiebre cuando estas reflexiones dan la impresión de extenderse más de la cuenta. Es allí cuando te das cuenta de la destreza del narrador, del buen manejo del pulso narrativo y su trabajo en el perfil de los protagonistas (sin contar la sugerente descripción de los escenarios en los que se desarrolla esta peculiar historia de amor). Harto difícil escribir del amor en estos tiempos, y mil veces complicado llevar los proyectos sobre este tópico a un buen puerto.
Vale anotar que desde hace un buen tiempo, la nueva narrativa peruana está experimentando una serie de divisiones temáticas y estilísticas que afianzan aún más su variedad. Para aligerar la tarea, se la viene dividiendo hasta el momento entre escritores vitalistas y metaliterarios. Como la primera acepción ya es harta conocida o al menos puede intuirse de qué va, es menester explicar lo más brevemente posible el segundo criterio.
Lo metaliterario tiene que ver mucho con aquellos escritos que se alimentan de la literatura misma, de libros sobre otros libros, del proceso creativo del escritor, de las influencias directas o indirectas; apelando siempre a una serie de experimentaciones verbales o formales. Ejemplo: Italo Calvino, Enrique Vila Matas, Claudio Magris, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia, Juan Manuel de Prada, etc. Sin embargo, abordar esta opción no es tan fácil como suena. No es lo mismo poner como protagonista a un escritor X y dar una lista interminable de libros y autores para hacer que el escrito sea una obra que pueda catalogarse como metaliterario. Cuando esto pasa, el aire de falsedad salta irremediablemente y, hay que decirlo, sin piedad.
Lógicamente que esta dicotomía tiene para largo en su discusión porque no se trata solo de un hecho que ocurra en Perú. Lo cierto es que todos los libros se alimentan de la vida misma y de lo que se lee. Nadie escribe de la nada. En “El cielo de Capri”, los recursos usados, ya sean reflexiones, citas, libros y autores obedecen a un por qué, no están por el mero hecho de adornar la historia y reforzar la condición de escritor de su protagonista.
García Falcón con “El cielo de Capri” se afianza como el mejor prosista peruano de su generación. Experiencia vital y lecturas en esta deliciosa novela que mezcla a la perfección el estilo y el asunto. Y es de hecho la mejor novela de tendencia metaliteraria, si es que la situamos en esta nueva producción narrativa, y una de las mejores novelas de corte amoroso en los últimos veinte años en Perú.
En lo personal, me hubiera gustado que el autor desarrolle más la historia de los entonces jóvenes amantes que huyen en un viejo bus al norte del Perú. Empero, este gusto de lector no impide reconocer la excelente calidad de “El cielo de Capri”, esperadísima novela que deja a los lectores con la sensación de que valió la pena esperar cinco años. Y esto es algo que solo lo generan los escritores de verdad.
Editorial: Revuelta Editores.
Nota: esta reseña apareció el 19 de febrero en Siglo XXI.

Saturday, February 02, 2008

"Adiós, Hemingway", de Leonardo Padura

Vi esta novela en los estantes de la librería El Virrey. La sensación de ánimo se multiplicó más de lo que podía imaginar. Y como se podrá colegir, no ubicaba del todo al autor, el cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955), a lo mucho había escuchado de él en alguna conversa, pero sí el nombre de ese grande en la portada del libro. Así es que llevándome por la admiración por Hemingway, fue que decidí llevarme esta novela.

Son muchos los libros sobre este legendario escritor. Biografías, ensayos, novelas y estudios críticos que tienen a su vida y poética como hilo conductor. Y la obvia pregunta salta puesto qué es lo que se puede ficcionalizar de Hemingway, cuando todos, en mayor o menor medida, tenemos nociones de lo que él fue.

“Adiós, Hemingway” es una novela policial inscrita en la tradición de la novela-enigma con algunos condimentos del hard-boiled. Pero lo más destacable es que se trata de un libro escrito en clave de homenaje, movido por la pasión de querer saldar deudas literarias, en este caso del narrador cubano.

Ambientada en el 2001, en plena Habana no suscrita a las postales, tenemos a Mario Conde, un teniente investigador retirado de la policía que se gana la vida vendiendo libros de segunda mano. Confeso lector y escritor relativamente frustrado porque una de las razones que lo llevó a abandonar las fuerzas del orden fue la de dedicarse a escribir.

La vida de Conde parece estar marcada por la rutina. Hasta que un día, en un bar, recibe la visita de un policía amigo que le comunica que han descubierto los restos de un cadáver en Finca Vigía, propiedad que ocupó el escritor norteamericano en su estancia habanera. La noticia de un posible asesinato cometido por Hemingway, a cuarenta años de su suicidio, lleva al teniente retirado a intentar esclarecer el enigma, con el aditivo de que al lado de los restos también se ha encontrado una chapa del FBI.

¿Qué es lo que sostiene a esta novela cuando su trama parece no ser muy atractiva? Pues lo mismo que caracteriza a todas las buenas novelas policiales: la concepción de la fisonomía moral de sus personajes. En este caso, las palmas se las llevan Conde y los obreros, ahora longevos, de Hemingway, el Papa (sin tilde), que obedecen a los nombres de Ruperto, Calixto, Tenorio y Raúl, quienes estuvieron con el Papa la noche que dieron muerte al agente del FBI, en octubre de 1958.

A través de lo que va recopilando, Conde va recreando los últimos años de Hemingway, de sus paseos por La Habana, de sus obsesiones, reyertas y amores. Vale recalcar la escena del romance de Papa con Ava Gardner y de sus ansias por querer completar lo que llevaba escribiendo pero que no podía a causa de un bloqueo creativo con tintes de modorra y agotamiento cerebral a causa de los tratamientos psiquiátricos a los que fue sometido. En este aspecto Padura no cae en el juego de pintarnos a un Hemingway en todo su esplendor, sino que lo muestra tal cual fue: arrogante, envidioso, bebedor y muy fiel a sus obreros.

En la recreación de los últimos años de Hemingway es que podemos tener una idea clarísima del potencial de Padura. Son hechos ya conocidos, muchas veces relatados, pero es precisamente en volver a los acontecimientos incrustados en el imaginario de la tradición, dotándoles de una nueva mirada verosímil, donde vemos la vena narrativa del cubano, quien no contento con ello, hace gala de un tributo al norteamericano empleando las técnicas narrativas que tanta la gloria le dieron: la técnica del Iceberg.

Lamentablemente, las pesquisas que Conde va acumulando no está entre lo mejor de la novela, pero esto es salvado por los diálogos muy bien hilvanados y los giros narrativos que llevan al lector de turno a no saltarse las páginas.

Como dije, líneas arriba, no conocía la obra de Leonardo Padura, pero como se dice en la introducción, Mario Conde es personaje de toda una saga de novelas policiales que gracias a “Adiós, Hemingway” se ha convertido desde ya en una búsqueda personal que espero completar en el curso de las próximas semanas.

Para los amantes del policial y admiradores de Hemingway, esta novela es, sí o sí, una lectura imprescindible.

Editorial: Tusquets.
Nota: la reseña apareció el 2 de febrero en el diario Siglo XXI.

Thursday, January 10, 2008

"Palacio Quemado", de Edmundo Paz Soldán

Hoy en día no hay país en Sudamérica más convulsionado que Bolivia. Es harto conocido los problemas políticos y sociales por los que este atraviesa, pero esta realidad, obviamente, no es de hace poco. Prácticamente viene desde su fundación como país, la cual se asentó en La Guerra del Pacífico al perder su salida al mar. Es por eso que cuando hablamos de Bolivia tenemos que hacerlo con mucha delicadeza porque la posible solución a sus problemas son realmente complejos bajo todo punto de vista.

La historia, la sociología, la antropología y la política se han encargado de decodificar a esta sociedad marcada por la injusticia, el resentimiento y la impunidad. Sin embargo, por su carácter unilateral estas disciplinas no pueden adentrarse y diseccionar la problemática desde adentro, y su punto de discusión casi siempre está concentrado en allegados a las respectivas materias.
A riesgo de equivocarme, sólo la ficción puede coger por las astas un conjunto social y explicarlo a través de personajes dotados de una mirada propia, por lo tanto, divergente. Ejemplo de esto lo tenemos en novelas que han abordado la problemática de gobiernos inestables en Sudamérica como “Conversación en La Catedral” de Mario Vargas Llosa, “Yo, el supremo” de Augusto Roa Bastos, o la bella y extraña “El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez.
En “Palacio Quemado” del boliviano Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) tenemos al historiador Óscar, quien entra a trabajar a la sede del gobierno boliviano conocido como Palacio Quemado. Su trabajo consiste en escribir los discursos del presidente Canedo de la Tapia. En principio, su labor parece fácil, él puede redactar sin ningún inconveniente lo que el presidente quiere hacer saber a una población exaltada, puesto que se están viviendo muchas reyertas y revueltas alrededor de qué es lo que se va a hacer con las reservas de gas y su salida por Chile.
Óscar entabla contacto con las personas que trabajan muy de cerca con el presidente en la toma de decisiones, tales como Mendoza y el Coyote. Es a través de ellos que él va sintiendo (y asimilando) las aguas turbias de los intereses existentes en la política. Cobijarse de cinismo es la mejor opción, sin embargo, él se adentra más en esos recovecos cuando conoce a Natalia, que también labora en la casa de gobierno. Con ella, Óscar vive una intensa relación basada en el sexo, cariño e interés personal (el de ella, porque está obsesionada con venderle chalecos antibalas al gobierno, de esa transacción ella sacará una muy buena ganancia, y no demora en pedirle a Óscar que interceda ante una posible investigación).
Palacio Quemado es también el lugar donde el hermano mayor de Óscar, Felipe, se suicidó 30 años atrás. Y es por medio de este suceso que él se ve arrojado a averiguar las razones de tal decisión. Llegar a esa verdad nos pone en primer plano el cómo y qué piensa la clase de abolengo boliviana ya que el protagonista es hijo de ella.Una novela que no se presta a emitir juicios, simplemente tenemos personajes que tienen las mejores de las intenciones por cambiar el país pero que son incapaces de hacer algo medianamente significativo por este. Como si vivieran en el consuelo del “hubiera”, recalcando el problema coyuntural en la responsabilidad de “los otros” (el pueblo).
Como solamente ocurre con los buenos libros, “Palacio Quemado” es de aquellos que pueden ajustarse a diferentes lecturas; sin embargo, en lo que respecta a lo literario, que es lo que nos importa, la novela no cae en ningún momento, las descripciones de la histórica casa de gobierno y el perfil de los protagonistas están muy bien delineados, lo cual nos lleva a no sentir un ritmo impostado ni mucho menos premunido de lugares comunes. La verosimilitud está por demás garantizada. A esto sumémosle la estructura: su riqueza yace en su compleja sencillez, que en honor de la verdad, es muy difícil de lograr.
A lo mejor, lo que sí se puede extrañar es la poca atención a los perfiles de los personajes secundarios, que pertenecen al pueblo, a esa gran población andina que coloca contra la pared a Canedo de la Tapia. Sin embargo, es menester destacar los pasajes en los que Óscar le ruega a Alicia, su empleada, de que se quede en su departamento puesto que su ausencia sería un choque emocional para su hijo Nico. ¿Por qué la sirvienta decide dejar de trabajar? Pues porque ella se entera que Óscar trabaja en estrecha relación con el presidente, de quien salen las órdenes represoras contra las manifestaciones del pueblo, al cual, evidentemente, ella pertenece.
En la novela hay muchos encuentros y desencuentros, pero el acabado de mencionar refleja el espíritu de sus páginas. Es una mezcla de indignación, odio, venganza, perdón, justicia y reconciliación. Tal y como se dijo líneas arriba, este libro está sujeto a diversas interpretaciones, pero las mismas no despertarían el más mínimo interés sin la irrefutable verosimilitud de lo que se cuenta. Sumado al hecho de que es la primera vez que el autor ambienta un libro en La Paz, ergo, fuera de Río Fugitivo, su ciudad literaria.
Edmundo Paz Soldán nos ha entregado una extraordinaria novela. Esta es su novela, la mejor de todas. Con “Palacio Quemado” se consolida como uno de los mejores escritores de todo el imaginario de la lengua castellana.
Editorial: Alfaguara.
Nota: Esta reseña apareció publicada el 10 de enero en Siglo XXI.

Thursday, January 03, 2008

"Crisis respiratoria", de Susanne Noltenius

Por más que lo intento, siempre termino alargando distancias. Me refiero al género literario más difícil de concebir: el cuento. Si ya es toda una odisea empezarlo, mucho más duro es terminarlo, y no sólo eso, sino también lograr que el cuento sea cuajado, bueno, que termine quedándose en tu memoria.

Pues bien, confieso que después de muchísimo tiempo que no me topaba con cuentos como a mí me gustan. En una época signada por la experimentación formal y las elasticidades de la palabra, no deja de ser grato toparse con argumentos bien hilvanados e interesantes, de estirpe clásica y tradición. Esto y mucho más puede leerse en “Crisis respiratoria”, de la peruana Susanne Noltenius (Lima, 1972).
El gran hilo conductor de este libro no es más ni menos que la cotidianidad, la misma que se traduce en innumerables puntos de quiebre a lo largo de los argumentos. Los puntos de quiebre son necesarios porque como el cuento, como tal, es complicado, necesita de respiros para refrescar la historia que se relata. Y es justo decirlo, saber aplicar los puntos de quiebre no lo hace cualquiera, para ello se necesita de dos factores imperecederos: talento e inteligencia, puesto que como se narra desde los mínimos detalles, hay que tener cuidado para no ser presa de los lugares comunes que por lo general suelen jugar una mala pasada a más de uno. Por ello, Noltenius sabe bien lo que hace, como si de antemano tuviera una especie de storie board como base.
La mayoría de los cuentos son protagonizados por mujeres que, digámoslo de una forma, lo tienen todo. Sin embargo, dentro de ese mundo acomodado es que pueden resaltarse más los dramas y traumas que ellas encierran, en un claro manifiesto del estilete de la introspección llevado sin reservas hacia finales cerrados o abiertos. Noltenius nos entrega de esta manera, personajes inolvidables, situaciones cargadas de ternura y encuentros no menos que desgarradores, tal y como se deja ver en cuentos como “Escenas de circo”, “Un vaso de whisky”, “Crisis respiratoria”, “El viaje”, “Al pie del volcán” y el extraordinario “Tsunami”.
Ningún libro nace de la nada, y más allá de la experiencia vital que este libro encierra, pues es menester destacar las influencias que he podido percibir ya que es notoria la impronta de Lorrie Moore y Raymond Carver, o sea, contenido y estilo del que posiblemente el libro “Crisis respiratoria” es deudor.
Por otro lado, me gustaría señalar un par de cuentos porque con ellos sí puedo rastrear lo que posiblemente Noltenius escriba en el futuro. Tanto “Manos en la nieve” y “El lenguaje de las flores” son novelas atomizadas disfrazadas de cuento. Si fuera así esta percepción, pues creo que la autora puede estar pergeñando una muy buena novela de largo aliento.
Todo libro tiene reparos, y este no es ajeno a las inevitables falencias, pero estas no están en la parcela del defecto, sino en el mismo tratamiento, en algunos casos los cuentos son muy cerebrales, marcados por el paso fijo, con la medición de los sentimientos. Aún así no dejan para nada de ser apreciables.
La historia de “Crisis respiratoria” como conjunto es peculiar. Es de esos libros que ha tenido la mejor propaganda: el boca a boca. Y recordemos que, más allá de lo que se pueda decir en una entrevista o lo que un crítico pueda “dictaminar”, no existe mejor espaldarazo que aquel ofrecido por un lector satisfecho. Por ello, no me sorprendió que el libro haya agotado su primera edición vertiginosamente y que ahora circule en una edición de bolsillo que ya muchos quisieran tener.
Es que Noltenius es una narradora de asunto. Su proyección tiene como base la sencillez de su propuesta. Para ella, el lector es fundamental, y escribe pensando en ese probable o improbable curioso por historias, y quienes la hemos leído, pues no dejamos de estar más que agradecidos con ella.
Editorial: Estruendomudo.
Nota: esta reseña apareció publicada el 3 de enero de 2008 en Siglo XXI.

Monday, December 17, 2007

Diez años de "Pastoral Americana", de Philip Roth

Este 2007 que se nos va ha sido un año fecundo. Hemos tenido como fiesta letrada por excelencia la conmemoración de los cuarenta años de la publicación de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Sin embargo, como que a no pocos se les ha pasado la celebración, o, por lo menos el recordatorio, de la mejor novela de quien para muchos, y para mí, es el mejor novelista en el mundo hoy por hoy, el norteamericano Philip Roth (New Jersey, 1933).

- Oye, Gabriel, ¿por qué no reseñas un libro de estos años? – Me preguntará un fiel lector o lectora del diario.
Digamos que la pregunta tiene mucho asidero. Parte de la regularidad de las reseñas que presento tratan de abordar libros que por esas injusticias de la vida pasan desapercibidos en los diarios gracias a ese morbo llamado “la inmediatez”. Más que nada, mis reseñas, en su gran mayoría, están abocadas a libros de otras lenguas, parajes y tradiciones. Sólo tengo un requisito: que el libro sea bueno y que me guste, lo cual no es lo mismo a que no me guste y el libro sea bueno. Desplegar objetividad se ha vuelto una costumbre más que edificante.
Me encontraba resaltando los apuntes de “Cartas del norte”, de Luis García; y “Noches de cocaína”, de J. G. Ballard; cuando me di con la sorpresa de que un lomo grueso me miraba y miraba. Esto suele pasarme con los libros, pero este lomo tenía una peculiaridad: estaba casi tapado por otros libros, de lomos igual de gruesos, pero que a la vez tenían a Philip Roth como autor. Me acerqué al lomo en cuestión, lo revisé, las hojas exhibían más de un trazo o nota a pie de página que reflejaba mi capricho. Decidí leer las diez primeras páginas, pero no pude resistir la tentación de quedarme horas y horas, seguidas, sin levantar la cabeza, sólo con intervalos para tomar agua o prender un Marlboro, hasta llegar a la última página de esta novelaza llamada “Pastoral Americana”.
“Pastoral Americana” está compuesta por tres grandes capítulos: “Paraíso recordado”, “La caída” y “Paraíso perdido”, los cuales son cruzados por nueve extensos capítulos que en lugar de cerrar los tres capítulos permiten la sucesión de hechos en torno al protagonista Seymour Levov, “El sueco, abordado por el personaje fetiche de Roth, el escritor Nathan Zuckerman, presente también en las novelas “La mancha humana” y “Me casé con un comunista”, las cuales forman una trilogía en la que se disecciona a la clase media norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Obviamente, si alguien pretende escribir novelas, pues la lectura de esta trilogía es de por sí inevitable, puesto que ésta ofrece una tradición personal que engloba distintas tradiciones, una ruptura temática y estructural que no descansa en la nada, sino que se nutre a partir de la asimilación de la novela decimonónica, la cual es, a todas luces, el siglo de la novela por excelencia.
Roth en “Pastoral Americana” nos pinta al anciano Seymour Levov, este hombre lo tiene todo: de joven fue admirado, sigue siendo envidiado por sus enemigos, le fue muy bien en el negoció que heredó, se casó con la mujer de sus sueños, etc. Sin embargo, Zuckerman, apelando a su mirada inquisitiva, descubre que este “hombre modelo” esconde un trauma emocional: su hija Meredith es una terrorista buscada por la policía.
Es a través de este trauma que Roth disecciona lo que la sociedad norteamericana siempre se empeña por esconder, y en la que paradójicamente no duda en mostrar de forma “involuntaria”: la doble moral, la cual está muy bien detallada en el capítulo “La caída”, el cual es el más largo, por momentos asfixiante por el derroche de Roth por las descripciones detalladísimas, comprendido por los capítulos del 4 al 6.
Últimamente se están reeditando todas las novelas de Philip Roth, la tarea la ha emprendido Seix Barral. Roth es un autor de un nivel parejísimo y, pese a su estado de salud y avanzada edad, continúa entregando libros no menos que deliciosos. Sin embargo, no se puede tener una idea clara de su narrativa si se pasa por alto a “Pastoral Americana”. Como se sabe, hay escritores de obra constante y sólida, pero estos tienen obras mayores, la que condensa mejor su propuesta narrativa. Así como García Márquez tiene su “Cien años de soledad, Vargas Llosa su “La guerra del fin del mundo”, Cormac McCarthy su “Meridiano de sangre”, Thomas Pynchon su “Arco iris de la gravedad”, pues Roth tiene su “Pastoral Americana”.
Todo indica que “Pastoral Americana” llegará a las salas de cine en 2009. La tarea la emprenderá el cineasta australiano Phillip Noyce, con relativa experiencia en adaptar novelas al cine. Esperemos, o mejor dicho, rogamos, que Noyce esté a la altura de tamaña empresa.
Estuve a punto de no escribir este artículo. Al parecer los responsables de la edición de “Pastoral Americana” que tengo, Punto de Lectura, se “emocionaron” de tal manera que consigan el año de publicación el de 1968. No pues, se publicó en 1997 y tuvo su primera traducción al castellano en 1999.
Este artículo fue publicado el 17 de diciembre en Siglo XXI

Tuesday, December 11, 2007

"Algo que nunca serás", de Guillermo Niño de Guzmán

Si tengo que rendir cuentas con mi condición de reseñista que sólo escribe de libros que le gustan, pues se lo debo íntegramente al escritor peruano Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955). A Niño de Guzmán lo leo desde siempre, y es por medio de lo que él escribe sobre literatura que aprendí lo que es el rigor generoso.

Basta citar los libros “Caballos de medianoche” y “Una mujer no hace un verano” para darnos cuenta de que su género natural es el cuento. A la fecha, estos títulos son de una referencia obligada para todo aquel que desee saber cómo va este género en Latinoamérica. Niño de Guzmán tiene la sana costumbre de sólo presentar a la imprenta libros cuajados, por ello, no es nada raro que los títulos mencionados hayan sido publicados en las décadas del ochenta y noventa, del siglo pasado, respectivamente. No exagero si cuento que conozco a más de uno que se siente sumamente agradecido con “Caballos de medianoche”, el cual es, hoy por hoy, un clásico de las letras peruanas.

Hace unos días salió a la venta su tercer libro de relatos, “Algo que nunca serás”, lo que significa todo un acontecimiento signado por una actitud que veo pocas veces: la solidez del libro, muy lejos de la inmediatez en la que parecen estar imbuidos muchos narradores con tal de estar presentes en la boca de todos, muchas veces ofreciendo libros patentados por la falsedad.

Con este tercer libro de relatos, el autor comprueba el por qué el cuento debe tomarse su tiempo para cuajar, como el buen vino que adquiere calidad bajo la supervisión del tiempo. Los nueve cuentos de “Algo que nunca serás” se dejan leer de manera lineal y clara, pero a diferencia de sus dos libros anteriores, estos tienen la característica de la búsqueda de nuevos tópicos relacionados a la categoría de lo fantástico, pero que parten de la ambigüedad sensorial caracterizada por las alucinaciones y el desequilibrio. Por ello, es posible toparnos con relatos como “La cometa”, “Historia del Zoo”, “Montblanc” y “El desierto celeste”, donde lo que “no es” termina siendo cierto, en clara sintonía con el pulso de desazón de sus personajes, la mayoría de ellos arropados de una fortísima impotencia existencial de la que parecen no poder salir. Como también abordar la realidad cotidiana con finales inesperados, como sucede con “Sombras nada más”, “Café y cigarrillos” y “Desnudos”; y claro, lo autobiográfico en “Viejo ángel de la medianoche”, y una veta temática poco explorada sobre el autor de “El Aleph” en “La vida sexual de Borges”.

Pueda que suene un tanto contradictorio, o sea, celebro a más no poder la publicación de este libro que reafirma mi fanatismo por este autor, pero tampoco puedo pasar por alto que después de más de diez años sin publicar, hubiera sido perfecto que el presente volumen tenga tres o cuatro cuentos más.De los títulos de “Algo que nunca serás”, pues difícilmente abandonarán mi memoria “La vida sexual de Borges”, “Historia del Zoo”, “Sombras nada más”, “Desnudos” y “Viejo ángel de la medianoche” (el mejor de todo el libro, en éste vemos un genuino viaje a los infiernos del autor cuando visitó San Francisco y conoció a los poetas Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti, insignes representantes de la famosa Beat Generation).

Dicen los entendidos en cuento, que dicho sea, es el género más difícil de amalgamar, que un libro de relatos se justifica cuando tiene uno o dos de buena factura. Pues bien, el presente libro tiene más de … En líneas generales, tremendo librazo. Certero y contundente.

Guillermo Niño de Guzmán es responsable también de un par de libros que me han servido de joven como bitácoras de lecturas: “En búsqueda del placer” y “Relámpagos sobre el agua”, en estos es patente la pasión del autor por los autores que lo han marcado. Pasión que sólo debe tenerse con los libros que valen la pena, puesto que ésa es la mejor manera de afianzar un compromiso sólido con la literatura.

Editorial: Planeta.

Nota: Esta reseña salió publicada el 11 de diciembre en Siglo XXI.

Monday, December 03, 2007

"Ella y La orgía perpetua", de Ana Muñoz de la Torre

Como se podrá colegir, en la literatura no hay parcela que brinde mayor libertad que el formato de la novela. En ella podemos amalgamar lo que parece estar perdido, ya sea a razón de un carente hilo argumental, como casi siempre sucede en quienes se atreven a escribir en este género. Es por eso que resulta tan apasionante como sumamente arduo.

En la novela “Ella y La orgía perpetua”, Ana Muñoz de la Torre nos presenta a “Ella”, personaje que nominalmente nos remite a un constructo singular pero que al mismo tiempo tiene la riqueza de que a través de su nominación pueda representar a “todas” por igual, porque “Ella” es tierna, vesánica, sensual, traviesa, alegre, triste, enamoradiza, etc., o sea, engloba lo que es imposible asir en una sola voz, sumado a que cada situación que nos cuenta o, mejor dicho, susurra, lo hace a través de perfiles o “viñetas” que encierran una situación en particular, con finales abiertos o cerrados, en un regodeo existencial por el detalle.

¿Y “La orgía perpetua”? Pues “La orgía perpetua” es la vida misma, aquella que nos presenta innumerables sucesos que pierden esencia y sabor si uno se atreve a darle una lógica, una razón de ser que justifique su curso. “La orgía perpetua” es el crisol del que “Ella” se nutre, haciendo suyo lo que su impulso sensorial le presenta. Por eso, esta novela tiene un factor que muy pocas veces se ve: la fuerza de la atmósfera acicateada por el azar, lo que en líneas generales es una crónica de encuentros y desencuentros, signados por la mirada inquisitiva y lúdica de su voluble protagonista.

Una novela, digámoslo de alguna manera, posmoderna. Posmoderna en el sentido del quiebre que ofrece con la tradición de la novela, en la que no hay una gran historia, pero sí pequeños sucesos que adquieren solidez en conjunto, como una muestra orgánica de lo que parece ser un relevo natural de este género que no pocas veces se ha visto salpicado de lugares comunes e historias ya contadas de la misma manera.

Novela curiosa, y como toda novela, pues ésta no está libre de falencias, las cuales tienen que ver mucho con lo escrito líneas arriba: la ausencia de un gran argumento, aún así suene contradictorio, puesto que el aliento de esta entrega nos deja con la inquietud de que sí valía la pena una base argumental en el que “Ella” se desplazara. Todas las novelas tienen dos clases de caídas: por defecto o ambición. Y si no fuera por su grado de ambición (tengamos en cuenta que una de las maneras de hacerla fácil en novelas episódicas y “atmosféricas” como ésta es precisamente su corto alcance), “Ella” terminaría quedando en el olvido.

Por otro lado, con esta entrega Muñoz de la Torre está a punto de consolidar lo que pocos logran con un primer libro: una voz narrativa propia, la misma que descansa en la sugerencia.

Como se sabe, “Ella y La orgía perpetua” nació del blog del mismo nombre. Y ésa es la única ligadura que tiene con su génesis virtual. Seguramente más de uno pensará que nos encontramos ante una desorbitada novela de calientes encuentros lúbricos. Pues no. Ésta se ubica muy lejos de ello, aunque valgan verdades, el título termina despertando curiosidad por el contenido de sus páginas, lo cual no nos llevará a un recuento personal de aventuras sexuales explícitas, pero lo que queda clarísimo es que nos sumerge en literatura de muy buena calidad.

Indudablemente, Muñoz de la Torre es una autora a la que desde ya se tendrá que seguir la ruta.

Editorial: Gens Ediciones.
Nota: Esta reseña fue publicada el 3 de diciembre de 2007 en Siglo XXI

Saturday, December 01, 2007

El primer número de "American Splendor" (sobre Robert Crumb y Harvey Pekar)

No confío en los biopics que se realizan de los artistas. Es decir, hay mucho espíritu edulcorado que no pocas veces termina bastardeando la real magnitud tanto creativa como personal del personaje biografiado. Ejemplos hay hasta para dejar de contar. Siempre es lo mismo, no dicen nada nuevo, como si el temor de retratar lo que verdaderamente son, o fueron, en vida, sea un lastre que finalmente pueda transformar la veneración en un palpable “ajuste” de cuentas. No es la primera que vez que esto ocurre, lamentablemente el miedo a diseccionar al artista admirado termina jugando un papel no deseado.

Cuando se trata de hablar del gran aporte de Robert Crumb y Harvey Pekar al imaginario del cómic, tendríamos que remontarnos a la primera fuente, a la que está más a la mano: la película “American Splendor”, de Robert Pulcini y Shari Springer Berman. La película trata, principalmente, de los inicios del aún vivo Harvey Pekar (Cleveland, 1939). En ella hay una escena que vale mucho más que muchas biografías de lugares comunes. En la mentada escena tenemos el encuentro entre unos bisoños Harvey Pekar y Robert Crumb (Filadelfia, 1943) en una venta de garaje, donde ambos muestran interés por un disco de blues y jazz de Jay McShann. Esta, aparente, inane unión de gustos deviene en lo que sería una de las amistades más férreas de las que se tengan noticia. Anoto lo de la amistad ya que, por lo general, el mundo interior del artista es muy complejo, y en parte esta complejidad yace en un egoísmo a ultranza. Los tambores de la inconformidad estaban en sus redobles álgidos ya que desde 1962 era posible “palpar” lo que años después llegaría a ser una de las manifestaciones tangibles de la guerra fría: la guerra de Vietnan.

En la película la amistad de los entonces aún no reconocidos Pekar y Crumb está retratada tal y como es: la impotencia de Pekar por ilustrar sus historias mínimas y la falta de historias que ilustren las inquietudes de Crumb. Ambos pasan interminables tardes leyendo y dibujando, y claro, escuchando música. La vida le depara a Crumb la posibilidad de ir a San Francisco para que éste beba de la efervescencia cultural que se daba en un ambiente en el que se descubría y gozaba de las bondades de los alucinógenos y se vivía al límite las protestas antibelicistas. No pasa mucho tiempo para que Crumb empiece a gozar del prestigio como dibujante e historietista, pero hasta esa época sus viñetas se defendía solas por el alto concepto que ellos encerraban. Como se sabe, Crumb es un referente ineludible de la deformación y la corrosión en el dibujo, rama figurativa en la que él entregó un verdadero clásico del cómic subte como, por ejemplo, las aventuras del gato Fritz.

Es quizá lo hecho por Crumb y Pekar con el primer número de “American Splendor” lo que termina cimentando un diálogo enriquecedor entre la narración y el dibujo. Lo hecho por ambos rompió con los prejuicios, que también se dan en el mundo del arte, que malsanamente estipulan de que el cómic es, ante todo, un arte menor que yace exclusivamente en la potencia de las viñetas, relegando la posibilidad expresiva de la palabra a un lugar muy subalterno. Pekar escribía las historias y Crumb les daba vida a través de unos dibujos provocadores, dibujos estos que al día de hoy superan lo hecho por él en el curso de los años. Si Crumb goza del merecido prestigio que tiene, se debe a sus ilustraciones de su etapa como artista independiente, pero muchos amantes del cómic desconocen ese alto grado de expresividad de Crumb al ilustrar ese ya clásico y mítico primer número de “American Splendor”, y se hace necesario no descuidar ese legado porque, sin exagerar, se trata a todas luces del mejor Crumb.

“Amercan Splendor” vino a refrescar el ambiente contracultural de los 60 puesto que aquellos años, si bien es cierto que fueron muy estimulantes para las artes, también se caracterizaron por presentar cualquier bodrio como algo original que iba contra el sistema imperante. Todo indica que ésa era la consigna. Lo de esta primera publicación fue una manifestación casi profética de lo que ocurriría después, pero lo sustancial, y lo que a la vez no se quiere reconocer, es que la ácida crítica de las historias de “American Splendor” partían de una sencillez irreprochable: de la historia como texto y del dibujo como medio. Pekar y Crumb no fueron presas de una alocada algarabía contestataria, ya que detrás de esas historias había un cuestionamiento existencial y social que partía de la soledad e incomprensión del individuo mismo y del individuo con su entorno. Ergo, Pekar y Crumb exhibieron una propuesta, detalle del que carecieron muchos entusiastas de las revueltas y disidencias a lo largo de los 60 y 70.

Pekar, al igual que los mejores novelistas, procesaba todo lo que le rodeaba, nadie se salvaba de su mirada aguda, ni amigos ni enemigos. Lo suyo era colar los grandes dramas humanos haciendo uso de frases cortas y secas que descansaban en el detalle como punto de inflexión, bastaba una mirada, una palabra, un gesto por lo demás inanes para ofrecernos la cuota de talento de quien sea no sólo es un gran historietista, sino también uno de los más grandes fabuladores de la segunda mitad del siglo XX.

Ambos artistas gozan de reconocimiento, indudablemente que la figura de Crumb puede ser mucho más conocida, pero aún así, lo que pareció ser un experimento de juventud con “American Splendor” ha terminado siendo el mejor trabajo de este par de aún irreverentes creadores, a los que tiene que conocerse a través de su trabajo, y si es bajo la protección de las páginas del primer número de “America Splendor”, tanto mejor.
Nota: Este artículo apareció en la edición de diciembre de Literaturas.com

"Besos de fogueo", de Montero Glez

Referirnos a Montero Glez (Madrid, 1965) está demás. A estas alturas corremos el riesgo de ser circulares hasta con una breve introducción puesto que quién no ha disfrutado con la fuerza en vértigo de Sed de champán, Cuando la noche obliga y Manteca Colorá, novelas que han conseguido la no muy común alternancia del reconocimiento de la crítica con la fidelidad del público lector.

Con Besos de fogueo (El Cobre, 2007) tenemos ante todo el backstage de lo que hemos leído en sus celebradas novelas, es fácil poder rastrear los impulsos que este autor ha sabido desplegar en el formato más libre de los géneros literarios, teniendo a su estilo, que en no pocas ocasiones el autor ha calificado como “Folclore cósmico”, como el verdadero protagonista que se lleva de encuentro a la historia como asunto, el cual adquiere vida en cada línea de estas 95 páginas contundentes. Y no es exageración lo que diré, a riesgo de pecar de avezado: pues no dudo en calificar a Glez como el mejor narrador de estilo hoy por hoy en lengua castellana. Estilo que no descansa en la nada, en el nacimiento espontáneo, sino que éste se nutre de lo mejor de la tradición de nuestra lengua, de los años maravillosos en la que ésta adquirió fuerza y esplendor: El Siglo de Oro.

Cosa curiosa: no recuerdo haber leído prólogo alguno que tenga todos los visos de relato, donde la pulsión narrativa guarde ritmo y sano atropello en la frialdad de un texto introductorio. En claro testimonio de que en Glez sí es posible notar lo que muchos demoran años, hasta toda una vida, en consolidar: el proyecto de escritura y la voz propia en la que descansa. Glez nos susurra en su prólogo las idas y vueltas de estos cuentos, de lo que puso ser, de lo que es y de lo próximamente será ante la inminente salida de su novela “Pólvora negra”, ambientada y sazonada en los apasionantes años de La Restauración.

Como sabemos, no hay tema prohibido para la literatura, todo es literatura si se sabe bien cómo contar, y la única manera de hacerlo, en especial con estos cuentos ambientados en los arrabales de la vida y la sociedad (no por ello menos estimulantes), es a través de la verosimilitud, la cual, no sé por qué, viene siendo muy denostada en pos de las libertades de la imaginación, que hay que aprovecharlas, obvio, pero que ante todo deben reflejar trabajo con la palabra y el contexto que sí demanda tiempo en quien se atreve a retratarlas. Este detalle es capital para entender lo que “Besos de fogueo” encierra ya que si bien es cierto que el conjunto es fuerte, paradójicamente no es lo mejor que Glez ha escrito, y me pregunto, a lo mejor con mala intención, ¿quién puede darse lujos así? La respuesta es una: un escritor de raza, con muchísimas lecturas encima, con harta vida para no sonar falso, y en especial, consciente de que tiene talento pero que a la vez éste no es suficiente para sacar adelante una obra que tiene fuertes cimientos en lo mejor de nuestra tradición.

Sin ánimo profético, me es necesario manifestar que este conjunto de relatos está llamado a ser un referente obligado para todos aquellos que en un futuro quieran saber la radiografía de la poética de este escritor que no se cansa de cuestionar con sutileza en prácticamente todo lo que escribe.
Nota: Esta reseña apareció en la edición de Diciembre de Literaturas.com

Sunday, November 25, 2007

"La cuarta espada", de Santiago Roncagliolo

Por sus declaraciones en las entrevistas brindadas a raíz de la novela “Abril rojo”, ganadora del premio Alfaguara 2006, el joven escritor peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) daba a entender que su interés en los años de la violencia política que se vivió en Perú iba a ser el tópico de su siguiente publicación.

La violencia política, acaecida por más de quince años, sigue siendo motivo de debates encontrados en todos los aspectos. La literatura no ha sido ajena a ellos, su tratamiento en la ficción es un suceso que no se está tratando desde hace poco, por el contrario, desde los años previos al estallido de la primera incursión del grupo político-subversivo Sendero Luminoso, algunos narradores peruanos empezaron a delinear el fenómeno para explicarlo, en parte, a través de la ficción, prueba de ello es el gran cuento “Una vida completamente ordinaria” de Miguel Gutiérrez, publicado originalmente en la revista Narración e incluido en la muy buena antología sobre la violencia política “Toda la sangre” del crítico Gustavo Faverón Patriau.
El abordaje a estos oscuros años que muchos peruanos quieren olvidar también ha dado verdaderas joyas en el formato de novela, como “Rosa cuchillo”, de Óscar Colchado Lucio; “Retablo”, de Julián Pérez; “Radio Ciudad Perdida”, de Daniel Alarcón; y “La hora azul”, de Alonso Cueto.
“La cuarta espada” es una crónica novelada sobre el fundador del grupo terrorista Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. Estamos ante un libro que no pretende dar una versión definitiva de ese líder sanguinario, es, ante todo, un acercamiento a los móviles internos que intentan explicar qué es lo que llevó a Guzmán a embarcarse en una empresa que generó los ríos de sangre de más 70 000 peruanos. En ese aspecto, exigirle a Roncagliolo un rigor investigativo está demás puesto que en el mismo texto el escritor deja en claro lo difícil que es, por ejemplo, conseguir una entrevista con Guzmán, recluido en una de las cárceles de máxima seguridad del mundo ubicada en una base naval, como también llegar a gozar de la confianza de las herméticas personas que lo acompañaron en esa locura que ellos llamaban “guerra popular”.
Roncagliolo, como buen narrador de asunto, apela a las técnicas novelescas para brindarnos una historia real, o siendo más agudos, su historia, su versión, por eso, hubiera sido saludable que el subtítulo en lugar de consignar “La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso”, hubiera tenido un singular “La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso, según Santiago Roncagliolo”.
Dividido en “La escuela del terror”, “La Guerra” y “La cárcel”, “La cuarta espada” cumple con su cometido: se deja leer, atrapa al lector, y nos permite conocer los puntos de vista de quienes conocieron abiertamente y veladamente a Abimael Guzmán, y también deducir qué piensa Roncagliolo sobre esos años, y sobre la sensación que le dejó meterse de lleno en un trabajo periodístico, por encargo, signado por el aura de lo imposible por redondearlo.
De las tres partes de este libro, pues no dejo de reconocer que las tres me gustaron, y quizá sea “La cárcel” la sección que más atraiga ya que es en ella donde Roncagliolo logra tener un contacto directo con la terrorista Elena Iparraguirre, pareja sentimental de Guzmán que se encuentra en una cárcel para mujeres. El encuentro del escritor con esta terrorista termina cerrando la búsqueda que termina dando sentido a este libro, y llama la atención de que la llegada a ella se haya dado por medio de los cauces del azar, senderos que sólo ofrecen las buenas novelas, ya que el contacto con Iparraguirre se lo proporciona un pastor evangélico que asistió a la presentación de “Abril rojo” en Lima, a mediados de 2006, o sea, en pleno tour book.
“La cuarta espada” es un libro polémico, en más ocasión tuve ganas de escribirle un mail a Roncagliolo para dejarle por sentado mi parecer, sin embargo, un libro que no genera polémica, que no es capaz de levantar críticas, favorables o contrarias, es sencillamente basura. Y en ese lado “La cuarta espada” está muy lejos de la indiferencia.
Este libro seguramente será muy vendido en España y en los países de Latinoamérica, por ello, no debe ser tomado como una verdad absoluta, sino que sirva de motivación a quienes no conozcan de esos aciagos años y, en especial, de Guzmán a buscar los otros libros que desmenuzan estos tópicos, como el referencial “Sendero” del periodista Gustavo Gorriti.
Por otro lado, no puedo dejar de decir lo siguiente: es de muy mal gusto que algunos periodistas que han “maltratado” al autor, ya sea a través de entrevistas o artículos, no se hayan tomado el trabajo de leer en su integridad el libro (pésima costumbre generada por el apuro de la bendita primicia), porque como escribí líneas arriba, ésta es la versión de Roncagliolo, y él lo deja por sentado en el libro mismo.
Editorial: Debate.
Esta reseñá apareció publicada el 25 de noviembre en el Diario Siglo XXI de Castellón, España.

Monday, November 12, 2007

"El enigma de París", de Pablo De Santis

Lamentablemente, los buenos escritores a veces están confinados a una modesta difusión. No pocas veces, para salir de esa parcela, los premios literarios terminan ofreciendo una posibilidad apreciable para que esas obras de los buenos escritores tengan el alcance que se merecen. Por eso, es necesario celebrar que “El enigma de París” se haya alzado con el Premio Planeta–Casamérica 2007. Es saludable también porque la novela es buena, y doblemente saludable porque a través de la difusión de la misma se podrá conocer lo anteriormente escrito por Pablo De Santis, notable narrador argentino que uno no sabe por qué gozaba del reconocimiento en círculos reducidos de escritores, cuando lo justo es que su obra debe de haberse conocido desde hace muchísimo tiempo. Muy bien por la megaeditorial que convocó este concurso, esta vez no metieron la pata, no hay hedor a premio arreglado.

Como lo señala el mismo título, “El enigma de París” es una novela de corte policial. Por suerte, la novela se escapa de las nomenclaturas temáticas que tanto están calando en la narrativa policial hispanoamericana: drogas, trata de blancas, sicarios a sueldo, caza recompensas, etc., las cuales apelan casi siempre a un lenguaje somático que afiance más la realidad ficcionalizada, ya que en esta clase de policiales, la historia cruda es tan importante a la crudeza de su lenguaje, una sin otra no pueden vivir, ni mucho menos llegar a ser relativamente aceptables, teniendo que cargar con el conocimiento responsable del contexto social representado, ya que el policial puede permitirse todo, menos la inverosimilitud.

Ahora, ¿qué de especial tiene “El enigma de París”? La respuesta es una: un gran canto a los logros de la imaginación, un ejemplo de cómo narrar sin ser burdo, de lo importante que es usar la inteligencia para mantener una historia que en apariencia amenaza con perderse en digresiones. Ergo, Pablo De Santis no sólo es un muy buen fabulador, sino que a esta cualidad se suma a que en cada página puede rastrearse esa condición esencial que tienen los narradores de raza: huida del talento para ampararse en la formación literaria que sólo se logra, aún así suene obvio, leyendo, leyendo mucho, torrencialmente.

Esta novela de De Santis está enmarcada en la tradición del policial – enigma que tiene mucha raigambre en la tradición anglosajona, la cual, paradójicamente, tiene como su máximo representante al norteamericano Edgar Allan Poe. Novela ambientada en 1889, narrada en primera persona por quien fuera el aprendiz de detective Sigmundo Salvatrio, quien da cuenta de su mentor Renato Craig y de los pormenores del oficio de las pesquisas. Craig se encuentra convaleciente de una innominada enfermedad y Salvatrio viaja a París para el congreso de Los Doce Detectives, en el cual los integrantes de este cónclave debatirán sus métodos de investigación, sin embargo, la muerte de uno de ellos en la entonces incipiente construcción de la torre Eiffel obliga a los otros miembros a dar con el asesino. Salvatrio y el detective polaco Víktor Arzaky, amigo de Craig, son quienes más empuje le ponen al misterio muy relacionado con una secta de fanáticos que están en contra de la culminación de la hoy famosa torre francesa.

Como todo buen policial, ya sea en la onda del hard boiled o del enigma, lo que interesa, aún más que el caso por resolver, es la composición de la fisonomía moral de sus personajes, de la relación que entre ellos existe y que a través de sus vasos comunicantes podamos conocer las pasiones y los motivos razonables que los mueven. En este punto, De Santis se vale de su basta experiencia para mantenernos en vilo porque cuando la novela parece caer, sale a flote un detalle, un diálogo, una opinión, un pensamiento que reencaucha el interés real del eje de la investigación: encontrar al culpable, o sea, gozar más del conflicto de sus sui generis protagonistas.

Como implícitamente escribí líneas arriba: “El enigma de París” es una muy buena novela, pero no es la mejor de este narrador argentino. Sin embargo, que la difusión comercial que la novela tiene a raíz de este importante premio sirva para que los lectores puedan acercarse a joyas apreciables de De Santis, anteriormente publicadas, como “El calígrafo de Voltaire”, “Filosofía y Letras” y la maravillosa “La traducción”.

Editorial: Planeta
.
Esta reseña apareció publicada el 12 de noviembre en Siglo XXI.

Thursday, November 01, 2007

"Tánger", de Juan Madrid

Se supone que la labor del reseñista es abordar la publicación de los libros actuales que uno considera más interesantes. No sé por qué, pero nunca he sido partícipe de esa idea ya que existen libros realmente buenos que por varias razones han pasado desapercibidos, por un lado; otros que sí han gozado de la atención mediática y crítica, por otro; por eso, celebro una reedición que me ha hecho reencontrar con uno de los escritores españoles más importantes que hay hoy en día. A lo mejor peque de avezado, pero no creo que exista mejor escritor de novelas policiales que Juan Madrid, de quien vengo leyendo a la fecha más de diez libros , cifra mínima para un autor al que sí hay que calificar de prolífico.

La novela que me ocupa en esta ocasión es “Tánger”, publicada en principio en 1997, y es gracias a una reedición que puedo diseccionar este canto al policial negro. Seguramente muchos saben, pero no está demás recalcarlo: “Tánger” fue llevada al cine bajo la batuta de su propio autor en 2004. En esta novela, lo primero que se nos presenta es un tópico que viene siendo el boom de la industria novelera mundial: la inmigración y el racismo. Hoy en día, las casas editoras con poder están viendo con buenos ojos aquellas propuestas escritas por hijos de inmigrantes o sencillamente inmigrantes. En ese lado, esta novela de Juan Madrid cumplió un involuntario halo profético de la temática que iba a desarrollarse en el futuro, y digamos que el tratamiento que se le da a la inmigración en esta entrecruzada novela refulge a cada instante como una ácida crítica contra la estúpida intolerancia hacia quien es distinto por procedencia. Sólo los buenos libros son capaces de generar lecturas paralelas.

Abdul Saíd, hijo de padre español y madre marroquí, decide hacerse cargo del negocio de su señor padre, el cual tiene por detalle sacar de apuro a quienes no tienen dinero. Para ello, Abdul no quiere prestarse a la costumbre poco ética de dar dinero por dar, tal y como lo hacía su progenitor. El asunto se complica cuando un par de ex convictos se acercan al susodicho negocio para pedir un “pequeño” préstamo que se invertirá en una jugada comercial que no le dicen a Abdul: la compra de armas para venderlas a un grupo de trasnochados nacionalistas que quieren bajarse a comunidades de inmigrantes. A grandes rasgos ese es el argumento, por demás interesante. Sin embargo, “Tánger” es también una muestra fehaciente de la reivindicación de la piedra angular de la tradición de la novela: la lograda concepción de la fisonomía moral de los personajes. Ya sean protagónicos o no, en esta novela no hay personaje flojo, todos cumplen una función delimitada por el exceso, la avaricia, el apego al sexo, la búsqueda del dinero, la idealización del amor, etc. Son ellos quienes a través de sus dramas cotidianos terminan dejando en un segundo plano el aura de violencia de la historia, como testimonio de que las mismas relaciones humanas pueden ser mucho más atroces, o igual, que los actos delictivos llevados con premeditación. Una novela donde hay no buenos, todos están tras los pasos de lo que consideran mejor para cada quien.

En una época donde el policial es vilipendiado, por eruditos y paracaidistas literarios, con (in) justificada razón, “Tánger” se yergue como un referente ineludible del género, que al igual que todo género sólido, tiene la suficiente plasticidad para que su representación no se quede sólo en el papel. Una delicia de novela, por decir lo menos.

Editorial: Punto de Lectura.

Nota: Esta reseña salió publicada el 2 de noviembre de 2007 en el diario Siglo XXI de Castellón.